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Sábado, 10 noviembre 2018

"Historias populares de la villa de Rota", por Prudente Arjona

En esta sección se ofrecerán fragmentos del libro escrito por el roteño Prudente Arjona, titulado "Historias populares de la villa de Rota", que como su propio nombre indica, refleja buena parte de la historia local.  Aunque el libro está a la venta en papelerías del municipio, el afán del autor nunca fue lucrarse con ello, por eso, permite a Rotaaldia.com compartir algunos de sus capítulos para que el gran público tenga conocimientos de una parte pasada de la villa.

 

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BARRIADA DE EL MOLINO

 

 

 

 

Habiendo llegado al final de la calle Calvario, nos desplazamos hacia el pago del Molino, situado tras las casas pares de la calle del Calvario hasta las playas del Rompidillo y Galeones, Pico Barro y casi el Chorrillo, delimitado por los pagos Puntal de Levante, La Gallina, etc. donde se desarrolló mi niñez, juventud y pubertad, por lo que podría contar algunas historias de mis vivencias, tales como la que sigue, y que narro a manera de relato, como tantos otros que encontrarán los pacientes lectores en este trabajo que pretende convocaros a la remembranza: Habían dado las seis de la mañana y, como era su costumbre los domingos, mi padre me presionaba el dedo pulgar de uno de los pies con la idea de despertarme. Él solía levantarse cada día a la misma hora para descargar los hornos de cal con un empleado madrugador llamado Manuel Bernal, ‘el Lorito’. Luego, entre ambos lo volvían a cargar y el domingo les echaba yo una mano. Extraños amaneceres para un niño de algo más de diez años.

 

Mientras me colocaba cada prenda entre bostezos y desperezos, ‘el Lorito’, como era apodado el bueno de Manolo, llamado así de forma irónica por ser hombre parco en palabras, pero maravilloso trabajador donde los hubiera. Sin más protección que una boina encasquetada y un pañuelo colocado sobre la nariz y boca, semejándose al ‘Coyote’ de José Mallorquí, sacaba a paladas la cal viva hasta que aparecían las primeras cenizas chispeantes anunciando que se estaba llegando hasta el carbón encendido del horno.

 

Mi padre, en lo alto del descansillo de los tres hornos, vigilaba atentamente la descarga de los mismos, pues en cualquier momento podía producirse un ‘derretido’ entre piedras y carbón mineral, que adhiriéndose a las paredes del horno impediría su bajada equilibrada y éste quedara atorado, para lo cual mi padre utilizaba largas palancas de hierro con las que golpeaba las adherencias, intentado despegar y trocear el fundido de las paredes, rompiendo asimismo la ‘torta’.

 

Para avisar al empleado que extraía la cal viva mi padre lanzaba unas piedras sobre el techo de la ‘polvera’, que se hallaba cubierta de zinc, a manera de un particular tan-tan, cuyo estruendo servía para informar al obrero para que cesara en la extracción, continuara o parara definitivamente, por existir algún tipo de anomalía en el funcionamiento normal del horno.

 

Mientras mis siete hermanos dormían, mi madre trajinaba en la cocina de carbón vegetal que mi padre había improvisado a partir de una caja de madera de las usadas para el vino, a la que había colocado cuatros patas de madera y un par de hornillas de hierro colado recubiertas de barro ‘colorao’, terminándola con retazos de loza refractaria. Cuando terminé de enjuagarme la cara en un cubo de agua humeante del pozo de la calería, mi madre se acercó con el vaso de ‘candié’ para mi padre, a lo que me ofrecí para que ella no tuviera que subir hasta los hornos por la dificultosa, y al tiempo singular escalera, construida con medios escalones de triángulos isósceles,  para que el desarrollo de la misma ocupara la mitad del espacio -era una más de las originalidades de mi padre-, por lo que había que comenzar la subida siempre con el pie derecho, pues de lo contrario te encontrabas con el vacío del medio escalón.

 

Ya en la azotea de los hornos, mi padre tomó un sorbo de caldo de puchero endulzado con el huevo batido, y chupando la ramita de hierbabuena me dijo -Hay que levantarse antes, hombre, que el Lorito va ya por el tercer horno y tenemos que cargarlo antes de que comience el calor. (Antes de seguir quisiera aclarar, que la palabra “candié”, que no es otra cosa que caldo de puchero con un huevo batido y ramita de hierbabuena, hay quien le echa un sorbo de oloroso y otro vino o licor, me parece que viene de la palabra inglesa “candy-egg” huevo de caramelo, o algo así).

 

Efectivamente, en aquellos momentos apareció Manuel totalmente empolvado, sonándose la nariz y escupiendo cal viva, que con la humedad de la garganta le hervía hasta la campanilla. (Me pregunto si en estas fechas encontraría mi padre alguien para semejante trabajo).

 

Comenzamos la labor de subir los esportones con piedras y otros con carbón mineral, a través de unos poyetes de metro y pico que alcanzaban la altura de la boca superior de los hornos, mientras mi padre se encargaba de ir echando la materia prima, formada de tongas de carbón mineral y piedras previamente troceadas a golpes de porrinos.

