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Sábado, 12 mayo 2018

Historias populares de la villa de Rota, por Prudente Arjona

En esta sección se ofrecerán fragmentos del libro escrito por el roteño Prudente Arjona, titulado "Historias populares de la villa de Rota", que como su propio nombre indica, refleja buena parte de la historia local.  Aunque el libro está a la venta en papelerías del municipio, el afán del autor nunca fue lucrarse con ello, por eso, permite a Rotaaldia.com compartir algunos de sus capítulos para que el gran público tenga conocimientos de una parte pasada de la villa.

 

 

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NAUFRAGIOS
Dedicado a los antiguos marineros roteño que tanto padecieron con sus modestas barquillas a vela

 

 

 


Aunque durante la larga historia de nuestra Villa ha habido muchas penalidades, de lo que hablaremos de algunas de ellas en próximos capítulos, no  podemos dejar detrás otros acontecimientos que fueron importantes. No me refiero precisamente a las muchas invasiones sufridas por el pueblo, sino de aquellos estragos ocasionados por el mar, por maquinaciones mal intencionadas de malhechores o por averías o despistes de los propios patrones, como fueron los naufragios.


No hay que olvidar que Rota tiene la traducción de Ruta, por ser y seguir siendo paso obligado de barcos con rumbo a Cádiz y hacia el Mediterráneo a través del Estrecho de Gibraltar, nexo de unión entre Cádiz y las Islas Afortunadas, y como no, entre la capital gaditana y el Nuevo Mundo, por lo que es fácil deducir que a lo largo de la historia se originaron cientos o miles de naufragios. Aún tenemos en nuestra memoria la pérdida de pequeñas embarcaciones pesqueras o faluchos de marineros locales que zozobraron, arrastrando consigo a sus tripulantes, como asimismo de barcos de cierto tonelaje que la historia del pueblo recuerda en sus máximas o dichos populares, como aquel que dice que estás más perdío que el barco del arroz, o del bacalao. Mi madre me contaba la de cosas que aparecían por las playas en tiempos de la Guerra Civil o durante la II Guerra Mundial, procedentes de barcos mercantes y transportes de guerra alemanes, ingleses, etc., hundidos a no demasiadas millas de nuestro litoral: aparecían latas con comida envasada,  cajas de bombas...


Lo que podríamos relatar pertenece a acontecimientos recientes, puesto que nuestra bahía de Cádiz ha sido surcada por embarcaciones desde la presencia del hombre por estos andurriales, aunque fue a partir de la civilización tartesia y la posterior llegada de fenicios, romanos y árabes, y por supuesto los grandes galeones que iban y volvían del Nuevo Mundo, cuando se puede constatar la presencia de barcos de mayor calado y eslora, que por múltiples problemas naufragaban sin haber llegado a atracar en Cádiz para desembarcar su preciosa mercancía, permaneciendo aún bajo las aguas de nuestro litoral todas sus riquezas. De hecho nuestra bahía está plagada de pecios fenicios, romanos, etc.


No en vano corre por los mentideros históricos y arqueológicos la famosa frase de que en la Bahía de Cádiz hay más oro que en el Banco de España. Los expertos aseguran que sólo entre el siglo XV y la mitad del XIX pudo haberse producido entre novecientos y mil naufragios documentados, por lo que nuestro litoral, y más concretamente la bahía de Cádiz, es un verdadero cementerio de barcos hundidos, conocidos técnicamente en el mundo arqueológico y subacuático como pecios. Naturalmente, no sólo en las aguas de la bahía, sino que también la desembocadura del río Guadalquivir, en Sanlúcar de Barrameda, la zona de Trafalgar, la ensenada de Bolonia, la isla de Tarifa, la bahía de Algeciras y la desembocadura del río Borondo, en San Roque, se encuentran sembrados de pecios, sin contar la entrada en la barra de El Puerto de Santa María.


