Quantcast
2
Lunes, 22 de Mayo de 2017

Tren VII y último

Las chicas regresaban de la verbena cogidas del brazo, cantando y riendo a carcajadas, aún era de noche, pero faltaba poco para el alba. Al retorcer hacia el sendero que llevaba hasta la casa de los abuelos, Marta tropezó y casi se cae; se detuvieron y observaron con qué habían topado: tirada en el suelo estaba Pilar, con la mirada perdida, magullada y manchada de sangre; sus amigas la pusieron en pie, pero no se sostenía, así que la llevaron en volandas al establo. Allí Irene puso en práctica sus estudios de enfermería y una vez que la curó y limpió, Pilar les contó lo que había pasado; hablaba temblorosa a la vez que iba tomando una infusión que Marta le había preparado con un potente somnífero. Mari Luz le susurró a Marta que cogiera una sábana y cuerdas de la que usaba el abuelo para atar los manojos de cebollas;  mientras Pilar dormía sus amigas se fueron corriendo al río. Por el camino Mari Luz iba cortando la sábana a dentelladas y las otras dos chicas recogían piedras, una vez en la laguna vieron que Luis flotaba en ella boca abajo; se tiraron al agua y lo sacaron. Mari Luz hizo tres sacos de piedras que ató al cuello, extremidades superiores e inferiores respectivamente y lo tiraron al fondo. Regresaron a descansar, por ese día las cosas iban a quedar así.

  

Durante las semanas siguientes las chicas (las cuatro) acordaron quedar en el rincón secreto antes del alba. Mientras Irene vigilaba a la vez que vomitaba, Mari Luz iba separando con la precisión de un cirujano la carne del hueso de cada parte del cuerpo del difunto. Un día tocaba un antebrazo, otro media pantorrilla…Los huesos eran introducidos con los sacos de piedras en el río y la carne iba siendo distribuida entre los perros que iban encontrando por los campos y parcelas en el camino de regreso a casa de cada una. Hasta que en el fondo de la laguna lo que quedó fueron huesos y una calavera cuyos restos de carne se los comieron los cangrejos. A partir de entonces estuvieron mucho más tranquilas, pero sabían que tenían que deshacerse de ese esqueleto para borrar toda huella que las culpara.

  

Y como si fuera un regalo inesperado, se les presentó la oportunidad soñada para acabar de la mejor manera posible. El último Sábado del mes tendría lugar un acto en el que se colocaría la primera piedra del futuro hotel que iba a ser el orgullo y el mayor atractivo turístico de la villa y de la comarca. El padre de Irene y alcalde del municipio, había luchado muchísimo por sacar adelante este proyecto y después de incontables viajes, entrevistas y documentos, por fin se haría realidad.  Las chicas lo tenían todo pensado: antes del amanecer de ese día, sacarían el saco del agua y lo enterrarían justo debajo de donde irían a colocar la piedra. Así que a la hora convenida se presentaron en su rincón secreto. Marta se echó al agua, pero no encontró nada; se zambulló Pilar y luego Mari Luz, buscaron y buscaron y seguían sin encontrar nada.  Al cabo de un buen rato, el pánico y la incertidumbre las invadió a todas. No sabían qué hacer. Subieron, se tranquilizaron y determinaron que iban a regresar a sus casas, arreglarse y asistir al acto como si nada hubiese ocurrido. Su gran oportunidad se les había escapado, pero lo que las atormentaba era no saber dónde estaba lo que quedaba de Luis.

  

Y el acto solemne comenzó. Allí estaba medio pueblo, el consistorio al completo, autoridades varias y nuestras chicas con el aspecto de boda, pero con el semblante de  entierro. Antes de la introducción de la primera piedra, el alcalde procedió a enterrar primero una “cápsula del tiempo” que había sido rellenada durante el último mes con utensilios típicos de la vida cotidiana del municipio; desde los aperos de labranza del abuelo Francisco, hasta la mantilla de Semana Santa de la esposa del señor farmacéutico.  Junto a la cápsula fue colocada la primera piedra del gran hotel, hubo aplausos y música. Todo terminó y las chicas cabizbajas fueron invitadas por el padre de Irene a tomar algo en su casa, accedieron con una falsa sonrisa que intentaba disimular su desasosiego.

  

Cuando entraron les sorprendió ver en un rincón una vieja máquina de coser y una llave dorada a su lado. El padre de Irene se sirvió un whisky, se sentó, cruzó las piernas y echándoles una mirada cómplice a las cuatro dijo: “-En cuanto oscurezca os lleváis la máquina de coser de la tía Gertrudis y la escondéis donde nadie pueda encontrarla.” Acto seguido se levantó, cogió la llave dorada que pendía de una gargantilla del mismo color y se la puso a su hija en el cuello, era la llave que cerraba la cápsula del tiempo; Irene le apretó la mano sonriendo y le dijo –“Gracias papá”.

 

Ángela Ortiz Andrade

Comentarios (2) Comentar esta noticia
Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.108

  • Ángela Ortiz

    Ángela Ortiz | Sábado, 27 de Mayo de 2017 a las 16:02:35 horas

    Muchísimas gracias por vuestras palabras. Un abrazo fuerte a vosotros, mis seguidores. GRACIAS

    Accede para responder

  • Justino

    Justino"Tomasito" | Miércoles, 24 de Mayo de 2017 a las 12:17:55 horas

    Relato interesante de una época no muy lejana,y que al menos para mí,me ha retrotraído a tiempos vividos, imborrables y de muy grato recuerdo .Gracias y hasta otra.

    Accede para responder

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.