El milagro de San Valentín
En esta sección publicamos capítulos del libro "Desde los pinares de Rota" (Relatos y cuentos), escrito por el roteño Prudente Arjona que gentilmente lo ha cedido para compartir con los lectores de Rotaaldia.com. El autor, quiere simplemente que se conozcan las historias populares que describe y en esta sección de Opinión semanalmente se irán publicando.
EL MILAGRO DE SAN VALENTÍN
“La ilusión mantiene vivo el espíritu”
Tenía que regar las macetas, recoger la casa, ordenar la cocina, preparar la comida y sobre todo ponerme muy guapa; Julián vendría al día siguiente en el tren y tenía que darle la mejor de las impresiones. Cinco años en Alemania ahorrando para casarnos bien merecía una compensación a su sacrificio y al mío, ¡claro está!..
Julián, al que amaba localmente, había emigrado a Frankford a trabajar en una fábrica de componentes de automóviles, con la intención de montar a su vuelta una librería cuyo negocio había sido siempre la ilusión de su vida. Y por fin, con mis propios ahorros como peluquera y los suyos, nos casaríamos y podríamos desarrollar nuestros proyectos matrimoniales y familiares añorados durante tanto tiempo.
A las doce llegaba el tren, por lo que me levante muy temprano y puse la comida; -“A Julián le encantaba un buen plato de berza con su correspondiente pringá -cuya típica comida de la gastronomía local, no la degustaba desde que se marchara a Alemania-.
Me puse el vestido que me había comprado para la ocasión y con mis mejores galas emprendí –con mucho tiempo por delante- el camino hacia la estación de RENFE, cruzando el eucaliptal más importante del pueblo y tomando luego la calle principal que desembocaba en la terminal ferroviaria.
Pedí un café en el bar y abrí con todo cuidado el sobre muy doblado y amarillento que contenía el telegrama que le había enviado Julián, anunciando su llegada. El había querido escoger un día especial y ninguno como el Día de San Valentín, como el mejor de los regalos.
Sobre el trozo de papel azulado, aparecían semi-pegadas varias tiras de papel blanco con las mágicas palabras: -“Pepita, cariño STOP. Pasado mañana, 14 de Febrero STOP. Llego a las 13:00 horas en tren STOP. Espérame STOP. Te quiero STOP.”
Los ojos de Pepita se gastaban mirando el horizonte urbano a la espera de que en cualquier momento apareciera aquella máquina mastodóntica dando bufidos y expulsando chorros gaseosos por doquier, para, tras disiparse la falsa niebla producida por los vapores de la caldera del vehículo de acero y la tremolina de la gente en el trasiego de bajada y subida, mercancía, pregones de vendedores ambulantes, guardias civiles con capotes y mosquetones y algún que otro clérigo o monja con misal y escapulario en ristre, apareciera Julián con sus maletas, su sonrisa y sus brazos abiertos.
Pepita, dando riendas sueltas a su imaginación, no se daba cuenta de que el rímel se le iba con las caudalosas lágrimas que se les escapaba por sus grandes ojos, que como brocales de pozos medianeros, se asomaban al andén en aquel especial 14 de febrero.
Con la boca seca y la mirada perdida, Pepa se impacientaba, pues ya habían dado las 13, las 14, las 15, las...y el tren no aparecía, sin embargo si apareció un empleado de la terminal que le preguntó:
—¿Señora, espera Ud. a alguien? –Es que la estoy observando desde hace muchas horas y ni se le advierte intención de tomar un autobús, ni de esperar a alguien en concreto en algunos de los vehículos que constantemente está llegando y ya son las once de la noche y solo queda el último que viene de Sevilla...
—¿Le ocurre algo señora?, ¿necesita ayuda?
Pepita miró impresionada la silueta del joven enfundado en un traje de color azul y corbata roja, que le inquiría. El impacto que le provocó la imagen del empleado al trasluz de los focos de la terminal -que le impedían ver con nitidez a la persona que le hablaba- hizo que Pepita creyera ver en la figura recortada del empleado, a su amado Julián, dándole un vuelco el corazón y provocando un enorme grito, sin pensarlo dos veces, preguntó enardecida a la efigie difusa del muchacho: -¡Julián! ¡Julián, amor mío!, ¿eres tú?