Unas veces fueron los temporales y otras los abordajes de piratas o enemigos en guerra con nuestro país, como fueron berberiscos, ingleses, franceses, holandeses, etc., que esperaban a nuestros barcos, cargados con ricos tesoros para asaltarlos, los causantes de estos naufragios, terminando muchos de aquellos bajeles en los fondos marinos tras encarnizados combates. En otras ocasiones, como sucedió en los siglos XVII y XVIII, numerosos barcos terminaron estrellándose contra los arrecifes de las costas, engañados por indeseables que, aprovechando el furor de los temporales, apagaban los faros de las casas, poniendo en su lugar faroles en las enfilaciones de los bajos y arrecifes para hacer encallar los barcos, desorientando totalmente a los navegantes, que tras el desastre eran luego desvalijados con el auxilio de pequeñas embarcaciones de escaso calado, llegando incluso a rematar a los tripulantes que sobrevivían a la tragedia. Los cadáveres aparecían en la mañana siguiente desparramados por la orilla junto a los restos del naufragio, y la mercancía que flotaba era recogida por los denominados anda playas, grupos de piratas especializados en recolectar las carroñas dejadas en la noche anterior por los primeros malhechores. En Rota, por ejemplo, todo lo que aparecía en las playas era propiedad del Duque, por lo tanto se consideraba un robo al ducado el apropiarse de cualquier tipo de objeto arrojado por el mar.
Según se cuenta, casi todos aquellos individuos terminaban en la horca, ya que cometían la torpeza de vender a muy bajo precio los metales preciosos fruto de sus depredaciones, o de mostrar las piezas procedentes de sus botines en tabernas y mesones, al tiempo que hacían gala de sus fechorías en sus borracheras, que luego confidentes y envidiosos chivateaban a las autoridades, las cuales enviaban al patíbulo a todos aquellos piratas de costa tras sumarísimos  juicios.


También se cuenta que solían utilizar la macabra costumbre de colocar un farol pendiente de los cuernos de una vaca, confundiendo con su luz a aquellos marinos que, habiendo perdido el rumbo, se hallaban deseosos de saber dónde se encontraban. Estos, al ver aquella luz en movimiento pensaban que sus señales luminosas y sus salvas en demanda de socorro habían sido vistas y oídas, sin saber que tras aquella luz oscilante había un asesino que dirigía al animal perpendicularmente hacia unos arrecifes.


Es posible que aquellos duros antiguos que tanto en Cádiz dieron que hablar… que encontró un tal Malospelos, trabajador de la factoría almadrabera de Hércules, cuando se hallaba, azadón en mano, abriendo zanjas de canalización para el desagüe de los residuos procedente del baldeo realizado tras el ronqueo, procedieran de alguna pillería como las descritas, y es que el “Malospelos” cavó y cavó hasta que puso al descubierto una saca corroída de piel con duros a porrillo. El suceso tuvo lugar el 3 de Junio de 1904.


Es bastante probable que los pesos fuertes o duros antiguos encontrados en la gaditana almadraba de Hércules, ubicada en lo que hoy es un aparcamiento, y anteriormente antigua cochera de Transportes Generales Comes, no procedieran de ningún naufragio, pues entre la arena de la playa donde apareció el yacimiento y el mar abierto existe una barrera de escollos difícil de traspasar, por lo que pensamos que el supuesto naufragio pudo haber sucedido al oeste de la expresada barrera, si bien no existe conocimiento histórico de restos de naufragio ni de la pérdida de ningún galeón o navío en aguas más profundas en la zona con posterioridad a 1755.


Por todo ello, se cree que aquel depósito fue más bien el producto de alguna metida o sacada de contrabandistas, que hubieron de emprender las de Villadiego por algún contratiempo inesperado dejando allí su carga, y que posteriormente la acción de la mar y de los vientos se encargaron del resto hasta aquel año de 1904, que se sepa, según cuenta en su blog Jesús Borrego.


Volviendo al tema de los naufragios, habría que destacar los producidos por acción de guerra, más concretamente los ocurridos a partir del 21 de octubre de 1805 con motivo de la batalla de Trafalgar. En nuestra Villa tuvo una importante repercusión, en cuanto a la participación de los roteños, la aportación de sus propias embarcaciones y el posterior auxilio prestado a los náufragos de la magna tragedia, en la que participó la flota británica al mando del almirante Nelson, que pereció en la batalla y cuyo cadáver, según se cuenta, mantuvieron incorrupto dentro de un barril de ron hasta su llegada a Inglaterra. En la batalla de Trafalgar la flota hispano-francesa fue desgraciadamente derrotada por la negligencia, la falta de coordinación de ambos mandos aliados, el temporal que favoreció a los ingleses y la escasa o nula preparación y profesionalidad de la marinería española, compuesta en su mayoría por pescadores pertenecientes a las diferentes poblaciones del litoral gaditano. También la improvisación y la falta del más mínimo adiestramiento castrense hicieron pagar a nuestro país bien cara su osadía.


