Pija
En cuanto puso un pie en la calle, Rosa emprendió la marcha a paso ligero. Miraba el reloj preocupada porque estaba pensando que llegaría tarde al almuerzo con sus amigos. Llevaba ya varios años trabajando como administrativa en una empresa dedicada a la imagen (fotografía, vídeos…) y aunque tenía siempre turno partido y no podía ir a casa para almorzar porque le quedaba muy lejos, estaba contenta. Había podido independizarse a sus 29 años y aunque llegaba justa a fin de mes, era autosufuciente y eso le satisfacía. De lunes a viernes, mientras comía algún sándwich o tentempié a mediodía durante su descanso, se dedicaba a ver escaparates, leer un libro que traía de casa en algún parque y cuando el clima y sus inclemencias no lo permitían, se metía dentro de alguna tienda de ropa y ojeaba por allí para hacer tiempo. Por suerte, las tardes de los sábados las tenía todas libres, así que ese era el día en que quedaba con sus amigos para almorzar y luego ir de copas. Aprovechaba para ponerse mona y estrenar lo que había podido encontrar rebajadísimo en alguna de sus visitas a las tiendas del mediodía.
Cada vez que veía la hora en su muñeca, apretaba aún más el paso. Se quitó la chaquetita y la colgó del bolso porque empezaba a sudar. Al pasar por uno de los jardines cercanos a la zona de bares y restaurantes, una chica que estaba sentada en uno de los bancos que allí había junto a un grupo de amigos, la llamó. Le dijo que si podía darle algún eurito que tuviera suelto. Rosa la miró de reojos y sin pestañear le contestó que no. Ante su negativa, la desconocida exclamó en voz bien alta para que ella la oyese: “¡Qué asco me dan estas pijas de mierda!”.
En ese mismo momento Rosa, que ya iba bastante más adelantada, se paró en seco. Se dio la vuelta y tranquilamente anduvo hasta el grupito del banco. Miró a todos los que estaban allí sentados, entre restos de bocadillos, patatas, cigarros y cervezas, luego volvió a mirar su reloj y entonces le contestó:
“Son las tres de la tarde. Por el número de basura y de botellas vacías que tienes alrededor, supongo que llevas aquí disfrutando del día y pasándotelo de lujo durante toda la mañana a costa de la gente. Yo me he levantado a las seis para poder coger el metro y llegar a la oficina para trabajar y de allí es de donde vengo corriendo, porque no tengo coche. Tú vivirás en casa de tus padres aún, posiblemente estarás estudiando una carrera que ellos te pagan y para sentar bien en el grupito de enterados que te rodea, alardeas de estar por encima de los que no siguen tu rollo (qué pringaos te parecemos todos). Y lo que es peor, te crees con el derecho a ningunearnos e insultarnos.
Entre tú y yo hay muchas diferencias, pero la más importante no está en la apariencia. Está más bien en que eres tan patética que necesitas humillar a los que no están en tu onda para sentirte integrada. Ahora ya puedes llamarme como te dé la gana”.
Ángela Ortiz Andrade






























zumbi | Sábado, 01 de Julio de 2017 a las 13:13:48 horas
Una parábola que lo dice todo.
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