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Viernes, 6 abril 2018

La penalización del mérito (por Manuel Carmona Curtido)

Uno de los más grandes representantes del modernismo español y padre del esperpento, es Ramón María del Valle-Inclán, que publicó en 1924, una de sus  mayores obras teatrales, “Luces de Bohemia”, en ella hace un análisis de la sociedad española de su época, siendo una de sus citas más célebres la siguiente: “En España el mérito no se premia, se premia el robar y el ser un sinvergüenza, en España se premia todo lo malo”.


Pero, ¿podríamos decir que esta cita sigue vigente noventa y cuatro años después? ¿tan poco ha cambiado la sociedad española en casi un siglo?


Que el mérito no se premia, es un hecho, y no porque lo diga yo, lo dice también el premio nobel de economía de 2001, Joseph Stiglitz: “El 90% de los chicos que nacen en hogares pobres morirán pobres por más capaces que sean, más del 90% de los chicos que nacen en hogares ricos morirán ricos por más estúpidos que sean, el mérito no es un valor”.


Pero una cosa no es premiar el mérito y otra cosa es penalizarlo, y eso es muy común en nuestra sociedad. Existen dos concepciones sobre el trabajo, el trabajo como actividad que dignifica y el trabajo como carga, de ahí que encontremos dos tipos de trabajadores: uno que hace el trabajo que se le encomienda de manera diligente y el que tarda en realizarlo, pone excusas e intenta escurrir el bulto.


Si nos encontramos a ambos tipos de trabajadores en un mismo puesto de trabajo y un superior le encomienda un trabajo al trabajador A y este lo hace de manera satisfactoria en un tiempo lógico, y el mismo superior le encomienda el mismo trabajo al trabajador B y este tarda en llevarlo a cabo, pone excusas para no realizarlo, y el trabajo termina llevándose a cabo fuera de plazo y con un resultado malo o mediocre, en el momento en que el superior tenga que encomendar un trabajo ¿a qué trabajador se lo pedirá? Creo que todos coincidiremos en que si fuéramos el superior se lo mandaríamos al trabajador más eficiente, obteniendo como resultado que el trabajador A se encontraría cada vez con más carga de trabajo mientras que el B, cada vez tendría menos que hacer o haciendo tareas más sencillas, obteniendo el mismo sueldo, al tener la misma categoría.


Esto tiene unas consecuencias laborales inmediatas, el mal ambiente laboral, la desaparición de la solidaridad entre compañeros y un desajuste en la producción.


Esta situación hipotética es más común de lo que podemos llegar a pensar. Y un gran error en la persona que no cumple con sus funciones, ya que los trabajadores/as el único medio de vida que poseemos es la venta de nuestra fuerza de trabajo a cambio de un sueldo, por lo tanto está desperdiciando su potencial en perjuicio de un compañero/a.


La situación no deja de ser injusta en lo que a carga de trabajo se refiere, es común que los parámetros a tomar por las empresas a la hora de efectuar despidos en caso de necesidad se tomen dentro de cuestiones meramente económicas, no productivas, sino que el que suele salir despedido es el que tiene menos costo para la empresa.


Podríamos concluir diciendo que la división del trabajo ha tenido como consecuencia que este pierda valor productivo, que los trabajadores que tienen conciencia de la dignidad que te da el trabajo como ser humano tienen una mayor producción y que los que ven el trabajo como una carga, los que realmente son una carga son ellos/as, una carga para sus empresas y para sus compañeros/as.


Todos conocemos trabajadores de ambos tipos, felicitemos a los trabajadores del tipo A y afeemos la conducta de los trabajadores del tipo B, ya que no sólo perjudican a su empresa sino a sus propios compañeros/as.
Esta situación no es más que otra de las consecuencias del individualismo y de la falta de solidaridad que impera en nuestra sociedad.
Salud.

 

Manuel Carmona Curtido

 

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1 Comentario
Fecha: Martes, 10 abril 2018 a las 17:46
Un opositor
Lo has descrito perfectamente. El trabajador A es aquel que se prepara y compite en unas oposiciones. El trabajador B es el mal estudiante que se afilia a un partido y por ese simple hecho ganó un puesto de trabajo por encima del estudioso opositor. No hace falta conocimientos, solo lealtad al "líder". Creo que ese es el ejemplo que nos quiere dar a entender Manuel.

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