Creemos importante mencionar un dato respecto a la participación humanitaria de los roteños en aquel fatídico conflicto naval, en que el gobierno local instaló puntos sanitarios en las playas para acoger a los cientos de maltrechos náufragos que arribaban a nuestro litoral, lo que supuso para los exhaustos marineros una gran ayuda al recibir de nuestros convecinos los primeros auxilios y la atención sanitaria que la época y los medios económicos permitían, así como alimentos, ropa seca y calor humano, sin tener en cuenta la nacionalidad y si eran o no patriotas, aliados o enemigos. Sólo se contemplaba el estado físico de los marineros, a quienes las pequeñas embarcaciones procedentes de los pueblos de la bahía, tales como faluchos, laúdes o parejas de pesca, se encargaban de recuperar del mar, no sin riesgo, puesto que además del fuego cruzado de ambos contendientes, el viento del sur, lejos de amainar, arreciaba por momentos, provocando todo un temporal que hacía aún más difícil y peligrosa la recuperación de los náufragos ante el imponente estado de la mar.


Hemos de apuntar aquí que los vientos y las corrientes, junto a la negligencia de las autoridades encargadas de evitarlo, habían producido a lo largo del tiempo un acopio de arena en la entrada del puerto de refugio roteño, lo que impedía el atraque de buque alguno, por lo que los barcos, desarbolados y sin posibilidad de maniobra alguna para contrarrestar los ataques de la flota enemiga, se vieron forzados a navegar al pairo, quedando a merced de sus contrincantes con las trágicas consecuencias que son de suponer, terminando apresados en su mayoría, cuando no hundidos o estrellados en los bajos y arrecifes de la bahía, arrastrados por el implacable viento huracanado.


No sólo desde Cádiz se seguía con una mezcla de incertidumbre y temor los avatares del combate que, iniciado en aguas de Trafalgar, se desplazaba hacia el norte en medio del temporal, cuyos ecos, traídos por el viento de levante, podían también oírse desde las torres miradores, azoteas y muelle de la villa de Rota, cuya flota de faluchos y demás embarcaciones destinadas al tráfico, pesca y comercio, habían sido puestas en alerta por disposición del comandante general del Departamento, conjuntamente con todas las demás de su clase en la bahía, a fin de que estuviesen prestas para acudir al socorro de los maltrechos combatientes y de los náufragos que arribasen a nuestras playas, tanto más, cuanto que una gran parte de las tripulaciones españolas estaban formadas por matriculados, sin que las carencias de la documentación permita conocer, al menos por ahora, el papel desempeñado por los marineros roteños en aquella acción.


Que la medida fue acertada lo demostrarían posteriormente los hechos, puesto que los buques, dispersos por el temporal y desarbolados por las secuelas del combate, terminarían en gran número estrellándose contra los arrecifes, bajos y playas de la costa próxima, como ya hemos apuntado, entre ellos el francés “Indomptable” que llevaba a bordo asimismo parte de la tripulación del “Bucentaure”, y que tras un intento infructuoso de fondear en la bahía terminaría perdiéndose en el bajo del Diamante, con tan mala fortuna que sólo unos pocos de sus mil quinientos tripulantes conseguirían ganar la costa entre El Puerto de Santa María y Rota ayudados por lugareños de ambas localidades.


Asimismo el “Fogueux”, perdido el gobierno, vendría a dar sobre las mismas costas, así como el “Aigle”, que había logrado escapar de manos de los ingleses, y el “San Francisco de Asís”, en tanto el “Spartiat” se iría a pique frente a las playas roteñas.


