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Sábado, 3 noviembre 2018

"Historias populares de la villa de Rota", por Prudente Arjona

En esta sección se ofrecerán fragmentos del libro escrito por el roteño Prudente Arjona, titulado "Historias populares de la villa de Rota", que como su propio nombre indica, refleja buena parte de la historia local.  Aunque el libro está a la venta en papelerías del municipio, el afán del autor nunca fue lucrarse con ello, por eso, permite a Rotaaldia.com compartir algunos de sus capítulos para que el gran público tenga conocimientos de una parte pasada de la villa.

 

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La Tasca, Rota, 12 de Junio de 2006

CARRETAS, CARROS, CARREROS Y CARRETEROS

 

 

 

(Dedicado a la familia Martínez, “Los Roe”, verdaderos profesionales del manejo de los carros, en aquellos tiempos difíciles, donde el carro lo era todo para el transporte de los productos del campo, cuando no existían tractores, ni remolques, ni camiones que hicieran dicho trabajo)

 

 

Ocasionalmente suelo retroceder al pasado reciente para recordar cosas y casos que los tengo grabados en la mente, por haber sido reemplazados de un plumazo por otras cosas y casos que nada tiene que ver  con lo que fue y en lo que ha terminado desembocando hoy.

 

Quisiera hablar en esta ocasión de un medio de transporte antiguo, como fueron los carros y las carretas. A pesar de significar un tradicional sistema usado durante miles de años, desde que se inventara la rueda, éstos han ido menguando paulatinamente en los últimos treinta años hasta desaparecer totalmente. Los que quedan son piezas de museo expuestos en cortijos o en parcelas de gente que saben valorar estas reliquias, cuyas estructuras tanto encierran de historia.  Hoy sólo quedan en uso pequeños vestigios, como es el caso de la Carreta de la Hermandad de San Isidro Labrador, las carretas y carros utilizados por hermandades en la Romería del Rocío, o bien los enganches vistosos y engalanados que se ven en las ferias primaverales.

 

En el pueblo, tanto los carros, como los asnos, fueron aprovechados para el acopio de materiales a las obras principalmente; aunque hubo un único carro para recoger la basura de todo el pueblo (hay que imaginarse lo poco que se tiraba entonces). También los carboneros disponían de pequeños carros tirados por jóvenes, dedicados a vender el carbón por las casas (yo estuve un tiempo con Fernando Mindundi,  tenía una carbonería a medias con mi padre). Recuerdo también a arrieros como José el Tula, que tenía un carro cuyas ruedas estaban protegidas con un revestimiento de caucho para que no hiciese ruidos y al mismo tiempo se protegiesen las calles del aro de acero de las ruedas. Otro arriero con carro, en este caso  moderno, fabricado de chapa de hierro y ruedas inflables, fue Manolo Caridad. También se contaba en el pueblo con otros carreros, como Ortega o José Pacheco, el Pelaó, quien se dedicaba principalmente a repartir sal por los distintos establecimientos de la población, y también disponía de varios coches de caballos.

 

Precisamente, en el apartado de coches de caballos tenemos que mencionar a los dedicados al trasporte de viajeros a la estación ferroviaria y su regreso al pueblo, si bien, desgraciadamente, el tren desapareció en tiempos del alcalde Tejedor. Recuerdo, además, a José Pacheco, a Flaviano y a Cantarito, quienes disponían de varios vehículos tirados por caballos y mulos. Hoy, el Sambo permanece fiel a la tradición.

 

De todos los carreros y carreteros, creo que el más famoso fue el Fósforo, un hombre afable dedicado al negocio de la paja, que solía venir con frecuencia al pueblo con su carro cargado de bálago que los roteños compraban para rellenar sus colchones. En ocasiones, si el bueno del Fósforo se retrasaba en el bar, los animales volvían solos con el carro hasta su rancho. Curioso, ¿no?; pues mil y una anécdotas existen de este sencillo e inteligente  carrero roteño. A modo de ejemplo, os narro una de sus tantas ocurrencias: un día entró en un bar con el consiguiente colocón, y ante los parroquianos que se encontraban en el local dijo, sin venir a cuento: me cago en los muertos de tos´ los que no tengan carro. Los clientes se miraron unos a otros, y sabiendo como era el Fósforo, ignoraron la impertinencia, pero no así uno que no era del pueblo, el cual se dio por ofendido, y encarándose con él, le dijo: amigo, yo no tengo carroEl Fósforo, sin inmutarse, le contestó al individuo: po´ yo tengo dos carros y estoy dispuesto a venderle uno… También hubo un tiempo en que el Fósforo se dedicó a trabajar como estraperlista con su carro, con el que recorría muchos kilómetros en busca de cortijos y lugares donde comprar viandas y suministros para Rota, para lo cual tenía que circular por caminos y veredas poco transitadas para despistar a la Guardia Civil que vigilaban a los estraperlistas.

