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Sábado, 15 septiembre 2018

"Historias populares de la villa de Rota", por Prudente Arjona

En esta sección se ofrecerán fragmentos del libro escrito por el roteño Prudente Arjona, titulado "Historias populares de la villa de Rota", que como su propio nombre indica, refleja buena parte de la historia local.  Aunque el libro está a la venta en papelerías del municipio, el afán del autor nunca fue lucrarse con ello, por eso, permite a Rotaaldia.com compartir algunos de sus capítulos para que el gran público tenga conocimientos de una parte pasada de la villa.

 

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CRUZ DEL ROMPIDILLO

 

 

 

En el primer tramo de la muralla que daba al llamado Rompidillo se encontraba la antigua cruz del mismo nombre, que ha sido renovada en varias ocasiones, aunque la situación ha cambiado y la panorámica ha sido totalmente remozada, cambiando totalmente su fisonomía, dado que, si antes el mar llegaba hasta la misma muralla, lo que fue agua es hoy asfalto, dando paso por una amplia avenida, denominada de San Juan de Puerto Rico, que rodea toda la muralla hasta el mismo muelle, facilitando el acceso a los muelles pesquero y deportivo. Los que tienen más o menos mi edad recordarán que a continuación de la Cruz del Rompidillo, por la playa, había unas enormes piedras desde las que a nosotros los chiquillos nos encantaba ver el espectáculo de cómo al subir la marea eran cubiertas por las aguas en la llenante o pleamar, aprisionando a las ratas que anidaban bajo dichas piedras, pero que sin embargo, y tras la bajante o bajamar, comenzaban a salir de nuevo de debajo de las mismas sanas y salvas.

 

Cuenta don Ignacio A. Liaño en su librito Viejas Calles Roteñas, haciendo referencia a este lugar, que en la calle Veracruz, emplazada sobre la muralla reconstruida en 1928, se hallaba la citada Cruz del Rompidillo, centro de un precioso balcón al mar frente a los verdes pinares del Chorrillo, abierto a la amplitud y belleza de la sin par bahía gaditana con su capital al fondo.

 

También el poeta se dolía cuando le quitaron la Cruz:

 

-¡Rompidillo, Rompidillo…!

¿Qué se hizo de tu Cruz…?

Hoy Rota llora tu ausencia,

Pues sin ella… ¿qué eres tú…?

 

A esta cruz se refería el insigne escritor José Navarrete en su novela María de los Ángeles cuando decía, hablando de la calle Veracruz, que antes de llegar a la plazoleta del Calvario se interrumpe en la acera de la derecha la fila de edificios en un espacio de treinta a cuarenta metros, cerrado por un pretil de cal de ladrillos en medio del que alza, sobre un tosco pedestal, una cruz sencilla de madera pintada de verde, adornada con ramas de álamo blanco, con un cendal muy sucio sobre los  brazos y, delante, un farolillo que se enciende todas las noches; desde el pretil se descubren los peñascos que le sirven de base, la hermosa playa y el panorama encantador de aquella inmensa bahía.

 

Antonio García de Quirós añade, por su parte, que la cruz que existe actualmente es de hierro forjado, la cual mandó hacer le Ayuntamiento para sustituir la de madera. A la Cruz del Rompidillo  no le ha faltado la lámpara de aceite, cuya piadosa ocupación llegó a constituir una institución familiar. Esta asistencia, más que secular, la empezó Carmen Ruiz Mateos Patino, muy devota de la Santa Cruz. A su muerte, la sustituyó en esa práctica un originalísimo personaje que se llamó Ramón Telera.

 

Cincuenta y siete años estuvo encargada del alumbrado de la cruz, la nieta de Carmen, que vivió en la misma calle de la Vera Cruz, número 39. Era natural de Cádiz y vino a esta Villa cuando contaba once años de edad. Sus padres fueron Gumersindo Martínez Sáenz, de Castilleja del Río (Granada) y Matilde Muños Ruiz Mateos, de Cádiz. Tenía el mismo nombre que su abuela y venía ocupándose, con igual solicitud de tan piadosa práctica. No tenía idea del tiempo. Ignoraba cuando nació, y su cuerpo avellanado le auguraba varios años de vida. Decía que su edad era equivalente a 4 duros, 2 pesetas y 3 reales.

