El verano se fue, una vez más (Mario Niño Franco)
El verano levanta el cartelón de cerrado, nuevamente vuelve a asomarse la prolongada sombra del invierno que a tantos perturba e incomoda. Estos últimos días de verano han amanecido nublado e incluso la lluvia ha hecho acto de presencia a modo de recordatorio de que el tiempo de la felicidad llega a su fin. Las tardes interminables irán aminorando su presencia en nuestros días para dar paso a oscuras e inacabables noches. Es inevitable clavar la mirada en el horizonte y reflexionar sobre lo qué hice, y lo que no, durante estos meses. También es una cuestión de vital importancia evitar el vértigo que da sentarse frente a uno mismo a pensar sobre la esotérica fugacidad del tiempo.
El acelerado ritmo de las olas golpeando miles de pies en la orilla irá a menos. Las olas continuarán en su ademán de chocar, pero a medida que avancen las estaciones se verán besando la angosta silueta de la soledad. La multitud invadiendo calles, plazas y restaurantes en cualquier día y hora nos dejará una estampa bien diferente. El levante y poniente dejarán de acariciar pieles desnudas expuestas al cálido sol para venir a llamar a persianas bajadas, exigiendo ser el centro de atención, los protagonistas de todas las conversaciones. Entonces los planes de improviso serán un tema tabú porque la acibarada rutina nos ahogará y protagonizará largos capítulos en nuestras agendas.
Y ahora, ¿qué será de nosotros? Una pregunta redundante y cada vez menos dramática porque no es el primer verano que se esfuma entre nuestros dedos, no importa lo fuerte que aprietes la arena en tu mano, esta encontrará el camino para escaparse. Se va y vuelve. Y en el entretiempo de su marcha y su futura llegada un fuerte anhelo siempre magnifica nuestros recuerdos. Vivimos mejor en el habitáculo de la memoria que en la propia experimentación de los sucesos. Imprimimos mayor intensidad a lo sucedido una vez ocurrido que in situ. Cosas del ser humano.
La llegada de la rutina retumba en nuestros oídos como eso de “¡qué viene el hombre del saco!”. Suena terrorífico, pero en realidad es imprescindible. La gente necesita tenerlo todo bajo control, ansían el verano porque dura poco en relación con la dureza y desazón de la costumbre. Aunque el elevado ritmo y caos de la estación estival nos destroza por completo. El verano nos zarandea como un huracán arrasa cualquier asentamiento. Quizás amemos con tanto fervor el verano porque es una utopía, posiblemente sea ese estilo de vida inalcanzable. De ahí que todos los excesos se reproduzcan en cadena en este período, será por eso por lo que vinculamos inconscientemente la felicidad a esta estación. El verano es ficción, y fricción. El verano es todos aquellos planes que quieres hacer y, por fin, haces. O al menos eso creemos.
El verano se va y se da por sentado que deja miles de recuerdos, momentos inolvidables, risas con seres queridos y mucho amor porque parece ser más sencillo amar bajo el sosiego que transmite un atardecer en verano que bajo el aguacero del otoño o la oscuridad incesante del invierno. La zozobra se acumulará, el desdén y la pereza se volverán dos fanfarrones arropados bajo el amparo de la nostalgia. El vaho impregnará los cristales de las ventanas, y desde ahí podremos contemplar la absoluta desolación de las calles. O eso pensaremos. El final del verano dará comienzo a un calvario con un grotesco inicio, casi gótico, propiciado por recuerdos acumulados que subsisten adyacentes al dolor, acorralados en esta insólita cárcel: la añoranza. Pero, igual que se fue, volverá.






























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