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Sábado, 4 agosto 2018

"Historias populares de la villa de Rota", por Prudente Arjona

En esta sección se ofrecerán fragmentos del libro escrito por el roteño Prudente Arjona, titulado "Historias populares de la villa de Rota", que como su propio nombre indica, refleja buena parte de la historia local.  Aunque el libro está a la venta en papelerías del municipio, el afán del autor nunca fue lucrarse con ello, por eso, permite a Rotaaldia.com compartir algunos de sus capítulos para que el gran público tenga conocimientos de una parte pasada de la villa.

 

 

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EL MAYETO Y EL GUARDIA CIVIL

 

 

 

 


Había un  guardia civil muy amigo de Juanito, al que también le gustaba la cacería y al que prestaba una de sus escopetas porque el sueldo de guardia no le llegaba para tanto lujo. Resultó que un día de cacería llegaron a un campo cerca de Picobarro, posiblemente el conocido por La Redención. El campero, que los vio pasar, los llamó, ¡Juan, Juan, ven a echar un cigarrito! Juanito, que era más listo que el hambre y se le ocurrían las cosas sobre la marcha, antes de llegar hasta donde se encontraba el campero le había dicho al guardia civil que, como es de suponer, iba vestido con ropa de paisano:


 -Vamos a fumarnos un cigarrito con el mayeto, pero tú no digas nada; cuando yo te haga una señal, te quitas el sombrero para que él se quede con tu cara.


Liaron varios cigarros y hablaron y hablaron, y cuando lo consideró oportuno, Juanito, que sabía cómo se las traía el campero con los civiles por algún percance que alguna vez tuvo, le dice a este:  -¿Qué, y los civiles, vienen por aquí?


A lo que contesta el campero bastante ofuscado:
-¡Los civiles son unos h… de p… y unos rateros, que se llevan los melones, la uva, los perillos… Juan, tú no los conoce..., se lo llevan to´!


El campero se hartó y despachó bien a su gusto a costa de los civiles, mientras Juanito,  que seguía metiendo cizaña y encendiendo cada vez más el fuego, le tiraba de la lengua. En esto que Juanito le hace  una señal al guardia civil y éste se quitó el sombrero para que el hombre de campo grabara bien sus facciones, y cuando comprobaron  que habían completado bien el trabajo se levantaron y se despidieron del campero, diciendo que seguirían con su cacería y que otro día se pasarían para echar otro cigarrito.


Pocos días más tarde coincidieron el civil y Juanito de servicio en el puesto de Galeones, ya que la Guardia Civil y los rentistas compartían dicho fielato, unos cobrando a los parroquianos que entraban con algún tipo de mercancía, y la Benemérita que vigilaba ese lado de la playa controlando el posible contrabando que entrara por la del Rompidillo. Hemos de advertir que este fielato, que no era más que una simple choza, se encontraba en el mismo barranco, a la entrada del Callejón de la Presa, hoy calle Amapolas, camino obligado para la gente de aquellos pagos, como eran Puntal de Levante, La Gallina, Las Meloneras y otros. Así que el campero en cuestión pasaba varias veces al día por delante de dicho puesto, y resultó que Juanito lo vió venir ese día con su burra, y quizo completar la broma comenzada días atrás, para lo cual le dijo a su amigo el guardia civil:


-Hoy, al igual que el otro día, cálate el tricornio, y a una nueva señal mía te lo quitas, para que el campero se dé cuenta de quién eres.


Juanito invitó al campero a que amarrase la burra y se sentase con ellos a fumarse un pitillo; comenzó la conversación, y cuando lo creyó prudente le hizo la señal acordada al civil, y éste se despojó del tricornio. Cuando el mayeto se dio cuenta de que el civil era el mismo que había estado escuchando los infundios vertidos contra la Benemérita, se levantó de un salto, asió al burro por la serreta y emprendió la estampida a todo gas y no dijo ni adios, mientras  atrás quedaban el guardia civil y Juanito, ambos mondándose de risa.

 

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