Época de elecciones
Ya están aquí de nuevo… ya llegan… Es el sueño con el que soñaron nuestros mayores, aquel por el que apostaron, la esperanza de conseguir un mundo social más justo, con más posibilidades para sus ciudadanos, un mundo donde la utopía por fin se convirtiera en algo real, tangible, donde cada persona hombre o mujer, joven o viejo tenga las mismas oportunidades.
Los políticos nos hablan, se bajan de los estrados, han dejado en casa sus impecables trajes, que a menudo esconden entre sus entretelas un halo de poder absoluto, una mirada de lejanía, de lugar no apto para sus súbditos, recónditos rincones donde se cuecen lentamente todos los elementos del poder absoluto, elementos ignotos con fórmulas desconocidas para las que el ciudadano sencillo, el hombre o mujer que día a día recorre sin descanso la senda de la vida. Para el trabajador que vio mermado sus salarios, incrementado sus impuestos, recortadas las becas que posibilitaban los estudios de sus hijos y para el enfermo que busca desesperado alivio de sus males en largas colas, donde la espera resulta interminable y donde la medicación no siempre le será financiada.
Y qué decir del paro… del que conoce el dolor de verse excluido, cómo es posible tener una vida digna, cómo cubrir aquellas necesidades que resultan básicas. Nuestros jóvenes se van, emigran con un sustancioso título debajo del brazo, buscan otras latitudes, otros lugares donde son acogidos y reconocidos sus esfuerzos. Se van sabiendo que sólo podrán volver en época vacacional. Dejan atrás familias, amigos y todas las raíces de su patria y su infancia.
El político de turno, se baja del estrado, camina hacia el público ofreciendo una sonrisa ensayada en el espejo. Su fotografía está colgada en amplias avenidas, es un claro derroche de su poder político. Su voz se alza entre las voces de los artistas que contratan para animar los mítines en una simbiosis que deja al ciudadano extrañado y atónito.
El político dirige al público sus palabras, nos habla, nos cuenta, derrocha todo su ingenio, los vaqueros y las camisas que visten son un claro reflejo de su cercanía. Sus voces nos llegan muy alto a través de altavoces que nos destapan los oídos. Las promesas recorren todos los labios, sus bocas se han convertido en un manantial de hechos si se les vota.
Los políticos están ahí… aquí… allí… Pero ¿adónde van sus promesas? ¿Qué viento se las lleva? Vuelven a sus abigarrados trajes, a sus flamantes coches, para dejar de sonreírnos en las esquinas. Pactan y dialogan entre ellos. El pueblo que los votó se queda fuera esperando agazapado entre sedientos jardines y un asfalto desgastado. Cada ciudadano vuelve a su trabajo inestable, y cada vez peor pagado. A las interminables colas del paro, a cobrar los exultantes 400 euros, (el que los cobre), a pagar la subida de los carburantes, de la renta, de la luz, del agua, de los alientos, del transporte y del I.V.A.
Votemos…
María José Hernández Fuentes
































Manolo A | Lunes, 18 de Mayo de 2015 a las 20:15:51 horas
Enhorabuena por un artículo tan serio. Entiendo su acidez y su desesperanza. Personalmente le diría que sí hay opciones distintas, de aquellas que no se sienten definidas aquí, pero eso... solo es lo que yo pienso. Usted tiene pleno derecho a pensar lo que expone y, aunque tenga mis matices, no dudo en celebrar tan brillante escrito y la lucidez que manifiesta. Gracias por su trabajo.
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