 

Además de los hornos de mi padre, había en el Pago del Molino, otros hornos de cal, propiedad de don Francisco Lucero, cuyos terrenos lindaban con los nuestros, quien al igual que mi padre, disponía de una enorme cantera abierta de la que se extraía una magnifica piedra caliza que producía una excelente cal para las obras. Esta piedra era buena hasta para cocerla, pues al no tener componentes de cuarzo ni de sílice, no había riesgo de que sus compuestos se fundiesen y originasen los temidos ‘derretidos’. No obstante, cuando  las lluvias eran persistentes  e impedían trabajar en las anegadas canteras, se recurría a los arrieros que acarreaban piedras de la playa, que sí que contenían gran porcentaje de materia vidriosa, por lo que había que tener un gran cuidado a la hora de dosificar el carbón mineral.

 

Hay que decir, que los gases que emanaban del horno eran peligrosos, lo que originó que en más de una ocasión terminásemos mis hermanos y yo ´atufados’ al inhalar el anhídrido carbónico proveniente de la combustión del carbón. Por el contrario, los gases emanados de la cal mientras se apagaba eran benignos y saludables, pues contenían un alto grado de calcio. Recuerdo que algunas veces mientras la cal se cocía, solíamos introducir boniatos y batatines envueltos en papel de estraza, o en papel de las envolturas de los sacos de cemento, en el humeante montón de cal, los cuales terminaban perfectamente cocidos y con un extraordinario sabor natural.

 

Terminada la faena, mi padre y yo nos dirigíamos hasta el bar de El Leñero a tomar café de maquinilla, tasca que solía encontrarse abarrotada de labriegos, cuyas bestias permanecían amarradas pacientemente a las argollas de la pared del negocio aguardando la partida hacia los ranchos de los mayetos.

 

Conforme éstos se iban marchando, iban apareciendo los profesionales de oficio a tomar café o achicoria, ora los carpinteros de carros y carretas, ora los herreros, ora los mecánicos de máquinas herramientas agrícolas. Entretanto iban haciendo su aparición los lecheros, con sus cabras o vacas, ordeñando la aromática leche para el vecindario a pie de calle.

 

 Así transcurría el despertar de mi villa cualquier día, fuese fiesta o no, como prototipo de los cientos de pueblos que componían la  Andalucía de los años cincuenta y pico.

 

Mientras tanto, todo el afán de mi padre respecto a mí era el de familiarizarme al máximo en lo que él presumía, iba a ser su legado en el futuro mundo del trabajo. Gracias a Dios, y para mi beneficio, se equivocó totalmente.         

 

Según se puede ver a lo largo de la historia de la villa roteña, en esta zona de la localidad siempre hubo molinos aprovechando el asiduo viento de levante, cuyos artilugios eran utilizados para moler harina y asimismo para extraer el aceite de las aceitunas, ya que se cuenta, que delante de lo que es hoy la playa del Rompidillo, Galeones, etc., existió en la antigüedad un extenso olivar que la mar se encargó de  engullir poco a poco. Esta zona  de Rota ha sido siempre muy castigada por los embates del oleaje, erosionando constantemente los barrancos y asimismo las murallas que rodeaban la población.

 

En capítulos posteriores daremos debida cuenta de la existencia de dichos molinos, de los que hubo en la desembocadura del río Salado y de los que se construyeron en la zona de poniente, en el pago de la Viña Perdida y aledaños, y de lo que estas instalaciones significaron para la economía de Rota. Hoy sólo nos queda el recuerdo del nombre del lugar donde se instalaron, como es en este caso del pago del Molino, convertido en la actualidad en una amplia barriada, cuyo eje principal, la calle Amapolas, vertebra la zona de norte a sur, guardando, sin embargo, desde antaño el mismo recorrido que en su día tuvo el callejón de la Presa, que discurría desde el barranco del Rompidillo, que en la actualidad confluye en su comienzo con la calle Sagrado Corazón de Jesús, y finalizaba en la calle Crucero Baleares y parque de Carlos Cano, lugar por donde transcurría la vía férrea, hoy desgraciadamente desaparecida.

 

Aprovecho la ocasión para decir que hace bastantes años, reiteradamente reivindiqué al Ayuntamiento la instalación de un molino de viento en el paseo marítimo del Rompidillo, a la altura del Picobarro, precisamente en el espacio circular de lo que en su momento se proyectó como fuente, hoy sin uso, con lo que se conseguirían varios objetivos, como por ejemplo perpetuar con este monumento la importancia que tuvieron en su momento los molinos, justamente en el lugar donde existieron varios de ellos, mostrar a los jóvenes locales lo que eran éstos artilugios y, por último, crear un atractivo más para el turismo, para cuya obra podrían conseguirse subvenciones de la Diputación, Junta de Andalucíia y de otros organismos oficiales, dado el enfoque turístico-cultural de esta iniciativa. Por supuesto que el molino ha de ser construido a la vieja usanza, para que tenga el justo valor étnico requerido. Como es habitual cada vez que sugiero algo al Ayuntamiento, la callada es su respuesta, no obstante continúo en el empeño, pues confío que tras este gobierno municipal vendrán otros y espero que alguno será lo suficientemente sensible a las peticiones del pueblo, cuando éstas son razonables y están llenas de contenido.

