Ciencia más allá del Coronavirus
¿El sexto sentido? (Feliz día de la madre)
por Daniel de los Reyes Helices
Mi madre siempre ha presentado una extraordinaria capacidad telepática. Además de la habilidad sobrenatural de encontrar objetos (a priori desaparecidos) en los recovecos más inesperados de la habitación de su hijo, asumida por cualquier madre común, mi madre por su parte es capaz de detectar cualquier acto “delictivo”, especialmente los míos, apenas necesitando una mirada. Incluso a veces ha llegado a echarme la bronca nada más escuchar abrirse la puerta de la casa, sin tener más información que el sonido del tintineo de mis llaves. He de confesar que este hecho me despierta una profunda inquietud, ya que no sé si me lee la mente, si es capaz de oler el miedo en mis venas, o si tiene un par de cuervos chivatos cual dios nórdico.
Sin embargo, este no es el único caso que me hace tener respeto a la metafísica; aún se me erizan los pelos cada vez que alguien se vuelve justo cuando le estoy mirando por la espalda, o me santiguo cuando un amigo menciona exactamente las mismas palabras que estaba a punto de decir.
El término telepatía se suele usar vulgarmente para la detección de sucesos, sensaciones o pensamientos de otras personas sin que se sepa cómo se han detectado. Como explicación a estos fenómenos se ha propuesto que el ser humano comparte con otras especies la capacidad de ser sensibles a los campos electromagnéticos.
En el caso de los gigantes del mar, las ballenas, se teoriza su habilidad para detectar señales magnéticas emitidas por los depósitos de lava subacuáticos a la hora de realizar sus travesías por el fondo oceánico. Las palomas parecen estar guiadas por los débiles campos magnéticos terrestres, mientras que minúsculas bacterias se orientan de acuerdo con la posición concreta del magneto en el laboratorio.
En cuanto al ser humano, algunos autores han intentado demostrar la existencia de este sexto sentido. Para ello, el investigador Rupert Sheldrake reunió a un grupo de personas y les pidió que adivinaran quién les estaba llamando cuando sonaba el teléfono. Durante la primera ronda del experimento solo se consiguió un 40% de acierto, mientras que en rondas posteriores se conseguía hasta un 85% de aciertos debido a que, según las deducciones del autor, el voluntario se sentía más confiado, además de indicar que a mayor conexión emocional con quien le llamaba, mayor eran las probabilidades de acierto (1).
Ojito porque estos experimentos no están muy bien vistos, y han sido puestos en duda por gran parte de la comunidad científica debido a una aparente falta de irreproducibilidad de los mismos, requisito imprescindible del método científico. Sea cual sea la posición de dicha comunidad científica, yo por mi parte osaré izar la bandera de la duda, y posicionarme tras el estandarte de mi compadre Rupert, ya que, pese a que mis lentes escépticas me imploran que reniegue del esoterismo de Sheldrake, sin duda mi experiencia personal me impide hacer tal cosa, y si no, ¡que me demuestren que mi madre no tiene un sexto sentido!
Feliz día de la madre Mamá

































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