Al tiempo, Pepita se arrojó a los brazos del empleado, que dando un tremendo brinco hacia atrás, ante la sorpresiva reacción de Pepita, ésta estuvo a punto de caerse al encontrar el vacío del muchacho, que no obstante acertó a sujetarla en el último instante, impidiendo su irremediable caída.
Al comprobar Pepita –decepcionada- que el empleado no era su Julián, se desplomo sobre los brazos del joven que no alcanzaba entender aquella situación. Con sumo cuidado sentó a Pepita en la silla del bar y le ofreció algo de beber, a lo que ella le contestó:
—No, no quiero nada, solo que llegue el tren de Julián...
El muchacho se quedó de piedra, comprendiendo que aquella persona no se encontraba bien de la cabeza, pues sus palabras eran ilógicas, dado que el tren ya no existía desde hacia una veintena de años y en su lugar se hallaba la terminal de autobuses del pueblo.
—Señora, en Rota no tenemos tren, éste desapareció hace muchos años. Ahora nos desplazamos en autobús y en un año de estos, en barco, pero eso nadie sabe cuando...
—Entonces, ¿cómo es que me ha mandado este telegrama Julián...? –preguntó Pepita al muchacho.
Pepita extendió aquel papel de color azul descolorido que el empleado leyó viendo con escepticismo, que aun siendo autentico el telegrama, ocurría, que el mismo tenía fecha de hacía veinticinco años...
El joven se interesó por la señora y llamó a Protección Civil para que la acompañara a casa, pensando en su trastorno mental. Cuando los voluntarios llegaron a la terminal de autobuses, uno de ellos le dijo al empleado de la terminal –tras escuchar la historia vivida- :
—Esta situación la vive este Servicio desde hace muchos años; cada catorce de febrero festividad de San Valentín. El caso es que esta señora tuvo un novio que emigró a Alemania y tras varios años trabajando en el extranjero, un día le envió un telegrama, mediante el cual le prometió volver el próximo día de San Valentín para casarse. Ella lo esperó días y noches durante varios meses, pero el novio no apareció. Luego se enteró por un familiar, que éste, en el último instante decidió casarse con otra novia que tenía en Frankford, de origen francesa.
Desde aquel día, cada catorce de febrero, viene a la inexistente estación de RENFE a esperar a su novio con el telegrama en la mano, hasta que los empleados de la terminal nos llaman y la devolvemos a su casa. Lo que ocurre es que tú eres nuevo y no conoce la historia...
El joven, con tono compasivo se acercó a la anciana y le dijo, acariciándole las despintadas mejillas de coloretes y rímel que arrastraron las caudalosas lágrimas de Pepita:
—Señora, su novio no va a venir jamás. Ud. sabes que está casado con otra persona. ¿Por qué viene a esperarlo cada catorce de febrero, si sabe que no aparecerá?
Pepita que parecía estar ausente a las palabras del joven empleado, le repuso, mirándole fijamente con sus preciosos ojos azules:
—Sí, lo sé, pero yo he tenido siempre mucha fe en San Valentín y estoy segura que un año de estos me va a conceder el milagro, de convertir esta triste realidad en un sueño, y el sueño en una feliz realidad...
El empleado del terminal y los voluntarios del Servicio de Protección Civil, escuchaban a Pepita, al tiempo que la acompañaban hasta el vehículo de Protección Civil para devolverla a su casa, mientras ella, sumida en su amargo llanto continuaba mirando a la espera de ver aparecer el tren con su Julián a bordo.
Al siguiente año, Pepita no apareció a la cita –había fallecido- pero cuando el joven empleado de la terminal –por pura inercia y curiosidad se acercó a la mesa en donde Pepita esperaba infructuosamente a su novio cada 14 de febrero- encontró una rosa roja y un papelucho de color azul descolorido, en el que en uno de sus dobles, se podía leer;
“ ...Te espero en el Cielo STOP, Te quiero STOP”. Pepita.












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