En tales circunstancias, tal como apunta don Francisco Ponce Cordones, no debe ser difícil imaginar la parte activa jugada en el auxilio y salvamento de náufragos y supervivientes de aquellos buques por parte de las anónimas tripulaciones de los numerosos faluchos y laúdes roteños y las valientes embarcaciones de los prácticos de Cádiz con base en Rota, que tantos días de notoriedad dieron a la Villa por su pericia y bravura. Algo de lo que parece no interesa mucho que se hable, restando protagonismo a Rota, como ocurre casi siempre, fue la participación de la flotilla pesquera roteña que, junto con la de la Caleta, armada con pequeños cañones, obuses y bombardas, fue puesta a disposición de la guarnición militar de la villa con la misión de defender y proteger a los barcos supervivientes de la escuadra combinada franco-española que habían logrado capear el temporal y que se hallaban fondeada en el llamado placer de Rota, acción que lograron con total éxito, obligando a los barcos ingleses a alejarse, permitiendo el desembarco de los heridos y la reparación de las averías más notables sufridas por la flota aliada, dado que en fechas posteriores a la ya mencionada batalla la escuadra inglesa continuaba intentando echar a pique a los barcos heridos, amenazando incluso con invadir la capital gaditana y los pueblos de la bahía. Las pequeñas embarcaciones pesqueras, con una  reducida artillería, ganaban en maniobrabilidad a los grandes navíos de guerra ingleses gracias a la pericia y oficio de los marineros gaditanos y locales, viéndose los barcos enemigos a poner rumbo a Gibraltar ante tal acoso y efectividad del fuego. 

 
Para dar por terminado este triste relato, del que podríamos estar hablando durante varias semanas, aportaremos sólo una pincelada más como muestra de la gran tragedia humana que supuso la batalla naval de Trafalgar: la flota aliada franco-española perdió tres mil quinientos hombres y la inglesa mil quinientos. Cinco mil almas en total, entre las que se encontraban un número indeterminado de marineros roteños que engrosaron los números de dicha estadística, hecho al que poca importancia se ha dado a lo largo de la historia.


Si bien la relación detallada de los naufragios ocurridos en nuestras aguas es necesariamente incompleta, la información relacionada con las catástrofes marítimas ocurridas en el pasado brilla por su ausencia, hallándose reducida sólo a escasas referencias extraídas de los libros de actas municipales y de las anotaciones escritas en los márgenes de los libros bautismales por los sacerdotes del momento, que tuvieron a bien reseñarlas junto a otros acontecimientos notorios de su tiempo, puesto que en aquellas épocas no existían historiadores, ni prensa, ni cronistas, ni nada, sino tan sólo mucha hambre.


El naufragio más antiguo que hemos podido documentar es el ocurrido en 1496 a una carabela que iba en viaje de ida hacia las Indias, si bien no se detalla el lugar específico, ni la causa. Otro siniestro de este tipo fue el acontecido en 1660 en la piedra Salmedina, Chipiona, que supuso la pérdida del galeón Candelaria, aunque la tripulación pudo saltar a tierra sana y salva, acuartelándose en nuestra villa.


También tenemos noticias de la pérdida en nuestras costas de siete bajeles en la madrugada del 7 de octubre de 1663, los cuales pertenecían a la armada del duque de Alburquerque, sin que se conozca más datos sobre este naufragio ni sobre los motivos que se dieron para tan nefasto desenlace.


Estos son sólo una pequeña muestra de los muchos naufragios que, presumiblemente se han producido en la zona a lo largo de la historia, lo que hace de nuestra bahía uno de los lugares más ricos en pecios, circunstancia que ha dado lugar en innumerables ocasiones a que los conocidos cazatesoros hayan intentado e intenten localizar, principalmente aquellos galeones que venían de las Indias cargados de tesoros y ricas mercancías, y que aun siguen durmiendo en el fondo de nuestro litoral, si bien muchos de ellos han desaparecido por la acción de las dragas que han escavados los fondos para construir puertos, ensenadas y canales de accesos a puertos y ríos, como son el Guadalete y el Guadalquivir, así como el fango depositado en la bahía en el dragado de los puertos, que han ido soterrando seguramente parte de esos valiosísimos pecios. Los temporales que azotan la zona, siendo esta de poca profundidad, han ayudado negativamente a que muchísimos de estos restos navales hayan ido desapareciendo, quedando sólo en el fondo, cañones, cepos y anclas, que los temporales no pueden desintegrar aunque sí soterrar.


Según un reportaje realizado para EL PAIS por Alfredo Relaño el 24 de enero de 1985, en que se daba cuenta del dragado realizado un par de años atrás para facilitar la entrada de los barcos al canal del puerto de Cádiz, en el que se había ahondado dos metros en el fondo de la bahía a lo largo de una franja de dos kilómetros de longitud y una anchura de doscientos metros, permitió recuperar para el Museo de Cádiz una buena cantidad de objetos, así como bastante platino, sólo tras analizar una pequeña parte de los cuarenta mil metros cúbicos extraídos. Sin embargo, los mayores cargamentos de metales preciosos habría que buscarlos en la misma desembocadura del Guadalquivir, donde se halla la temible y temida Barra de Sanlúcar, punto negro de los viajes de regreso de las Indias.