 

En el tiempo de la recolección de cereales los carros y carretas de los cortijos y ranchos dedicados a los áridos llegaban al pueblo con los sacos de grano para entregarlos en el Servicio del Trigo, conocido popularmente como el Granero, que se hallaba situado enfrente de la iglesia del Carmen. Los carros y carretas, con sus respectivas mulas, bueyes o caballos, se apostaban a un lado de la calle Calvario a la espera de su turno correspondiente. Era en verdad un espectáculo.

 

Cuando se marchaban, los chiquillos hacíamos nuestro agosto, pues recogíamos los muchos excrementos de los animales y los vendíamos a esportones a perra gorda a los mayetos que tenían sus campos por detrás de las casas de la calle del Calvario.

 

Hasta que llegaron los tractores, los carros y carretas significaron un medio eficaz de transporte, pues recuas de potentes mulos tiraban de enormes carros que trasportaban todo tipo de productos, desde uva a estiércol, pasando por alpacas de paja, los cereales mencionados, remolacha, melones, etc. Mientras que los cortijos y otros campos de importancia disponían de sus propios vehículos de tracción animal, existían también carreros para el servicio público. De entre los más recordados fueron los hermanos Martínez, los Roe, quienes eran afamados profesionales demandados por todos los agricultores.

 

Pero alrededor de este mundo de carros y carretas se movían distintos colectivos de profesionales que vivían a expensas de ese sistema de trasporte, como fueron los tratantes de ganado, los talabarteros, guarnicioneros, herreros, así como, los carpinteros, fabricantes y reparadores de los vehículos. También los cortijos disponían de las casas de máquinas, donde había uno o más profesionales expertos que reparaban in situ todo cuanto se averiaba, pero cuando los desperfectos eran muy grandes, las máquinas eran trasportadas a las carpinterías del pueblo u otras ubicadas en el campo.

 

Las carpinterías especializadas en Rota que yo recuerdo fueron tres: la de Rafael Carrión, situada cerca de la Casa del Rincón, en la calle Calvario; la de José Maria de los Santos Gordillo, en la plazoleta de las calles Argüelles y San Rafael, hoy sede de la Tertulia Flamenca del Viejo Agujeta; y la de los hermanos Manolo y Paco Milán,  instalada en el pago de Buenavista, cerca de la Pedrera. Ambos aprendieron el oficio en la carpintería de José Maria de los Santos.

 

No quiero pasar página sin contar cierta anécdota relacionada con los carros, pues estos vehículos no eran utilizados sólo para el campo, sino que también se empleaban para trasportar vino a granel de las bodegas en toneles o botas. Unas veces estos caldos eran trasportados en ferrocarril o en barcos. En otras ocasiones se utilizaban carros, que se veían obligados a atravesar grandes distancias, acarreándolos hasta lugares lejanos, como es el caso de la Bodega de González Byass (creo que antes de estar asociado con Byass eran por entonces Bodegas de González Dubocs). Pues bien, resulta que la bodega mencionada enviaba vinos a las regiones de Córdoba, Huelva o Málaga, por lo que los carreros se veían obligados  a atravesar serranías y caminos inhóspitos llenos de bandoleros y asaltadores de caminos, si bien, y a manera de impuesto revolucionario, la bodega tenia preparados unos barriles con caldos de primera calidad que trasportaban en los carros para estos bandoleros, de manera que, no sólo no eran asaltadas las caravanas de carros ni los carreros, sino que además los bandoleros escoltaban la mercancía, hasta el límite del distrito que controlaban, y partir de dicho lugar eran otras bandas las que, tras cobrar en vino su protección, los guiaban hasta el limite pactado con otras partidas de fuera de la ley.

 

Estos datos son fiables y aparecen en los libros mayores contables de la época, de dicha bodega, como partidas de vino destinadas a tal fin. Está información me fue facilitada por Don Juan Guerrero Gutiérrez (que en paz descanse), estudioso historiador del archivo particular de la Bodega González-Byass, al que desde aquí le agradecemos (en su Gloria) su continua colaboración con esta Villa Roteña. En su puesto de Jefe de la comandancia Militar de Marina o de Jefe de Seguridad de la base Aero-naval de Rota, quien ayudó en múltiples ocasiones a los marineros roteños, quitándole muchos marrones de encima.

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1 Comentario
Fecha: Domingo, 4 noviembre 2018 a las 14:14
Hermano Lobo
Ameno e interesante, como siempre.

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