¿El dinero huele?
El dinero no huele. Un dicho popular dice que no, que no huele, y como expresión se suele emplear tanto para justificar que, independientemente de su procedencia, siempre tenga valor, como para insinuar de alguien que ha obtenido sus bienes de manera ilícita. Ya ve por dónde voy. De hecho, nuestro rico refranero popular tiene ejemplos que aprovechan los nombres de antiguas monedas, doblones y ducados, para establecer la fácil rima y así encontrarnos con perlas como: “El doblón nunca huele a ladrón” o “El ducado nunca huele a robado”.
No, según el saber popular, el dinero no huele, como tampoco tiene militancia política ni preferencia sexual ni valor estético ni, por supuesto, ético. Y es un dicho que como otros tantos nos viene del mundo de los clásicos, de dónde mejor, una frase con historia incluida, algo escatológica, pero cargada de sabiduría, el latinajo reza así: ‘Pecunia non olet’. No obstante, antes de contársela, permítame que le ponga en antecedentes. El emperador Vespasiano. Fundador de la dinastía Flavia gobernó en Roma entre los años 69-79, un buen emperador de origen humilde que sacó al imperio de la ruina en la que la había dejado el despilfarro de la anterior dinastía, la Julio-Claudia. Naturalmente, el dinero para poner en orden las finanzas públicas lo recaudó vía impuestos, de qué forma si no. En ese aspecto poco ha cambiado el mundo, ayer como hoy, el emperador, como buen político y siempre velando por nosotros, encontró nuevas formas de recaudar.
Entre ellas una que tiene que ver con el asunto que nos trae y de la que podemos decir que resulta un tanto novedosa y algo escatológica. No se le ocurrió otra cosa que gravar con impuestos los urinarios públicos, se trataba de un gravamen sobre los residuos que debían de pagar todos, tanto las clases pudientes que los vertían en la red de alcantarillado que llevaba las aguas residuales de la ciudad hasta el Tíber, como las menos pudientes, ya que esta red no cubría toda Roma y, mucho menos, las zonas de las clases bajas.
Ellos debían depositar sus residuos en los urinarios públicos, unas ánforas repartidas por la ciudad ‘ex profeso’ y por cuyo uso se cobraba. Vespasiano los llamó ‘vectigal urinae’ (impuesto sobre la orina). En puridad tengo que hacer un par de puntualizaciones al respecto. Una, este gravamen ya fue introducido por Nerón años antes, si bien con posterioridad fue abolido. Dos, en Italia a los urinarios públicos se les sigue llamando ‘vespasiani’, es de suponer en honor del emperador, un reconocimiento quizás de gusto cuestionable, pero reconocimiento al cabo. ‘Pecunia non olet’. Una recogida de residuos humanos que resultó ser un pingüe negocio al que había que añadir los beneficios que reportaba el uso que se hacía de éstos, que esa era otra, así que no iba mal encaminado el emperador.
Otra cosa era lo que pensaba su hijo, quien en cierta ocasión se lo recriminó, dada la procedencia “tan poco limpia” del dinero, por así decirlo. Es una anécdota que el historiador romano Dion Casio atribuye al emperador Vespasiano, en una conversación que mantuvo con uno de sus hijos, el futuro emperador Tito, una historia que también nos llega contada por el gran historiador y biógrafo romano Suetonio. En ella, el hijo le recriminaba al padre cobrar un impuesto al pueblo por el uso de los urinarios y el alcantarillado público en el que los romanos vaciaban sus orinales. No consideraba él que fuera una forma digna de llenar las arcas públicas. Fue entonces cuando su padre, Vespasiano, tomando unas monedas procedentes de uno de los pagos de esos impuestos y, poniéndoselas en la nariz, le preguntó: “¿Acaso te molesta su olor?”.
Tito por supuesto que lo negó, claro que no le molestaba como olía. A lo que Vespasiano contestó: “Sin embargo, este dinero procede de la orina”, es decir, “Pecunia non olet” (El dinero no huele). Un buen recurso dialéctico y un argumento pasable, máxime si tenemos en cuenta que el negocio de los residuos, ayer como hoy es, además, muy, muy, lucrativo. Visto así, claro que el dinero no huele, y son muchos los que podrían suscribir dicha afirmación como suya propia al encajar con la naturaleza humana. Y sin embargo es una mala prueba científica porque las monedas huelen.
CONTACTO: [email protected] FUENTE: Enroque de ciencia












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