La entrevista
En esta sección publicamos capítulos del libro "Desde los pinares de Rota" (Relatos y cuentos), escrito por el roteño Prudente Arjona que gentilmente lo ha cedido para compartir con los lectores de Rotaaldia.com. El autor, quiere simplemente que se conozcan las historias populares que describe y en esta sección de Opinión semanalmente se irán publicando.
LA ENTREVISTA
“Quien menosprecia al hombre viejo, ignora que también ha madurado su sabiduría”
Llegué con suficiente tiempo, por lo que fui quizás el primero en hacerme con mi carta de embarque. No llevaba equipaje, pues en la bolsa de mano de mediano tamaño guardaba lo suficiente para un fin de semana. Me acomodé en uno de los sillones del aeropuerto y abrí mi novela por la mitad. Era una edición de bolsillo que contenía una aventura extraordinaria realizada por un antropólogo español que se había adentrado en una de las pirámides egipcia y en la que había permanecido por espacio de un mes sin salir de la misma y en la que había vivido multitud de historias que con toda habilidad, el autor, sabia enganchar al lector haciéndole vivir cada una de las aventura tal y como si se encontrara bajo la inmensa mole de piedras labradas cuatro milenios atrás, de la pirámide sepulcral.
Había leído un capitulo, cuando alguien se sentó un par de sillones a mi derecha lo que me hizo levantar la cabeza del libro, coincidiendo con la mirada fría de aquel individuo de estatura normal, a los que a bote pronto le eche algo más de sesenta años. Una poblada barba le cubría la cara, uniéndose a un bigote aun más blanco que el resto de la encanecida barba.
Sacó un cigarrillo de una pitillera dorada y se dispuso a encenderlo. Palpó los bolsillos de la chaqueta y del abrigo que sostenía por los hombros, pero su infructuosa búsqueda desembocó en dirigirse a mí solicitándome mi ayuda.
—¿Tiene usted lumbre, caballero?
Sus ojos marrones de mirada profunda me escrutaron de arriba abajo a manera de un escáner mental, como intentando adivinar mi identidad a través de unos virtuales rayos gamma. Al mismo tiempo, su voz grave y atemperada me resultó propia de una persona segura de si misma y poseído de una gran personalidad. Quizás me había precipitado en mis apreciaciones, pero esa era en realidad mi impresión sobre aquel individuo.
Aunque yo no era un fumador empedernido, sino que me consideraba una persona que disfrutaba del tabaco al fumar solo lo imprescindible, si a esto se le puede llamar de esa manera, el fumar un cigarrillo a media mañana, otro tras el almuerzo y un par de ellos una vez cenaba y leía algunos de los dos o tres libros que llevaba por delante, por ello iba siempre acompañado de un simple encendedor de plástico que me dio cierta vergüenza ofrecerle, dado a la categoría que emanaba de aquel personaje y su pitillera de plata.
De un golpe certero encendió su cigarrillo al tiempo que me ofrecía su cigarrera plateada y repujada con dibujos de escenas de caza, a la que bordeaba unas grecas de corte barroco que en conjunto resultaba demasiada cargada para tan pequeño espacio. Me quedé un poco perplejo en la contemplación de la original petaca, sin darme cuenta que su ofrecimiento no era para recrearme en la tabaquera, sino para que tomara un cigarrillo.
—¡Oh! Disculpe señor, estoy tan ensimismado con mi lectura, que no me he dado cuenta que me hablaba usted. Gracias, muchas gracias por el pitillo.
—Parece que es usted un buen lector y que no lee novelas del “Coyote”, precisamente, pues me imagino que ese es un libro un poco duro de leer, al tratarse -como presumo- de la civilización egipcia.
—Así es, no se equivoca usted, ya que me interesa la historia novelada, pues de esa manera amplía mis conocimientos y además, al ser una novela la trama te da pié a convivir con los personajes un capítulo de la propia historia.
