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Lunes, 22 octubre 2018

1955 (VI y última) (por Ángela Ortiz Andrade)

La noche que podía, Tomás se ausentaba de su trabajo para pasarse por la casa para pillar al desconocido que había visto salir una vez de allí. Pero no lograba toparse con él. Le había pedido a Martín que se andara con ojo y que vigilara los portones de entrada a la casa, pero Martín lo oía con incredulidad:
  

  -“¡Tú estás chalao!, si los portones están cada uno en un extremo ¿qué quieres, que me pase las noches de imaginaria? ¡¡Venga, hombre!!, si lo quieres pillar, vente del trabajo y lo haces tú, que yo estaré durmiendo muy tranquilo”
  

-“Sólo te pido que pongas atención por si hay algún ruido extraño. Seguro que es algún novio que se ha echado Clara y viene a estar con ella, pero como sea Elisa la que está liada con él, como lo coja, le parto la cara. Yo le pregunto a ella cuando estamos juntos, pero siempre me lo niega y ya no le pregunto más porque se enfada diciéndome que soy muy pesado.”
  

La vida en la casa transcurría muy animada desde que las mujeres daban sus clases. Durante todo el día se afanaban en sus labores para poder dedicar las últimas horas de la tarde y primeras de la noche a sus lecciones, las que tenían menos faena ayudaban a las que tenían más; todas se apoyaban. Con el tiempo, a Rosa la llevó su profesora a trabajar a la capital como secretaria, con todo lo que había aprendido y con su presencia impecable, no hubo dudas para contratarla; su vida mejoró considerablemente y todas la admiraban por su capacidad de superación. Un día, subiendo al tren que la llevaba a su trabajo, se topó con su marido y su querida. Le pidieron disculpas por el encontronazo sin reconocerla. Fue ella la que los saludó sonriendo y se fue a ocupar su asiento de siempre ante la mirada atónita de su marido. Los veía con el rabillo del ojo divertida, mientras pensaba que iba a tener que darles las gracias por haberla hecho tan feliz. Ahora tenía una vida plena en todos los sentidos y además desde hacía varios meses, había un hombre que la pretendía, iba a buscarla al trabajo, paseaban juntos y la colmaba de atenciones, todas las que su marido nunca tuvo con ella.
  

Una tarde, cuando Tomás salía para trabajar, oyó gritos desde el cuarto de Elisa, corrió hacia allí y la vio saltando sobre su cama. Llevaba un papel en la mano
  

-“¿Qué pasa, estás bien?”
 

  -“Mira, miraaaa”, le decía cogiendo el papel con las dos manos y plantándoselo en la cara.- “Es una carta de mi padre, me voy este verano a verlo, me va a pagar el billete. ¡Qué contenta estoy!”
  

Tomás se sintió morir. Pero entonces ella le dijo –“Vente conmigo, ahorra de aquí al verano y vente. Verás todo lo que te he contado con tus propios ojos”. En ese momento no sabía qué contestar, ni cómo reaccionar, así que le dijo que se tenía que marchar al trabajo y que hablarían al día siguiente, la verdad es que quería salir de allí a digerir todo lo que había ocurrido de golpe.
 

Con la tranquilidad que le dio el tiempo y mes a mes, Tomás se reafirmaba en no acompañar a Elisa. Pensaba que su sitio estaba donde había nacido y crecido, además, era muy probable que en aquella ciudad tan lejana y extraña, no habría nada bueno.
  

Una de las noches que se pudo escapar de la panadería para hacer su ronda por la casa, conforme se iba acercando al portón, observó cómo éste se abría. Salió un hombre bien trajeado y vio cómo una mano se alargaba para acariciarle la cara, el caballero se volvió para besar a la persona que estaba al otro lado. Cuando estaba más cerca de la puerta Tomás comenzó a avanzar con sigilo y pudo distinguir la mano que abrazaba la nuca del desconocido, tenía dos alianzas juntas en el dedo anular. Era la mano de su madre. El hombre se fue sonriendo cabizbajo y el portón comenzó a cerrarse, Tomás se apresuró y empujó la puerta para encararse con ella, el corazón le latía con fuerza, estaba encorelizado.
  

Para su sorpresa, su madre reaccionó como nunca hubo imaginado, lo miró frente a frente, sin avergonzarse y muy tranquila le comentó:


   -“Siento que te hayas enterado de esta manera, pero a decir verdad, después de tanto tiempo, no encontraba las palabras para contarte esto. El hombre que acabas de ver y yo estamos juntos desde hace más de un año y pensamos casarnos te guste o no. Y ya puestos te cuento que sé leer, escribir y muchas otras cosas más que he aprendido junto a las otras mujeres, ¿qué te creías, que me iba a dejar tratar por ti como lo hizo tu padre cuando estaba vivo?”. Tomás le dio una bofetada y su madre le contestó con los ojos llenos de rencor: -“Siempre recé para que fueras diferente a él, pero eres peor. Ojalá que el día en el que te des cuenta de tu error, no te resulte muy doloroso, a pesar de todo, te quiero.”
  

Volvió a la panadería y cuando terminó su jornada y llegó a la casa, de su madre ya no había ni rastro.
  

Tomás se fue en busca de Elisa y le dijo que contara con él para su viaje a Nueva York. Cuando terminó el verano, Elisa regresó a la casa, pero Tomás no.  
   

Ángela Ortiz Andrade
   
   
   

  

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2 Comentarios
Fecha: Sábado, 3 noviembre 2018 a las 14:58
Ángela Ortiz
Muchísimas gracias, comentarios como estos le dan a una motivos para seguir inventando.
Fecha: Martes, 30 octubre 2018 a las 00:05
Juan Bravo
Gracias Ángela por tus mini narraciones, nos sacas de la rutina de leer las sandeces de aficionados a la política o mejor dicho, a intentar comer de la política y de jubilados con mucho tiempo libre. Esperemos próximas publicaciones.

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