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Jueves, 27 septiembre 2018

1955 (III) (por Ángela Ortiz Andrade)

Como cada tarde, Rosa preparaba el café de pucherete para todas las vecinas que se acercaban al patio para compartirlo mientras charlaban de las vicisitudes del día; el olor inundaba la casa y hacía las veces de reclamo para todas ellas. Mientras bebían allí sentadas, aparecieron dos de los vecinos que venían desde el cortijo donde trabajaban, Rosa se puso de pie y dejó su taza a un lado para ir a desatarse el delantal y recomponerse el roete, su marido trabajaba con ellos y no tardaría en llegar. Uno de los hombres la siguió hasta la puerta de su cuarto y le dijo que su marido le había encargado que le dijera que no iba a regresar ese fin de semana tampoco, que tenía mucha faena por hacer y le dio el dinero de su salario para que pudiera afrontar los gastos de la casa. Rosa le sonrió con amargura y dándole las gracias, introdujo el dinero en el bolsillo del delantal y se metió en su alcoba; notó que algo se le desplomaba en el pecho y rompió a llorar. Ya era el tercer mes que ponía excusas para no aparecer por casa, su relación era cada vez más distante y ella adivinaba que había otra mujer que lo hacía feliz, seguro que no estaba tan desmejorada como se veía ella. Allí sentada, no era capaz siquiera de levantar la mirada, pensaba en los tres hijos que tuvieron con tanto amor, en la de proyectos de futuro de los que hablaban cuando estaban acostados, mirando al techo, uno junto al otro, cogidos de la mano;  en la complicidad que había entre ellos. El tiempo había diluido su olor en la casa, ya no encontraba su rastro. Sentía cómo la amargura iba creciendo en sus entrañas  y le dolía tanto que creía que la iba a romper en mil pedazos.
  

No se dio cuenta de que en la litera del cuarto de al lado, su hijo la miraba. Martín no sabía si debía o no acercarse a consolarla, pero permaneció allí en silencio, a la espera de que ella se recompusiera y saliera de la alcoba. Aunque era aún muy joven, no se le pasaba por alto ningún detalle y sabía de sobra por qué lloraba su madre.  La rabia le apretaba la garganta y sentía muchas ganas de encararse con su padre para gritarle a la cara todo lo que pensaba en ese momento, pero también sabía que aunque lo buscara en el cortijo, no lo iba a encontrar allí; le invadió el deseo de escapar corriendo,  pero esperó. Cuando Rosa salió a preparar la cena, Martín se fue a buscar a su mejor amigo para desahogarse con él. Tomás le echó un brazo por los hombros y se lo llevó a dar un paseo, ahora debía permanecer atento, sin preguntar,  a la espera de que su amigo le contara, no sabía bien qué, aunque algo había oído en casa; la relación de los padres de Martín era la comidilla de las sobremesas de toda la casa. Parecía que solamente Rosa era ajena a lo que todo el mundo sabía. Nada más lejos de la realidad, lo que pasaba era que confiaba tanto en su marido, que se negaba a reconocer que él ya no la quería, cada día se iba a la cama con la esperanza de que  volviera a ser el de siempre y entrara por la puerta como si no hubiera pasado nada, como si hubiese sido un episodio pasajero que ninguno de los dos lo tendría en cuenta para el futuro. Pero esa tarde supo que estaba muy equivocada, un vecino se lo abofeteó en la cara, para que dejara de soñar.


Ahora en la cocina, cortaba pan repitiendo el mismo movimiento como una autómata, inexpresiva. Alguien le apretó el hombro con fuerza y Rosa paró y pestañeó, miró a su lado.


   -“La cabeza alta, cariño, ten dignidad. Que nadie vea tu tristeza, porque  no te va a servir de nada. Eres muy fuerte y estás llena de energía, lo demuestras a cada instante, ahora te toca a ti ser egoísta por tu bien, tus hijos ya no necesitan que estés tan pendiente de ellos, dales libertad y date libertad tú también. Yo estaré aquí para lo que necesites, eres mi amiga.”
  

Rosa la escuchaba con atención, sus palabras la confortaron. Desde que Clara y su hija Elisa llegaron a la casa hacía ya tres años, Rosa las ayudó en todo lo que pudo y entre ellas surgió una lealtad muy sincera. Rosa la miró fijamente a los ojos que se parapetaban detrás de unas pequeñas gafas, el pelo suelto y rizado le daban a su amiga un aire bohemio:


  -“Quiero que me enseñes a leer y escribir.”
  - Clara la abrazó riéndose a carcajadas. “- Pues claro que sí, reina mía, todo lo que tú quieras".

   
  

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1 Comentario
Fecha: Jueves, 27 septiembre 2018 a las 21:13
Justino "Tomasito"
Interesante e imprevisto "cambio de tercio"...

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