—Es interesante lo que dice Ud., nunca me lo he planteado. El caso es que a mí me gusta la novela de suspense, pero que no haya derramamiento de sangre, algo así al estilo de Sherlock Holmes. Tal vez a usted le parezca una literatura ñoña y light, pero es lo que a mí me gusta. No me place estar leyendo y llorando, o irme a la cama con la mortificación de saber que un criminal anda suelto y opera a sus anchas y de forma indolente ante sus crímenes...
—Es que si a todo el mundo le gustara la misma literatura, solo viviría de los libros los seguidores de un mismo tema y los demás se morirían de hambre, ¿no?
—Es verdad, tiene que haber de todo, para todos y de todos los gustos.
—Por cierto, no nos hemos presentado- Me llamo, Dionisio Pérez Tudela y me dirijo a Madrid a un asunto de entrevistas.
—¡Hombre!, ¡mira por donde! Porque yo llevo asuntos de seguros y voy
a una entrevista de la empresa donde han abierto dos plazas de inspector, una de zona y otra autonómica. Yo opto por la plaza de zona, la de Inspector Autonómico hay que viajar mucho y yo tengo otros trapicheos que no podría atender y al final, aunque me suban el sueldo, me quedará lo comido por lo servido.
—Bueno, subir en la escala profesional de una empresa, no es mala, así se puede llegar algún día a director general y ahí que se gana de verdad dinero.
—Sí, pero también tiene muchos calentamientos de cabeza. -¿Sabe que le digo? Que a veces, con menos responsabilidad, si uno es listo, puede ganar el mismo dinero o más que un director general.
—¿Y eso cómo puede ser?
—Vera usted, como resulta que nosotros no acabamos de conocer, y posiblemente cuando cojamos el tren para Madrid ya no nos veremos más, pues se lo puedo contar: Yo trabajo para una empresa de seguros y también vendemos automóviles. Pues bien, al que me compra un coche, yo me quedo con el impuesto de lujo y aunque le preparo el seguro, no lo tramito. Por lo que me embolso el importe del impuesto de lujo y el del seguro.
Claro que no se lo hago a todos, yo miro al cliente y según, mi ojo clínico me aconseje actuar, así lo hago. Ahora con los seiscientos, que la gente se han empicao´, raro es el día que no cae uno. Así que en la semana, vendo entre cuatro o cinco seitas, si me quedo con los impuestos de un par de ellos, pues es un perraje para un triste vendedor como yo.
—¿Y así lleva mucho tiempo con el manejo?, eso es ilegal y algún día lo pueden trincar.
—No lo crea, porque hasta que el que compra un seiscientos y lo venda para comprarse otro, como tenemos la exclusiva tienen que venir aquí, y en ese momento Tráfico le advierte al vendedor del coche que tiene pendiente el pago del impuesto de lujo, como resulta que yo me encargo de las compra y venta, entonce yo lo satisfago, con la misma cantidad que ya le voy a cobrar por la nueva adquisición y tan amigo como siempre...
—Pero, ¿qué hace usted cuando uno de sus clientes tienen un accidente y no está asegurado?.
—Bueno, por lo general son rozaduras y poco más, pero como yo envío a todos los coches asegurados o no con desperfectos al mismo taller y ahí también sobre valoramos el presupuesto de la reparación y compensamos una cosa con otra. Tenga usted en cuenta, que llevo muchísimo años en esa empresa y gozo de mucha confianza. Lo que yo digo, va a misa, y mi peritaje sobre los siniestros lo acepta la empresa sobre la marcha, gracias a esa confianza que tienen depositada en mí y en base a la cuenta de resultados que cada año le engroso mayores beneficios a la empresa. Pero claro, también es razonable que me lleve una parte y no que se lo lleve la compañía el total de la ganancia..
—¡Oiga! Y si hay, por ejemplo, heridos o incluso fallecimientos, qué hace usted, si el afectado no aparece en el registro de asegurados.
—Solamente una vez me ocurrió y alegué que se me había traspapelado la documentación, con el dinero. De inmediato lo ingresé y santas pascuas. ¡Oiga!, veo que sabe usted mucho de seguros...
