Una nueva vida (I) (por Ángela Ortiz Andrade)
Se sentó en una diminuta casapuerta, la primera que encontró abierta. Tras ella lo que había era una estrecha y vertiginosa escalera flanqueada por paredes que alternaban superficies abultadas con otras en donde la falta de pintura producía cicatrices que evidenciaban dejadez y abandono. Arriba del todo una puerta de color azul parecía querer dejar claro que aquel entorno no tenía nada que ver con ella y se erguía impasible sobre tan ajado escenario.
Estaba contenta, muy feliz porque la entrevista con su futura jefa había sido un éxito. Examinó su aspecto: pelo recogido en una coleta baja, falda por debajo de la rodilla de tela fresca, suéter holgado de punto fino y sobre él un cárdigan del mismo tejido, todo en colores neutros y discretos, como era ella; mientras se recolocaba los calcetines que se habían replegado cobardemente buscando cobijo dentro de los zapatos, iba repasando cada cuestión que se le había formulado: sabía planchar con la precisión de un delineante, cocinaba con la destreza de una jefa de comedor, conocía los mil y un secretos para mantener a raya la suciedad en todas las superficies susceptibles de ser mancilladas, dominaba los remedios ancestrales contra cualquier mal sobrevenido (explicó incluso cómo eliminar una culebrilla mediante una serie de oraciones, cuerda de enea y lumbre). En definitiva, la señora no podía estar más entusiasmada de haberla encontrado, aunque a decir verdad, fue su aspirante la que se las arregló para conseguir esa entrevista: una conversación en la carnicería la puso en guardia, decían que había un pueblo en la costa en donde varios años atrás, habían instalado una base militar en el que se requería mucha mano de obra, luego contactó con una chica del pueblo que fue a probar suerte y se colocó enseguida, ella fue la que la avisó de que acababan de llegar nuevas familias de militares españoles que requerirían los servicios de alguna asistenta. Dicen que el ojo del amo engorda al caballo, ella no necesitó a nadie para engrandecerse, se bastó a sí misma tirando de una confianza y seguridad que nunca antes se había atrevido a exhibir, es más, ni siquiera sabía que las tenía (“Si no fuera por mí ¿a dónde ibas a ir? Soy yo el que gana el dinero en esta casa, pero tú eres una inútil, no sirves para nada, ni siquiera para traer hijos al mundo”) esas palabras se repetían una y otra vez dentro de su cabeza desde hacía demasiado tiempo, pero ahora las intentaba borrar para siempre; tal vez fue eso lo que le dio el empujón definitivo, ya daba igual, el empleo era suyo.
Tan solo se le presentaba un inconveniente, su jefa le dijo que hasta primeros del mes siguiente no la necesitaría y aún faltaban nueve días para entonces. Colocó sobre las rodillas su bolsito de polipiel de color indefinido, tan abatido que parecía que ya había asumido que no tenía ninguna posibilidad de ser considerado un bolso de verdad, lo abrió y con un suspiro echó un vistazo dentro; aparte de un pañuelo y cuarenta duros, allí Paulina no encontró nada más. Pero para ella eso quedaba en algo anecdótico, secundario; lo importante era que tenía un trabajo y que se le presentaba la oportunidad de volver a comenzar de nuevo, estaba eufórica. Miró a su alrededor, el cielo se desbordaba de naranja y malva, comenzaba a hacerse de noche; afortunadamente todavía las tardes eran muy agradables, incluso había entrado más calor. Por las dos avenidas que confluían un poco más hacia su derecha, veía circular algún que otro coche y se entretenía imaginando historias acerca de sus conductores. Toda la escena que presenciaba le parecía idílica, cargada de poesía; por primera vez en mucho, mucho tiempo le ocurría algo bueno y no iba a permitir que nada le arrebatara esa sensación que la invadía.
Calle arriba una mujer joven se acercaba empujando apresuradamente un cochecito de bebé, sin saber en qué momento se engendró la tormenta, comenzaba a lloviznar. De repente sonó un trueno y en cuestión de segundos, todas las nubes se desplomaron sobre el asfalto; corrió al encuentro de la mujer en medio del aguacero, se quitó la rebeca y envolvió al bebé sobre su pecho. La que empujaba el carrito le dio las gracias y le pidió que la siguiera, entre sorprendida y divertida volvió a entrar por la misma casapuerta donde había permanecido sentada buena parte de la tarde, la joven cargó el cochecito y tras ella subió Paulina con el bebé que lloraba asustado y tembloroso; era muy pequeño, calculó que no sobrepasaba la cuarentena.
Una vez en el piso, Paulina preguntó por un sitio donde poder atender a la criatura. La chica le abrió la puerta de una habitación, era su dormitorio donde había también una cunita de color blanco y una cómoda con todo lo necesario para asistir a un bebé. Mientras lo desvestía, su madre fue a la cocina a prepararle un biberón; Paulina lo tendió sobre la cama, lo secó cuidadosamente, le puso un pañal limpio y le colocó un pijamita suave que olía de maravilla, toda su ropa olía muy bien. Le chocó bastante el pañal que usó, era de un material suave parecido a la celulosa y había muchos más plegados dentro de un paquete donde ponía “Pampers”, los que ella había usado siempre eran gasas que se unían por los extremos con imperdibles y se lavaban a mano. El pequeño, calentito y seco se había calmado y se entretenía chupándose parte del puño, Paulina se desvistió y se cubrió con una toalla seca, cogió al niño y lo acunó mientras le daba el biberón. En poco rato el bebé estaba durmiendo plácidamente en su cuna, entonces salió del dormitorio dejando encajada la puerta con cuidado. En la sala la otra mujer se había puesto un chándal y le ofrecía a ella otro para que pudiera vestirse; cuando regresó del cuarto de baño, se sentó junto a su anfitriona que le alargó la mano sonriendo:
-“Muchísimas gracias por la ayuda. Me llamo Rita”
-“Encantada, no ha sido nada. Yo soy Paulina”
Rita se acercó a la ventana
-“Oye, sigue diluviando, así que espero que aceptes que te invite a cenar algo aquí conmigo”.
-“No hay nada que me apetezca más, el chapuzón me ha dado hambre” Contestó Paulina sonriendo.
Rita le comentó lo maravillada que estaba por la buena mano que tenía con los niños.
-“Estoy acostumbrada a bregar con ellos, he criado a tres hermanos”
Mientras la anfitriona cocinaba, Paulina se fijó en ella. Ahora en chándal, sin tacones y al natural, pudo advertir que debía rondar la misma edad que ella, pero reconoció que la otra aparentaba aproximadamente 10 años menos, los mismos que ella parecía tener de más. La tortilla y la sopa de picadillo olían fenomenal, a Paulina le empezaron a rugir las tripas de impaciencia.
Cuando comenzaron a comer sonaron unas llaves en la puerta.
Ángela Ortiz Andrade






























MANUEL | Martes, 27 de Septiembre de 2022 a las 16:52:26 horas
Gracias Ángela por ofrecernos de nuevo tus maravillosos relatos que he echado de menos todo este tiempo. Esperaré impaciente que llegue el próximo para ver quién hace sonar las llaves en la puerta.
Gracias de nuevo.
Saludos
Accede para votar (0) (0) Accede para responder