 

Teniendo en cuenta que los antiguos contaban los años por reales, resulta que Carmen Martínez Muñoz tenía en 1965, año de la entrevista, 86 años. Su ocupación no se limitaba a una práctica rutinaria; era una mujer de fe, y parecía iluminarse cuando hablaba de los favores que la devoción a la Santa Cruz le había concedido a lo largo de la vida, y que se aumentaba a través de sus ojos, que expresaban la transparencia del alma. Nunca omitió la novena de Cruz ni la misa anual del día 3 de mayo, fiesta en que la Iglesia conmemora el descubrimiento que hizo en Jerusalen el año 326 la emperatriz Elena, madre del emperador Constantino, de la auténtica cruz en donde Cristo murió.

 

Al atardecer cargaba con una escalera de mano y encendía la lámpara de aceite, hasta que el peso de los años le impidió hacerlo personalmente, y se valía de cualquier transeúnte, incluso de alguno que otro descreído. Siempre tuvo aceite para la lámpara, y varias personas piadosas se lo proporcionaron en tiempo de escasez.

 

Debajo de la Cruz estuvo colocado un cepillo para recoger limosnas destinadas al alumbrado y la la celebración de algunas misas, pero fue quitado a fin de evitar los dardos de la maledicencia humana, tan frágil y propicia a interpretar estas cosas con miras lucrativas.

 

Para ella, la Cruz del Rompidillo tenía su historia, que aprendió de un portugués de los que venían a segar en nuestro término durante la temporada estival. Y la creía firmemente.

 

Decía que don Rodrigo, el godo, tenía un hermano que no lo miraba con buenos ojos por apetencias de reino. La envidia fue en aumento, hasta que después de muchas intrigas y prepararle emboscadas en otros lugares de España, vino a Rota y esperó en la actual calle de Isaac Peral a que don Rodrigo pasara. Pero un lacayo del Rey lo advirtió e hirió mortalmente al pérfido hermano. Después colocaron una cruz de madera para memoria de tan infausto acontecimiento y para que el transeúnte elevara al cielo una oración por su alma.

 

Y allí está la Cruz, casi sobre el mar. Para Carmen, según la historia que ella sabía, la Cruz es como una tumba, el recuerdo de un homicidio. Pero la cruz permanece allí como un recuerdo entrañable, como un símbolo, como un destello de la antigua religiosidad de nuestros mayores. Y todavía está ahí, oreada por el sol y recibiendo el polvillo acuoso de las olas que se rompen a sus pies, mientras las gaviotas describen el garabato efímero de sus vuelos como si quisieran rendirle oración perenne.

 

En el número 34 de la calle Veracruz existió una casa con una larga bajada a la playa del Rompidillo, que hasta el año 1924 fue utilizada por los vecinos del pueblo para bañarse. Se le conocía con el nombre de baños de la Garzola, ya que los veraneantes utilizaban la playa de La Costilla. La playa del Rompidillo fue siempre la playa de los nativos, mientras que la de La Costilla era para los veraneantes.

 

También el Casino Roteño tuvo su sede entre los años 1921 y 1929 en la casa número 7, hoy desaparecida, propiedad de doña Rosa Ramos, viuda de Ruiz-Mateos, y en el local que fue Café Corona, que hacía esquina al Compás del Convento, lugar del desaparecido Bar de Jangarilla, hoy tienda de ropa, cuyo propietario era el industrial Ángel Puyana Laynez.

 

En el número 14 vivió a finales del siglo XIX, hasta que se trasladó a la huerta de La Costilla, hoy urbanización Parque Victoria, el escritor don José Navarrete Vela-Hidalgo.

 

En el número 23 vivió durante bastantes años, siendo alcalde de la Villa, don Antonio García de Quirós Milán. También en la misma nació el poeta Ángel García López, Premio Nacional de Literatura en 1973, cuya casa ha sido, desgraciadamente, demolida por la piqueta como tantas otras. Pienso que fue otra ocasión perdida para la historia y la cultura de nuestro pueblo, pues debió intervenir el Ayuntamiento y crear el museo-hogar de este insigne poeta roteño. Como dice un viejo refrán, de donde no hay, no se puede sacar...

 

En parte de la casa número 2, que había sido sede del Hospital de la Santa Caridad, dependiente del Hospital de San Jorge, que fundara en Sevilla don Miguel de Mañara, existió en los años 1912 a 1918 un café-cantante llamado La Alegría, regentado por Manuel Liaño Santos, donde actuaron célebres artistas del flamenco de aquella época, entre los que destacaremos a la Niña de los Peines. Posteriormente este local fue sede del Sindicato Católico-Agrícola y del Auxilio Social.