—Pues la verdad es que sí, ya que un tiempo estuve trabajando al igual que usted, pero en ningún momento se me pasó por la cabeza que esos trapicheos se pudieran hacer...
—Pues sí. Y ahora ¿continúa usted trabajando para la misma empresa?
—pues sí, aunque me han cambiado de puesto. Pero de verdad le digo, que lo que me ha contado usted, me ha hecho que pensar...
—¿Va a coger usted el modelo de artimañas para llevarlo acabo en su empresa de seguros?. Las artimañas sí, pero no para realizarlas, sino para comprobar si otros le imitan. -Porque son experiencias que no se pueden pasar por alto.
—Entonces, ¿va usted a presentarse a la entrevista? Señor Dionisio?,
—Eso ¡delo usted por seguro!.
—Se me ocurre, que a lo mejor le interesaría a usted, presentarse a la plaza de Inspector Autonómico. Por su experiencia. Se lo digo...
—¿Como se llama la empresa en la que trabaja?, pues a lo mejor me presento y lo sorprendo a usted?.
—Jajaja, eso si que estaría bueno, que le hable a un extraño de un trabajo al que me voy a presentar, -aunque sea mayor a punto de jubilarse- y resulte que me quite el puesto. No, no le voy a darle el nombre de la empresa.
—Es igual, era una broma. De cualquier manera no le quitaría el puesto, al contrario le daría el mejor de los dos...
—No le comprendo.
—No se preocupe, los viejos decimos muchas chorradas...
Llegó la hora de partir, Amadeo se fue a su coche de 3ª Categoría y Dionisio a uno de 1ª Clase VIP.
Amadeo llegó a la Estación de Atocha y se alojó en una modesta fonda llamada Medio Día.
Tras dormir la siesta, se arregló, subió por los Jerónimos y llegó a la Puerta del Sol, tomándose unas papas bravas y unos mejillones en La Ría, -en una calle trasversal a Sol-. Luego siguió su marcha, sonriendo, al recordar al chulillo vejete y la conversación que mantuvo con él. «El desgraciado pensaría que le iba a dar el nombre de mi empresa, pues aviado estaba. Igual pretendía el abuelo presentarse a alguna de las dos vacantes libres...»
A la mañana siguiente, a las ocho en punto, tras desayunar frugalmente, Amadeo se encontraba en la Plaza de Colón, 17, en el quinto piso donde se hallaba ubicada las centrales de Seguros Vitalicios, GRAFE.Una guapa chica lo recibió, ofreciéndole café y unas pastas, haciéndolo pasar a una sala de espera donde se encontró con una chica y un caballero de aproximadamente la misma edad que Amadeo a la espera, todos, de ser recibido por el Jefe de Recursos Humanos de la empresa . Minutos más tarde, otro joven ocupó un nuevo asiento y al final fue otra chica la que se sentó en el último butacón disponible.
A los pocos minutos todos y todas, empleados de la misma empresa, conversaban sobre sus procedencias y el trabajo que desarrollaban en la Compañía, así como la dificultad que encontraban para hacer nuevos clientes, debido a la gran competencia de otras empresas y al final sobre los dos puestos abierto por la empresa, de los que al parecer, serían dado a dos de las cuatro personas presentes en la sala.
Amadeo dio por seguro que el fantasma del aeropuerto no llegaría, puesto que luego de haberle pasado la información confidencial de la manera de ejecutar su trabajo para conseguir mayores dividendos, sentía cierto resquemor y arrepentimiento al comprobar que el individuo se había interesado en demasía por su trabajo y declarando que él también iba a una entrevista...
La secretaria llamó uno a uno de los presentes para la entrevista y de la misma forma fueron marchándose por otra puerta, de manera que ya no se vieron más, ni tampoco, lógicamente, pudieron hablar del contenido del interviú al que lo habían sometido y si se habían dado alguno de las dos vacantes. Una táctica empleada por el Jefe de Recursos Humanos de la empresa.
