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Sábado, 8 septiembre 2018

Carlos Roque Sánchez

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LEY DE MURPHY

 

 

 

 

Murphy, ese hombre. Hay más de una hipótesis acerca de quién fue este buen señor y cual su historia y la de su famosa ley, que parecen estar envueltas en una espesa bruma. La más creíble nos habla del capitán ingeniero estadounidense Edward A. Murphy, quien hacia 1948 trabajaba en la Base Edward de la USAF en un proyecto llamado MX981. Su objetivo era probar la resistencia humana a las fuertes desaceleraciones (varias veces la de la gravedad, g = 9,81 N/kg, de ahí su denominación de “fuerza g”), y en las pruebas se utilizaba un cohete a gran velocidad que se desplazaba sobre unos rieles y se detenía con potentes frenos. Para la medida de esta fuerza Murphy utilizó unos contadores electrónicos que un asistente había conectado al arnés del asiento.

 

Y con el primer intento, que tuvo a un chimpacé como piloto, llegó la sorpresa pues el marcador dio un valor de ‘0 g’, de forma que algo fallaba. Revisada toda la instalación se comprobó que una conexión no estaba bien pues se había puesto al revés, de ahí el error de la medida. Dicen que Murphy, refiriéndose al ayudante que la realizó, espetó: “Si ese hombre encuentra la forma de cometer un error, lo cometerá”. Por el tono en el que fue dicho, el pobre hombre debía ser algo patoso.

 

Fue en ese mismo momento cuando nació la famosa ley, y Esa fue su primera redacción a la que no tardaron en seguir otras. “Si puede ocurrir, ocurrirá”, “Si hay más de una forma de hacer un trabajo, y una de ellas lleva al desastre, alguien lo hará de esa manera”, etcétera. Pero eso sí, todas permanecieron en el ámbito más o menos restringido de la ingeniería aeroespacial hasta que en 1952, una apareció impresa en el epígrafe de un libro. Un salto cualitativo en el que su redacción había vuelto a cambiar: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. Escueta y caústica.

 

El espíritu de la ley. Al margen de su origen y redacción, es evidente que la esencia de la ley emana de un principio inequívocamente defensivo: el de anticiparse a los errores que, antes o después, se cometen. Como el del ayudante de nuestra historia. Incluso si se lee con detenimiento y sin que exista ningún error, la ley parece enfatizar las consecuencias negativas que pueden ocurrir en la vida. Como cuando suena el teléfono, nada más entrar en el cuarto de baño. O nos coinciden dos citas que nos interesan mucho, en la misma noche.

 

¿Qué hemos hecho mal para que nos ocurra? Nada ¿Entonces? Pues eso, el espíritu de la ley. Es como si la naturaleza estuviese siempre del lado del “defecto oculto” y fuera su invisible cara oscura como ya nos lo advierte Murphy en otra de sus leyes: “Si las probabilidades de éxito son del cincuenta por ciento, eso significa que las probabilidades de fracaso son del setenta y cinco por ciento”. Una sentencia que si la medita verá que es cierta, ya lo creo que sí. Son verdades de hondo calado estas, en apariencia, sencillas leyes de las que ninguno, ninguno de nosotros, estamos libres ¿Acaso no ha llovido, precisamente, el día que ha lavado el coche? O cuando ha necesitado abrir una puerta con la llave, y tenía una mano ocupada, ¿no le ha ocurrido que la dichosa llavecita estaba en el bolsillo del otro lado de la mano? Lo ve. Una asimetría estrambótica.

 

Murphyología básica. Si bien nació en un ambiente tecnológico, pronto nuestra ley se desarrolló y expandió, mutando varias veces su enunciado y generando nuevas leyes, axiomas, corolarios, adagios, sentencias, aforismos, paradojas, etcétera. Y todas con las características comunes de ser: ficticias, divertidas, irónicas y, además, pasar a otros ámbitos y culturas como la burócrata, científica, artística, religiosa, etcétera. A todas ellas estas perlas de sabiduría han llevado algo de pesimismo existencial y, otro tanto, de alivio kármico.

 

El resto es historia. En 1977, Arthur Bloch, las resumía en el divertido libro “La ley de Murphy”, que vino a ser un nuevo adagio popular para la cultura occidental de fin de siglo. Una especie de  vitriólica sabiduría de “todo a cien” fundamentada en el aforismo de la iniciática ley y sus derivaciones, y estructurada en un cuerpo de conocimientos básicos que responde al nombre  de ‘Murphyología’.

 

A modo de despedida, les dejo con algunas: “Todo lleva más tiempo del que usted piensa”, “Si se encuentra bien, no se preocupe. Se le pasará”, “Nada es tan fácil como parece”, “Cuando las cosas se dejan a su aire, suelen ir de mal en peor”. Y para que no nos confiemos, advierte: “Sonría. Mañana puede ser peor”, a lo que alguien añadió: “Por mucho que diga, Murphy, era un optimista”.

 

CONTACTO: [email protected]

FUENTE: Enroque de ciencia

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2 Comentarios
Fecha: Lunes, 10 septiembre 2018 a las 19:05
Charles Darwin
En la naturaleza hay muchos ejemplos de "Murphyologia", como la actitud de las hienas que estan continuamente riendose y nadie sabe de que, dada su forma de subsistir alimentandose de carroña. O la del lobo, que terminó convirtiendose en el perro que hoy conocemos y que pasó de sembrar el terror como depredador en los bosques a menearle el rabo al amo humano en busca de gratificación alimentaria. Hay casos que son claramente involución.
Fecha: Lunes, 10 septiembre 2018 a las 15:02
Hermano Lobo
Como de costumbre, me has vuelto a levantar una sonrisa. Hace tiempo que debí extraviar el libro sobre las leyes de Murphy y me has vuelto a recordar algunas.
Ya te darías cuenta de mi advertencia la semana pasada. Anda por ahí un tipo Multiapodos, sí el ánade, que debe ser, venga a cuento o no, un denodado adalid seguidor de Murphy, pues aplica constantemente el principio de que "si hay algo que esté bien hay que estropearlo, ensuciarlo, embarrarlo.."

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