Balsa Cirrito
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CADA CUAL MANDA EN SU CABEZA
Mira por donde. Confieso que para esta semana tenía escrito un bonito artículo que, además, no hablaba de política, sino de extraterrestres, valga la redundancia, pero tendré que dejarlo para otra ocasión; se ve que la realidad no está dispuesta a que la abandonen, o, dicho de otra manera, que los políticos no nos abandonan nunca. Leo en Rota al día una noticia y siento como me pulsan el resorte del cabreo. La noticia es la siguiente: "La campaña Stop rumores del ayuntamiento de Rota se presenta para acabar con los estereotipos sobre la inmigración". Después de leerla pienso que estamos perdidos, que nos dirigimos de cabeza a una edad oscura, que no hay salvación contra el totalitarismo. Seguramente exagero, pero para que se desborde un río se puede empezar con unas gotas de agua. Vamos a ver, pero, ¿quién se cree que es el ayuntamiento de Rota para decirnos lo que tenemos o lo que no tenemos que pensar? ¿Qué pasa? ¿Que son ellos más listos? ¿Que no somos lo suficientemente inteligentes y tienen que llevarnos de la mano? ¿No se dan cuenta que esto es lo mismo que hacía Franco pero diciendo cosas diferentes? ¿Acaso no perciben que me importa un pito el mensaje, que lo que no soporto es que intenten manipularme? (Respiro porque son muchas interrogaciones retóricas seguidas). (Ya he respirado. Continúo).
Hay algo terrible, terrible, terrible y que cada día que pasa se vuelve más terrible, y son instituciones públicas que, bienintencionadamente, se creen que tienen la potestad moral de dirigir nuestros pensamientos. Antiguamente se llamaba a esto despotismo ilustrado, ahora no sé cómo llamarlo. Y elijo este caso para cabrearme porque estoy de acuerdo casi en la totalidad de las ideas que propone la campaña. Estoy de acuerdo en que los inmigrantes soportan una indebida imagen negativa, estoy de acuerdo que se les asocia con elementos perjudiciales constantemente, estoy de acuerdo en que los medios de comunicación destacan con evidente mala fe cualquier noticia perniciosa que emane de estos inmigrantes, estoy de acuerdo, en fin, que se les trata con una insoportable injusticia, y que debemos luchar para parar estos estereotipos. Pero, amiguetes, eso lo hace cada uno en su casa o utilizando privadamente los medios de comunicación como, pongo por ejemplo, hace muy correctamente y con mucho ángel todas las semanas Antonio Franco, justo al lado de esta columna. Ahora bien, utilizar el ayuntamiento y sus recursos para propagar lo que uno piensa me parece una barbaridad. Yo estoy en contra de esa imagen de los inmigrantes, como digo, pero habrá ciudadanos que, legítimamente, crean que los inmigrantes son malos, y estarán en su derecho a pensarlo, y el ayuntamiento, ni el de Rota ni el de Las Vegas, se halla autorizado para corregir a nadie.
Además, esto es muy sencillo. Ahora gobiernan unos, pero en el futuro - esta es una ley inexorable - gobernarán otros, y gobernarán otros con unas ideas muy diferentes y que, con la misma razón, intentarán imponernos sus ideas, y como esas ideas chocarán frontalmente con las nuestras nos irritarán profundamente. ¿Diremos entonces que se trata de un adoctrinamiento fascista? Pues apliquémonos el cuento.
Hay una historia que viene al pelo. En el el siglo XVIII vivió y escribió en España uno de nuestros compatriotas más ilustres; un hombre que, como pocos, contribuyó a cambiar la mentalidad de los españoles, un hombre que luchó contra el oscurantismo y las supersticiones y a quien, para decirlo de una vez, podríamos considerar como el padre espiritual de cualquier progresista español que haya venido después. Por supuesto, hablo del padre fray Benito Jerónimo Feijoo. En una España a menudo supersticiosa y llena de preocupaciones milagreras y anticientíficas, Feijoo se propuso poner intelectualmente el país a la altura de los tiempos. Su Teatro Crítico Universal queda como un monumento que contribuyó más que ningún otro a elevar el nivel intelectual del país. Pues bien, Feijoo, en sus escritos, se las tenía que ver con el conservadurismo más atroz, con los defensores de privilegios antiguos, con todos los inmovilistas del país. Feijoo, de esta manera, recibía cientos de ataques en forma de opúsculos, folletos o libros, toneladas de literatura creada con la intención de desacreditarle. Por supuesto, las polémicas fueron formidables. Sin embargo, Feijoo tuvo la suerte de que Fernando VI, el melancólico rey de España que solo se calmaba por las noches cuando escuchaba cantar al castrato Farinelli, tenía la suerte, digo, de que Fernando VI fuera un fervoroso apasionado de su obra. De tal forma, que, harto el rey de los escritos que contradecían las ideas de Feijoo, prohibió que se escribiese o publicase nada en la nación que pudiera oponerse a nuestro buen fraile. Como dice acertadamente J. L. Alborg, en este caso el rey optó por el mejor, por el más adecuado, pero, ¿cómo lo hubiéramos visto si al que hubiesen prohibido publicar hubiera sido el padre Feijoo?
Insisto, me molestaría que se me malinterpretase. Desciendo de emigrantes, digo más, desciendo de exiliados y no puedo ver con buenos ojos que se criminalice de forma generalizada a todos los que nos llegan de afuera. Pero, véanlo de esta forma. Imaginemos que en un futuro más o menos próximo triunfa en las elecciones al ayuntamiento un partido xenófobo y ultranacionalista y ultraderechista. Después de todo, tampoco sería tan extraño, partidos de este tipo los hay en todos países de Europa menos en España (salvando, claro está, los partidos xenófobos y ultras de Cataluña y el País Vasco), y son partidos que gobiernan en muchísimas localidades europeas. Pues imaginemos que este partido xenófobo que hipotéticamente gobierna Rota en un momento del futuro, se decide a realizar una campaña de concienciación ciudadana en la que pide lo siguiente: "que las empresas no contraten a extranjeros, que solo empleen a españoles, y que las ayudas sociales disponibles exclusivamente se dediquen a los nacidos en nuestro país". Sería irritante, ¿verdad? Pues para evitar esto lo tenemos fácil: nadie se mete en las ideas de nadie mientras estas sean legales, nadie utiliza el dinero público para adoctrinar, nadie hace campañas de concienciación que afecten a las opiniones y nadie actúa como si los ciudadanos estuvieran en el parvulario y no supieran pensar por sí solitos.
Enterémonos: cada cual manda en su cabeza.
P.D. Tal vez estas palabras hayan sido demasiado acres para una propuesta que es, como digo, bienintencionada y que, además, parte de un noble principio. De ser así, eliminen una tonelada de acritud y quédense con el mensaje esencial, el que se expresa en la última frase.












Don Camilo | Jueves, 15 de Junio de 2017 a las 20:03:49 horas
Vaya por dios, hermano Requetésderota, que decepción que alguien tan lenguaraz y charlatan de feria como ud se quede sin replicar en este intercambio de ideas, o se ha quedado usted sin idems o sin argumentos, una pena. Mis "exabruptos" como ud los define son tambien parte de esa libertad de expresión, o acaso pretende ud explayarse y hacer proseletismo de su ideologia filofascista sin que nadie le replique, uy,uy, que vamos asomando la patita totalitaria. Hombre le recuerdo que es la ideologia que ud defiende la que abolió la democracia en varios paises, impuso un dictador sin contar con el pueblo y la ley del silencio, y la que llevó a cabo un exterminio de ciudadanos democratas, asi que menos lobos caperucita.
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