 

En la casa número 3 existió en 1902 un importante establecimiento de tejidos de don Manuel Sordo Vega, que fue pasto de las llamas en un incendio que dio mucho que hablar. Después, en l920, fue café y tienda de bebidas, denominado El Royal, y hoy es una tienda de modas.

 

Frente a dicho café, y en el número 6, estaba la conocida Fábrica de Gaseosas, Champanadas y Vermouths de Rota, de don Fernando Buada Villanueva, que funcionaba por tracción animal, y que por las tardes se convertía en animada tertulia de la intelectualidad roteña, sacando las sillas a la acera y calle, ya que, como hay que recordar, pocos eran los vehículos que transitaban que no fueran las calesas y coches de caballos cuando llegaba o partía el tren, cuya parada, como ya contamos, era la plaza de Andalucía.

 

Muy conocido fue también en esta calle, concretamente en el número 8, la tienda de tejidos La Constancia, de las Hijas de F. López, conocidas por las de Corro.

 

En una accesoria de la casa número 5, convertida en la actualidad en moderno edificio, sobresalía  por sus productos la única confitería que tenía la localidad en 1916, regentada por Pedro Larrad Rama, y que no por ser única dejaba de suministrar exquisitos dulces. La desaparecida casa número 7, ya citada anteriormente, destacaba por su patio porticado con columnas de mármol y su fachada de piedra con frontón partido.

 

El centro de la chiquillería de los años veinte era el establecimiento de don Manuel de la Cruz, situado en la planta baja del número 12, ya que a la salida de las escuelas acudían a comprar por una chica (5 ct. de peseta) los riquísimos caramelos y las almibaradas arropías que allí se expendían, y en una accesoria próxima se encontraba el café denominado El Patio, regentado por Facundo Benítez Letrán, que en las noches estivales era centro de reuniones y partidas de dominó y de mus.

 

En 1952 la casa número 6 duplicado fue sede del incipiente C. D.  Rosario, y en 1953, cuando el club contaba con tan sólo cuarenta socios, se celebraron precisamente este lugar las primeras elecciones, en las que salió elegido presidente de la entidad José María Ruiz-Mateos Fernández, conocido por Fabiano (Flaviano) el cual sustituyó al que había sido alma del club desde su fundación, el maestro nacional don Arturo Puntas Vela. Este club deportivo habría de convertirse, por exigencias de la Federación Nacional, en lo que hoy es C. D. Rota.

 

¡Cómo olvidar la célebre carnicería de Manuel Benítez, sita en la casa número 3, que en los domingos se convertía, allá por los años 1918, en oficina donde otorgaba las escrituras el notario de El Puerto de Santa María don Francisco Herrera!

 

En esta calle existieron a lo largo de los años varias escuelas nacionales de niños y niñas, pero queremos hacer aquí especial mención a la primera que se estableció en 1907 en la casa número 13, que estaba a cargo de la maestra doña Virginia Hernández, que en el año 1916 dirigió el bordado en hilo de oro del manto de terciopelo verde de la Virgen del Rosario, realizado con el auxilio de sus alumnas y que mucho más tarde fue pasado a otra tela similar.

 

Continuando con lo dicho por don Ignacio en su libro Viejas calles Roteñas sobre la calle Veracruz, hemos de añadir que el primer bufete de abogados que hubo en la localidad estuvo también en dicha calle, y más concretamente en el número 16, abierto por el licenciado en Derecho don Isidoro Ruiz-Mateos Rodicio. Fue además el primer Juez Municipal titulado de Rota en la primera década del siglo XX tras haber ostentado provisionalmente el cargo de secretario del Ayuntamiento.

 

En el número 22 vivió don Fernando de la Barrera Hernández, médico de la Beneficencia Municipal y Alcalde de la Villa a principios del siglo XX, cuyo mandato fue muy polémico. Mientras, y a finales de siglo XIX, adquirió la casa número 11 la familia Mora González, cuyos hijos varones, Felipe, Isidoro, Ramón y Rómulo, vivieron bastante tiempo en los EE.UU. Pasado el tiempo, algunos de ellos, y más concretamente  Felipe y Rómulo, volvieron a establecerse en Rota, de donde eran nativos. Ambos fueron amantes de las letras, Isidoro, de los negocios y Ramón alcalde y juez municipal por los años veinte del pasado siglo.

