Diario del año del coronavirus
Yo quería ser ruso (ya no)
por Balsa Cirrito
Poseo lo que podríamos llamar un variado sentido del patriotismo. Por supuesto, me considero español ante todo, y también albergo una más que apreciable roteñidad. Mi sentimiento como andaluz, es, sin embargo, más débil, tirando a chiquitito. Igualmente, guardo en el corazón un pequeño espacio para Italia; incluso, y por motivos que no hacen al caso, unas briznas para Francia. Pero debo confesar que entre mis doce y mis dieciséis años, yo quería ser ruso.
La razón es que por entonces yo leía casi exclusivamente y de forma compulsiva a escritores de aquel país, principalmente a Tolstoi (en uno de los relatos de mi libro La suerte siempre se acaba doy algunos detalles sobre mi obsesión). Rusia para mí, la Rusia anterior a la Revolución Bolchevique, era un lugar casi encantado, lleno de nobles despilfarradores y de campesinos miserables y espirituales. Aunque creo que lo que más me admiraba era que los rusos no se comportaban como el resto de los europeos. Y no me refiero a que tuvieran costumbres extrañas, que de esas hay en todos lados, y alguna de las tradiciones más alucinantes que he oído en mi vida se desarrollan en la provincia de Cádiz (quien tenga dudas, que pregunte por el origen del mote de pancipelaos que le pusieron a los de Bornos), sino por sus reacciones, que me resultaban misteriosas y extravagantes. Los personajes de Tolstoi se emocionaban en situaciones que no me parecían lógicas, y lloraban con una facilidad ajena al espíritu español.
Los rusos – al menos los rusos de las novelas – tenían un fuerte sentimiento patriótico, muy superior al de los franceses o los alemanes de las narraciones literarias. Y era un patriotismo singular. Por un lado, clamaban por la superioridad de Rusia, pero, por otro, se les traslucía un marcado complejo de inferioridad ante Europa, hasta el punto que las clases elevadas solían hablar francés entre ellas. Me temo que en lo que se refiere a ese complejo de inferioridad no han evolucionado demasiado. Aunque una frase peculiar de ellos era y es que Rusia, a diferencia del resto de las naciones, tiene alma. ¡Alma!
No estaría de más añadir que durante los siglos XIX y XX era frecuente entre los escritores europeos encontrar coincidencias entre Rusia y España. Creo que esto proviene de las Guerras Napoleónicas. Hay un grabado muy conocido de principios del XIX, una especie de viñeta cómica, en la que se ve a Napoleón dándose un tortazo por intentar sostenerse sobre unos zancos, uno de cuyos pies reposaba sobre España y el otro sobre Rusia, indicando de esta manera que fueron las dos naciones que más contribuyeron a su caída. Tolstoi, de hecho, en Guerra y Paz, compara varias veces la resistencia rusa a la invasión napoleónica con la resistencia española.
Y muchos más lo hicieron. El poeta austriaco Rainer María Rilke escribía en el primer tercio del siglo XX que no había visto nada tan parecido a Rusia como España, opinión que también mantenía el francés Romain Roland. Un conocido músico, no estoy seguro si fue Rubinstein o Bernstein (lo único que está claro es que su nombre acababa en “stein”), dijo que los dos países de Europa con mayor personalidad musical eran Rusia y España. En cuestiones políticas, era habitual pensar durante el primer tercio del pasado siglo que el segundo país donde se iba a implantar el comunismo iba a ser el nuestro. Un remate que nos puede parecer extravagante es que, antes de la caída del comunismo, era frecuente que en el cine se viniera a filmar a España cuando en una película la acción transcurriera en Rusia. Las dos superproducciones más famosas que me vienen a la cabeza y que cuentan historias de allí, Doctor Zhivago y Reds, ambas muy oscarizadas, se hicieron en España. Con todo esto quiero decir que, si bien somos muy diferentes, también tenemos muchos puntos de contacto.
Cuando tenía dieciséis años yo quería ser ruso. Ahora, desde luego, no. Pero tampoco por eso creo que debamos lanzarnos a la rusofobia que parece dominar la opinión pública europea, en buena medida, fomentada por los americanos. Todos los países tienen defectos, a menudo graves. El problema llega cuando los gobernantes subliman esos defectos y los convierten en esencia nacional. Los rusos ahora sufren a un gobernante que cree en su alma, en el alma inmortal rusa. En el fondo sería triste tener que liquidarla, y convencerlo de que ni siquiera esa alma es tan inmortal como se figura. Porque los rusos han tenido a un Tolstoi, a un Dostoyevski, a un Pasternak, a un Tchaikovski, a un Stravinski, a un Mendeleiev y a un montón de tenistas macizas. Y también a Putin, a Rasputín, a Stalin y a Iván el terrible. O sea, como todo el mundo: hijos de puta y buena gente.


































MARTILLITO | Domingo, 13 de Marzo de 2022 a las 11:46:56 horas
Como lector y admirador de tus articulos tengo que decirte que me gustan mas tus articulos donde escribes sobre moda y complementos.
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