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Carlos Roque Sánchez
Sábado, 26 de Septiembre de 2020

Veranillo del membrillo

[Img #137351]Escribo estas líneas sentado frente a la roteña playa de La Costilla, con la marea baja y mientras languidece la luz de la tarde septembrina de su último viernes, justo tres días después, y unas pocas horas más para ser exacto, de que se produjera el fenómeno natural del equinoccio de septiembre con el que abandonamos, por humano convenio, el verano astronómico y entramos en el otoño estacional de 2020, un periodo de tiempo que durará 89 días y 20 horas, terminando el próximo 21 de diciembre con el comienzo del crudo invierno. Es la ley inexorable que ¿por justicia poética? tienen que cumplir las cuatro estaciones, y que no es otra que la de durar justo lo que tarda en llegar la siguiente. Eso sí, todo esto dicho y referido al hemisferio norte desde donde escribo porque en el otro, en el hemisferio sur, ya sabe que acaban de entrar en primavera, tras salir del invierno.

 

Pero es sabido de todos que una cosa es el inicio otoñal astronómico, bien medido por las universales e inexorables leyes de la cinemática celeste, y otra bien distinta el inicio otoñal meteorológico, harina de otro costal que va a su aire y tiene sus propias y caóticas leyes climáticas (“El tiempo está loco, Carlitos”, me decía mi abuela María). Si uno no se fija bien, visto a bote pronto y a ojo de buen cubero, astronómico y meteorológico pueden parecer igual, pero, en puridad ojo al dato, no son lo mismo. No.

 

A lo que voy es que aún nos quedan por pasar algunas calores, tanto en las postrimerías de este mes nono del actual calendario gregoriano, antes séptimo en el antiguo calendario romano, como en lo que cuelgue del próximo octubre, por no hablar ahora de noviembre que también trae lo suyo. Me refiero al conocido ‘veranillo de San Miguel’, igualmente llamado ‘veranillo de los arcángeles’ por obvias y conocidas razones onomásticas, dado que el mismo día en el que se celebra San Miguel, 29 de septiembre, es también la festividad de los arcángeles San Gabriel y San Rafael. Cosas del eclesiástico saber santoral. Por su parte, y en su laico saber popular, el refranero nos lo recuerda, ‘En septiembre, a fin de mes, el calor vuelve otra vez’, si bien cabe decir en su descargo que la suya es sabiduría suspecta, no siempre cierta. Pero no debemos pasar por alto que estos postreros y pegajosos calores son los que proporcionan el punto óptimo de maduración a ciertos frutos últimos de la tierra como melones, melocotones, uvas, higos (‘Por San Miguel los higos son miel’) y membrillos, dándoles por esas fechas color y sabor y de ahí el nombre del titular, ‘veranillo del membrillo’. Del que no debe creer que es el único pues existe al menos otro que traeremos en su momento, me refiero al ‘veranillo de San Martín’, allá por noviembre, donde volveremos a sentir el calor. 

 

Resumiendo, con el término coloquial de veranillo se hace referencia a una fenomenología atmosférica de carácter anual, que suele y puede ocurrir desde finales del verano hasta bien cumplido el otoño, y en cuyo transcurso la temperatura ambiente asciende por encima de los valores medios anteriores, para luego continuar con la tendencia de bajada típica y propia de las postrimerías del estío y el discurrir de la estación otoñal. Ya en otro orden de asuntos, doy por seguro que el lector atento y avisado ha caído en el detalle gramatical asociado al distinto uso que he dado a los dos géneros y números de la palabra ambigua “calor”, y sus posibles combinaciones: las calores, el calor, los calores y la calor. Y de las que le he de decir que, al menos en buena parte de Andalucía, no significan lo mismo ni muchísimo menos. Se trata de ciencia popular en estado puro y un asunto ortográfico con enjundia que deberemos tocar en otra ‘Opinión’. Precisamente hace un par de semanas le escribía sobre este mes que se nos acaba, planteando negro sobre blanco una cuestión gramatical parecida, ¿Cómo se escribe septiembre o setiembre? Pues bien, en esa misma línea le dejo esta otra, ¿usted qué dice: el calor, la calor, los calores o las calores? Y ya de la que va, ¿es lo mismo un higo que una breva? Está visto que cada día trae su afán y éste ha venido cargado con el suyo sin duda, un afán por cierto al que cada hombre debe poner su empeño. Ergo ya tenemos tarea todos. Cosas del lenguaje.

 

CONTACTO: [email protected]

FUENTE: Enroque de ciencia

 

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