Sin embargo, las monedas huelen
Las monedas huelen. Con estas palabras acababa la ‘Opinión’ de la semana pasada, en clara disconformidad con lo que metafóricamente quería significarle Vespasiano a su “delicado” hijo Tito y sus reservas acerca del dinero obtenido del cuestionado impuesto ‘vectigal urinae’. Sin duda un brillante recurso (dialéctico) del padre, y sin embargo una mala prueba (científica) dado que las monedas huelen. Bueno, en honor a la verdad y recién acuñadas no huelen porque son inodoras, lo que nos llevaría a pensar que el emperador tenía razón, ‘Pecunia non olet’, ya, pero mejor será que no nos adelantemos, ‘no todo lo que brilla es oro’. Porque es una evidencia cotidiana que todos podemos constatar, el hecho de que las monedas huelen y no sólo ellas lo hacen. También unas llaves, un clavo, una cañería, unos pendientes que hallamos cogido, así como una barandilla metálica a la que nos hemos agarrado y, por supuesto, también percibimos ese característico olor metálico en nuestras propias manos.
Se trata de una sensación olfativa que, en el caso de las monedas, no es desagradable como puede comprobar acercándolas a su nariz pues no hay ningún peligro. Algo que no le puedo ni debo decir de los billetes, que sí huelen mal y, además, le pueden contagiar cualquier cosa, así que no lo haga. Precaución. Y aunque todos tenemos cierta sensación de suciedad después de que el dinero, en un formato o en otro, haya pasado por nuestras manos y que nos hace pensar “¿Qué diablos habrán hecho con este billete?” o “¿En qué bolsillos o por qué manos habrá pasado esta moneda?”, lo cierto es que la causa de ese olor característico que liberan manos y monedas, nada tiene que ver con la suciedad de éstas, aunque nos lo parezca. Como también nos lo parece y no es cierto, que ese olor característico se extienda a todos los metales, en realidad no todos huelen cuando son tocados.
Esa peculiar sensación olfativa sólo la presentan hierro, cobre y sus aleaciones, de ahí que algunos lo conozcan como ‘olor a hierro’. No, ‘no es oro todo lo que reluce’, y en puridad el olor metálico no es olor a metal, que dicho así parece un juego de palabras, pero nada más lejos de la realidad. Lo sabemos gracias a la Ciencia. El ‘olor metálico’ no es olor a metal. En particular a la ciencia química, desde cuyo campo de conocimientos nos llegan datos que nos hacen pensar que esa sensación nuestra del olor es sólo una evidencia, pero no una prueba científica de su existencia. Ya se lo decía más arriba, los metales son inodoros al menos hasta que entran en contacto con la piel humana y se produce entre ellos una reacción química. La que tiene lugar entre el metal y algunos compuestos presentes en la superficie de nuestra piel, dando lugar a una serie de productos que, al vaporizarse y mezclarse con el aire nos proporcionan esa sensación de “olor a hierro” al respirarlos. Un olor que nuestro cerebro percibe cada vez que manejamos un objeto metálico, dándonos la sensación errónea de que estamos oliendo aquello que acabamos de tocar.
Las evidencias y el sentido común parecen apuntar en esa dirección, sin embargo, las investigaciones realizadas demuestran que en ese olor que los humanos describimos como “metálico”, no existen ni trazas de átomos de metal, vamos que el olor no proviene del metal, y al que llamamos ‘olor metálico’ no es el olor del metal. Se trata por tanto de una asociación errónea de nuestro cerebro, por muy convencidos que estemos de lo contrario, y lo que las pruebas demuestran es que el “olor metálico”, en realidad, es olor corporal, más en concreto nuestro propio olor. Son los gases producidos en las reacciones químicas entre el metal (hierro o cobre) y los lípidos (grasas) de nuestra piel los que, liberados al aire, llegan a nuestra nariz, un olor por cierto muy parecido al del óxido. Es lo que tiene la ciencia y el valor de las pruebas, frente al sentido común y la sugerencia de las evidencias, y en toda investigación científica siempre, siempre, hay que seguir a las pruebas nos lleven donde nos lleven. ‘Olor metálico’ y medicina. Y aunque todos los átomos de metal son iguales (al menos desde el punto de vista químico), no ocurre así con los compuestos que se encuentran en nuestra piel y verdaderos responsables de la producción del “perfume metálico”, por lo que cada uno de nosotros tenemos nuestro propio olor metálico diferenciado.
Eso es lo que parecen demostrar los estudios realizados hasta ahora, diferentes personas pueden producir distintos tipos de moléculas con diversos subtipos de olores. Unas moléculas, por tanto, sustancias y por ende olores, que pueden variar también si, dichas personas, padecen de algún tipo de enfermedad como, por ejemplo, cáncer. Lo que abre, ya se lo puede imaginar, un campo esperanzador a la hora de establecer ciertas dolencias, ya que la sustancia volátil generada al tocar metales, podría ser la base de una herramienta de diagnóstico de ciertas enfermedades. Un esperanzador camino clínico a investigar. Por cierto, ¿se ha dado cuenta que la sangre huele y sabe también a hierro?.












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