Por fin se quedó solo en la sala y pasada una media hora de desaparecer el penúltimo aspirante, volvió a abrirse la puerta, pero en ese caso la secretaria apareció en el marco de la puerta con el vejete del aeropuerto.
Por poco le da un infarto a Amadeo, pues, lo último que podía esperar era que por fin ese individuo se presentara también a la entrevista. ¿Cómo había adivinado la empresa y la dirección? Lo cierto es que allí estaba él, con un traje diferente, de color gris marengo, corbata azulina, pañuelo a juego en el bolsillo de su americana, y con una sonrisa en la cara que Amadeo describió como de “recochineo”. El viejo se acercó a Amadeo y dándole la mano, le dijo:
—Venga, es su turno. Lo he dejado para el último porque ya conozco de usted, su vida, obra y milagros, así que pase y hablemos.
Ahora sí que estuvo a punto de recibir un soponcio Amadeo; el vetusto sujeto, era cuando menos el Jefe de Personal y además lo iba a entrevistar...
—Con permiso -contestó cohibido Amadeo, agrandándosele al máximo los párpados y carraspeando algunas palabras que no le salían de la garganta.
—¡Pase hombre, pase!, que aquí no nos comemos a nadie, al menos de momento. -Eso intimidó aún más a Amadeo, pues ignoraba lo que le tendría preparado el carcamal, al conocer sus manejos. «Seguro que ya habría llamado a la policía y a parte de ir a la cárcel tendría que devolver el dinero hurtado. Lo que me supondría el embargo de mi unifamiliar, el coche, la oficina que tengo en propiedad, y que se yo en qué iría a terminar el haberme ido de la lengua, queriendo dar clases al antediluviano personaje, que se estaría riendo en mi cara, anotando mentalmente la que me iba a caer encima cada vez que yo, por egolatría, abría la boca orgulloso de mis fraudes a los clientes y a la empresa».
—Bueno, vamos a ver, para que usted se vaya posicionando. Ayer mañana, cuando subí al avión, llamé a la Central, para que hicieran un exhaustivo balance de todas las pólizas, automóviles vendidos, seguros de hogar, de motocicletas, etc. etc. osea, el movimiento que ha tenido usted con las propiedades de la empresa en los últimos cinco años. Para atrás he preferido, ni tan siquiera preguntar. Por otra parte, anoche envié dos inspectores, Madrid-Jerez, a hacerle una auditoría en su oficina de Rota, donde en estos momentos están trabajando y de hecho me han informado que tiene usted un entuerto económico importante, defraudando, tanto a la empresa como a los clientes, tal y como usted me explicó ayer muy orgulloso de sus manejos, con la idea de humillarme, pensando que yo era un viejo estúpido decrépito y fracasado en la vida, frente a un joven avispado e inteligente, que se estaba enriqueciendo con tal habilidad, que un viejo como yo jamás podría imaginar, de manera que me fuera cabizbajo y humillado por un lumbrera ladrón de guante blanco....
Pues fíjese como son las cosas. Hoy delante de usted, nos encontramos el mismo viejo y el mismo joven, pero en posiciones muy diferentes; El listo soy yo con mis años, y el tonto es usted con su juventud a cuestas.
—Bueno, y ahora, ¿qué cree que voy a hacer con usted?, pues ni se lo imagina...
—Por favor, don Dionisio, tenga usted piedad conmigo, no me encarcele en Madrid, por favor, mándame al menos a Puerto-3, que está más cerca de mi casa y así mi familia me podrá visitar con más comodidad. Yo me arrepiento de todo y no volveré a hacer nada parecido, aunque tenga que mendigar, jamás robaré nada a nadie.
—Vamos a ver, si yo lo encarcelo, como no dispone de dinero -que de eso, también ya me he preocupado en investigar- dejaríamos a su familia arruinada y en la calle y por otra parte nosotros, ni los clientes recuperarían el dinero distraído, que supone un buen montón de euros y eso si que no lo permitiría. Así, que el Jefe de Recursos Humanos de la Empresa, que está aquí presente está tomando fielmente todas mis palabras y mis decisiones, como Consejero Delegado de la Empresa.