 

La casa número 69, que hace frente a la actual plaza de Pío XII, conocida popularmente como Casa de la Piñonera, fue hace dos siglos una casa señorial y la única de dos plantas que hubo entonces en dicha calle. En ella vivió don Beltrán Carlos Beigbeder, que fue regidor decano de la Villa y propuso en 1827 la creación de los maceros del Cabildo Municipal, que se mantuvieron hasta 1897, para ser repuestos más tarde, en 1957, por el alcalde don Antonio García de Quirós Milán.

 

Presenta esta casa una espléndida decoración barroca en los vanos de los balcones de la planta superior y cierros, protegidos por herrajes forjados tradicionalmente, así como en la planta baja. En su primera planta tuvo su escuela don Arturo Puntas Vela.

 

Por último, uno de los edificios que hay que destacar también en esta calle es el número 17, que perteneció a la antigua familia Iznardi, extinguida hoy día, y que hace más de doscientos años fue residencia de la familia Paullada, procedente de El Puerto de Santa María. Es un edificio renacentista con balconadas y cierros de puro estilo local, y se conserva  bastante bien, al menos en su fachada.

 

Hasta aquí lo narrado por don Ignacio A. Liaño sobre la calle Veracruz. Llegados, sin embargo, a este punto, me gustaría rendir un pequeño homenaje y recuerdo a otro roteño de pro, don Antonio García de Quirós Milán, un  hombre inquieto, comprometido y amante de su pueblo, que fue alcalde y cronista oficial de Rota, dejándonos un legado importante sobre la historia de nuestro pueblo, recogiendo asimismo en varios de sus libros la calle en cuestión, si bien investigaciones posteriores realizadas por otros historiadores no menos comprometidos con su pueblo, como es el caso del actual cronista oficial de la Villa, José A. Martinez Ramos y, últimamente, de Gregorio Sánchez Alonso, han completado capítulos y ajustado fechas y datos mediante profundas y concienzudas investigaciones realizadas en archivos provinciales, regionales, e incluso nacionales, que han permitido ajustar con mayor exactitud algunos de hechos acontecidos a lo largo de la historia escritos en su día.

 

No podemos por menos, sin embargo, que reconocer la labor desarrollada por estos predecesores nuestros, personas abnegadas y sacrificadas, que sin contar con medios para desplazarse ni la ayuda importantísima que representa hoy la informática, de cuyos medios disponen los actuales investigadores, llevaron a cabo una encomiable labor, como fue el caso de los ya citados don Ignacio A. Liaño Pino y  don Antonio García de Quirós, o del propio don Francisco Ponce Cordones, felizmente aún entre nosotros. Todas estas personas merecen, no sólo el respeto, sino el reconocimiento de todos los roteños por su callada dedicación, desarrollada a veces a la luz de una vela o encerrados durante meses en siniestros archivos, desempolvando legajos raídos y pestilentes, y sacando a la luz como único premio a su labor datos ocultos y perdidos, que sin esa vocación investigadora jamás hubieran llegado a nuestras manos, o lo que es lo mismo, seguiríamos desconociendo nuestras raíces.

 

Por todo ello, creo que las personas como yo, que no somos historiadores ni investigadores, y que sólo nos acompaña el amor por la villa, estamos en cierta medida obligados a llevar hasta nuestros paisanos lectores de la manera más amena e inteligible esas historias, fruto del trabajo de aquellos hombres, para que ningún roteño interesado desconozca de donde procede, sepa de los acontecimientos que han sucedido en Rota a lo largo de la historia, cual ha sido la economía del pueblo, las penalidades, las guerras, quienes nos han invadido, humillado y robado. También de donde venimos y hacia donde caminamos, si bien creo que esta última pregunta es la más difícil de responder, pues aunque la historia pasada está ahí, entre pergaminos húmedos y carcomidos (la que nos han dejado) y sólo falta descubrirla, el futuro, según marchan los tiempos, es difícil de predecir, porque está en nuestras manos como prolongación de la voluntad de Dios. Quedémonos pues en el pasado construido por nuestros abuelos, como referencia para emprender, con el orgullo de nuestra saga, un futuro más alentador, más humano y más floreciente.

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