 

Mientras que el término roteño se encontraba subdividido en pequeñas parcelas o ranchos, los llamados minifundios, en la época de mi niñez El Molino se hallaba en manos de sólo unos cuantos dueños, comenzando por don Francisco Lucero Bojito, que disponía en el margen izquierdo del camino de unos, enunciados ya, hornos de cal y de ladrillos, así como de una pequeña bodega que pisaba la uva procedente de su propia viña. Este señor contaba en el margen derecho del callejón de la Presa (hoy calle Amapolas) con una gran parcela de enormes eucaliptos que llegaban hasta el barranco y lindaba con otra parcela conocida por el cerro del Tío Malo, ocupada por dunas de arena de la playa, y en la que crecían muchos arbustos silvestres, que servían a Enrique Alcedo para que pastaran su ganado vacuno y cabrío. A continuación, y en el mismo margen derecho, había una gran parcela que llegaba hasta el Picobarro, cuyos dueños eran de Sevilla. Esta finca tenía una cancela a la playa sobre la que aparecía el nombre de la propiedad, bautizada con el rótulo de La Redención. Por otra parte, recuerdo que el casero que la cuidaba y sembraba, apodado Ceniza, salía en más de una ocasión a defender sus dominios cuando invadíamos su finca en las múltiples escaramuzas que protagonizábamos en las batallas campales que organizábamos por el barranco entre distintas bandas tribales de chiquillos, tales como las de Elías, el de la Chiquita, o el temible Moreno, con sus lugartenientes, el Grillo y el Palomo, que venían desde las calles Caracol e Higuereta a guerrear contra nosotros.

 

En el margen izquierdo del callejón de la Presa, y a continuación de las tierras de don Francisco Lucero, se encontraban la finca de mi padre, Juan Arjona, que llegaba desde la calle del Calvario, hasta el aludido callejón de la Presa. Cómo ya dijimos anteriormente, mi padre disponía de hornos de cal, para lo cual extraía la piedra caliza de una cantera, en cuyo lugar quedó un enorme agujero, que las aguas de la lluvia se encargaron en convertir en un pequeño lago que suponía para los innumerables patos que teníamos un verdadero paraíso acuático. Curiosamente, el pato macho iba siempre delante, encabezando su ejército de patas, que regresaba obedientemente al atardecer a recogerse en el gallinero, no sin antes comerse una buena ración de maíz que mi madre se afanaba en repartir entre los graznidos ruidosos de la muchedumbre palmípeda. Por la mañana, si no se les abría temprano la puerta del gallinero, formaban la marimorena, y tras salir y engullir el desayuno gramíneo, el pato macho daba un peculiar graznido, partiendo hacia la cantera seguido por sus emplumadas féminas, momento en que aprovechábamos para recoger los huevos que habían puesto sobre el suelo por la noche, como es costumbre de este tipo de ánade.

 

La finca por encima de la nuestra era la granja y huerta llamada La Pajarita, propiedad de la familia González. Sobre la misma, y hasta la calle Crucero Baleares, se hallaba la huerta de Bernal, cuyo pozo, situado donde se encontraba la noria de tracción animal para regar la huerta, aún pervive y continúa dando un excelente servicio a los jardines municipales. También en una finca cercana a la nuestra, el señor que la explotaba, con su esposa e hijos, se vieron expulsados de sus propiedades por un familiar muy cercano. El caso fue que éste vendió la finca a un tercero, ignorando con total despotismo e indolencia que la finca estaba ocupada por dicha familia, de la cual dependían económicamente.

 

Fue un momento imposible de olvidar, dado que esa desagradable operación se llevó a cabo a través de nuestra finca bajo la presencia de un funcionario del juzgado y la presencia de una pareja de la Guardia Civil, investida con toda la amedrentadora autoridad de sus respectivas indumentaria, como tricornios, capotes y mosquetones Mauser español al hombro. La imagen de aquella familia mientras las ponían de patitas en la calle, las asustadas caritas de sus hijas y de su mujer y la indignación del padre de familia, se me han quedado grabadas para siempre como fiel exponente del totalitarismo, de la injusticia y de la impotencia en aquella época franquista, donde los pobres desheredados bien poco podían hacer, impotentes contra la iniquidad, la barbarie y el vil e inhumano atropello. Dios quiera que nunca volvamos a caer en una nueva dictadura.

 

N.A.:  Claro que eso era lo que decía al finalizar mi artículo, no obstante y por desgracia, estas anómalas situaciones se continúan dando con  los cientos de desahucios que la sociedad está padeciendo en los últimos tiempos y que si no entran nuevos partidos políticos, sensibles y más humanizados, continuarán ejecutándose.

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