—Si lo denuncio y lo encarcelan, a parte de todo lo que perdería la empresa, como le he dicho, la gente se escandalizaría y cancelarían las pólizas y reclamarían a la empresa todo el dinero que usted se ha embolsado, por lo que para que nada de esto ocurra y si lo contrario vamos a hacer lo siguiente:
Le vamos a dar el puesto de Inspector Regional, responsable de todas las oficinas de la empresa, Seguros Vitalicios, GRAFE. S.L. de la Comunidad Autonómica Andaluza, por las razones que le expongo a continuación: Los emolumentos de ese puesto, son bastante grande, pero usted solo cobrará la mitad, mientras que la otra mitad irá saldando la deuda contraída. Para su tranquilidad y además se encuentre a gusto con su trabajo, el sueldo que le quedará, es incluso más elevado de lo que gana hora, más las dietas y vehículo, de la empresa, más combustible.
Conforme tengamos los datos económicos sustraídos a los clientes, iremos devolviendo los importes a manera de premios de fidelidad, para que, por un lado sólo le devolveremos lo que usted le ha robado y al mismo tiempo nosotros ganaremos prestigio por nuestra generosidad, lo que atraerá una mayor clientela. Asimismo pagaremos a Hacienda los impuesto de lujo que le adeudan los clientes, tan ajeno a ello. Tras liquidar a Hacienda y a los clientes estafados, comenzaremos a cobrar nosotros como empresa.
Otra cosa, el taller con el que está compinchado, dejará de trabajar para nosotros y no le metemos un puro, porque caeríamos en el escándalo de lo que tenemos que huir a toda costa.
Le podríamos haber ascendido a inspector provincial, pero los emolumentos no cubriría nuestro objetivo y por una razón más poderosa, que al saber usted todos los trajines ilegales que se puede hacer en una oficina de seguros, estamos seguro que nadie se la podrá dar, por ser usted, más sinvergüenza que todos los sinvergüenzas juntos.
—¡Ah!, una cosa, le estaremos vigilando, por lo que, no tenga cuidado, que por encima de usted hay otros inspectores que lo vigilaran.
—Es importante que sepa también, que los inspectores que están haciendo en su oficina la auditoría, tienen orden de dar una única respuesta a las dos chicas que tiene usted trabajando en su sucursal: “-Están haciendo dicha inspección porque va cambiar de jefe la oficina, ya que al actual lo ha premiado la empresa ascendiéndolo a inspector de toda Andalucía y todo, “por su magnífico trabajo” en la Delegación de Rota”.
Cuando terminó su discurso don Dionisio, Amadeo cayó a sus pies con la idea de besárselo, éste dio un salto hacia atrás y gritándole le espetó:
—¡Un empleado de esta empresa y menos aún, un inspector de esta Compañía, jamás se agacha ante nadie, sea jefe o no! Y ahora, pase a Personal para firmar los documentos que ya está preparados y a continuación el Interventor Jefe, le adoctrinará durante toda esta semana sobre su trabajo y cometidos. Así que llame a su casa y dígale a su esposa que tendrá que permanecer en Madrid toda esta semana debido a su nuevo cargo. Y la última recomendación que le damos es que, -bajo ningún motivo o razón, le cuente a nadie lo que hemos hablado en este despacho y menos a su mujer. Pues va en ello su carrera hacia la cárcel o hacia el triunfo. Porque se que usted es un magnífico vendedor y le queda un gran futuro en la empresa, siempre que no se resbale.
Amadeo se fue con el Jefe de la Oficina de Recursos Humanos, con lágrimas en los ojos, un tremendo nudo en la garganta y con un temblor de piernas que le costaba trabajo sostenerse.
Por fin dio un tremendo suspiro y terminó pellizcándose, para comprobar si todo lo que estaba viviendo era una realidad, o un ensueño que al despertar se convertiría en una amarga pesadilla.












Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.189