Otro naufragio del que he dado ya cuenta en alguna ocasión, fue el ocurrido el 30 de Agosto de 1741 a uno de los llamados Barcos de la Carga, propiedad en aquellos momentos del armador roteño Juan Laynez, cuyo testimonio, procedente de los libros parroquiales, dice que el citado barco salió del muelle de Rota sobre las cinco o seis de la mañana cargado de canastos de uva, higos, hortalizas de huerta, barriles de vino y otros frutos de esta tierra, tocándose la vez para la ciudad de Cádiz, llevando además de dichos frutos, y entre los dueños de la carga que llevaba el barco, hombres de la mar y el patrón, que era el dicho Juan Laynez, a treinta y cuatro personas.
El viento que en esta sazón soplaba era impetuoso, solano,  llamado comúnmente levante, sucediendo la desgracia de que a las ocho y media de dicha mañana, poco más o menos, había dicho barco naufragado o perdido, librándose con la vida sólo doce de las personas que llevaba, ahogándose veintidós, entre ellas Antonio Lainez, que era el dueño del barco y padre del patrón desde hacia diez u once años.


Hace unos sesenta años se ahogaron dos hermanos de la familia Villalba tras zozobrar su pequeño bote, lo que causó una tremenda conmoción, tanto en la familia como en el sufrido colectivo de marineros y  en toda la villa. También, hará unos veinticinco años o algo más se ahogó a la altura de los arrecifes de Rota, frente al Hotel Playa de la Luz, un marinero apodado Chocolate, cuyo cadáver fuimos a rescatar un grupo de buceadores del Club URTA a pesar del temporal reinante, aunque éste no fue localizado, apareciendo un par de días más tarde en la playa de La Costilla.


Aunque esto que cuento a continuación no se trata propiamente de un naufragio, lo cierto es que estuvo muy cerca de ocurrir. Este caso se dio en uno de los viajes que mi bisabuelo Manuel Chirado, el Séneca, uno más entre los muchos marineros que llevaba  a cabo la exportación de nuestros productos hasta Marruecos a bordo de uno de sus barcos, en este caso el laúd María. Mi bisabuelo realizó una accidentada travesía hasta tocar la costa africana, durante la que -según contaba él- la Virgen del Carmen había escuchado sus plegarias en medio del fuerte temporal hasta el punto de que creyó verla aparecer.


Lo cierto es que se perdió toda la mercancía y que todos los tripulantes llegaron exhaustos y hambrientos a tierra. Por suerte para ellos un caritativo barbero español que tenía su negocio en Larache se compadeció de ellos y los alimentó. Una vez recuperadas las fuerzas les pagó el avituallamiento suficiente y pudieron regresar a Rota. A raíz de este suceso Manuel Chirado juró no volver a navegar jamás, como así lo hizo. En la capilla de la Virgen del Carmen de la Parroquia de Nuestra Señora de la O permanece aún un pequeño cuadro o exvoto situado a la derecha del altar, donde con cierta dificultad puede verse pintada una escena de la aparición de la Virgen a los marineros.


Es de destacar que la relativa frecuencia de los naufragios, debidos al mucho tráfico de embarcaciones de todo tipo que surcaban nuestra Bahía, tenía también cierta repercusión en la hacienda de los duques de Arcos, como ya apuntábamos anteriormente, dueños señoriales de la localidad, uno de cuyos capítulos era precisamente el del conocimiento de los pecios y naufragios que ocurrían en estas costas y la recuperación de los pertrechos, mercancías, etc., que aparecían por las playas tras las catástrofes marítimas.

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2 Comentarios
Fecha: Lunes, 14 mayo 2018 a las 22:19
Don Camilo
Señor Reverderota debería ser más comedido, y no llamar "adoctrinamiento histerico", al referirse a la campaña de jefatura de estado, gobierno, ejercito e Iglesia para incluir en el regimen educativo nuevas materias, de obligado cumplimiento, sobre lealtad a la corona, amor al ejercito y las cosas de matar y fé en la religión nazionalcatolica. Se podrian enfadar sus patrones.
Fecha: Domingo, 13 mayo 2018 a las 09:27
Rebelderota
Buen articulo y muy instructivo respecto ala historia de Rota que si deberían conocer nuestros niños y jovenes no como el adoctrinamiento histerico que estan haciendo actualmente.

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