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Sábado, 10 febrero 2018

Carlos Roque Sánchez

 

 

 

 

REBECA

 

 

 


Novela y película. Es más que probable que en el título haya reconocido a una de las más famosas novelas de la escritora británica Daphne du Maurier, y sólo por si no recuerda en su integridad el argumento y no se quiere molestar en buscarlo, se lo expongo de forma breve. Publicada en 1938, la obra trata la historia de amor entre dos seres humanos, una mujer sencilla que trabaja como señora de compañía de una gran dama y un aristócrata inglés viudo, Maximilian de Winter, cuya esposa Rebeca apareció muerta en la playa. Todo empieza cuando se conocen en Montecarlo, él sobreponiéndose al luctuoso sucedido y ella, sencillamente sobreviviendo a la vida, porque de lo que no hay duda es que a su manera, cada uno no es más que un superviviente. Es entonces cuando el amor surge entre ellos, se casan y todo va bien hasta que se instalan en la residencia solariega de él, Manderley, donde la joven esposa pronto se da cuenta de que todo en la mansión, todo, está impregnado del espíritu de Rebeca. Desde la decoración que llevó a cabo personalmente y que sigue intacta, hasta el recuerdo de su persona, que permanece más que vivo entre los sirvientes.


Rebeca, una mujer de fuerte personalidad que dejó su marchamo en todo lo que tocó, y un recuerdo obsesivo en quienes la conocieron y trataron. Sin duda una oscura y alargada sombra la suya, demasiado quizás, y eso que lo peor aún está por llegar. La recién casada no tarda en darse cuenta que la muerta, sigue viva en los pensamientos de su marido. Así que oscura, alargada y viva, demasiado viva. Como seguro sabe, basándose en la novela, A. Hitchcock rodó en 1940 una película homónima. Fue protagonizada por Laurence Olivier y Joan Fontaine y tuvo once nominaciones y dos Oscars. Lo que no está mal, nada mal, tratándose de su primer film estadounidense y del que les apunto una curiosidad. En ningún momento, ni de la novela ni de la cinta, se menciona el nombre de la joven esposa, en ninguno. Lo que si se piensa bien no deja de ser una manera de colocar a cada mujer, en el lugar físico y el nivel emocional que les corresponde dentro de la trama. Una curiosidad psicológica. Rebeca un título con dos acepciones, literaria y cinematográfica. Y no queda ahí la cosa, porque no hay dos sin tres.


También es una prenda de vestir, otra curiosidad que en este caso está relacionada con el mundo de la moda española. Si se fija, en la película, la actriz Joan Fontaine suele llevar una chaqueta tipo cárdigan, abierta por delante, con botones pequeños y sin cuello, pues bien, resulta que dado el éxito que la película tuvo en España, a la prenda se la empezó a llamar así, ‘rebeca’, sin más motivo ni razón y a pesar de que ése no era el nombre del personaje que la llevaba ¿Qué por qué? Pues vaya usted a saber,  pero lo cierto es que estas cosas pasan. De hecho con el paso del tiempo el término se aplicó de forma  indiscriminada, a cualquier chaqueta de punto, vamos, la típica ‘rebequita’ de toda la vida. Y es que aquí somos así de prácticos.


Desde entonces la rebeca es una de esas prendas con nombre propio que forma parte de nuestro acervo de “fondo de armario” -como los leotardos, el cárdigan, el blazer, el kelly, las mallas, el lacoste, etcétera-, y cuyos nombres derivan de actores, científicos, militares, aristócratas, deportistas, etcétera. Una temática que bien merece una “Opinión” aparte, pero vamos a lo que estamos y nos ha traído, por ahora Rebeca es el título de una novela, el de un film, el nombre de una prenda de vestir y no acaban aquí las curiosas prestaciones ‘rebequiles’.
Nombre de una enfermedad. El término también hace referencia a una enfermedad conocida como el ‘Síndrome de Rebeca’, que la pueden padecer algunas personas cuando sienten que su pareja sentimental no logra olvidar a la “otra” y sin que influya en ello si es que se separaron, divorciaron o enviudaron. El caso es que no se liberan de su recuerdo, lo que viene a ser una especie de sombra viva, alargada y oscura de Manderley, que empieza por producir un agobio emocional y termina por dejar exhausto a cualquiera. Exhausto porque si la ‘Rebeca’ de turno está muerta, se convierte en un fantasma con el que evidentemente no se puede competir, lo que es un mal asunto. Pero es que si está viva, entonces no deja de hacer ‘el fantasma’, ya me entienden, lo que para el caso que nos trae es lo mismo o peor.


Un síndrome terrible el de Rebeca que, ojo, también puede afectar al hombre, quien lo manifiesta de múltiples formas, por ejemplo, cuando su pareja como dejándolo caer, le dice: “Mira cariño, no te lo digo para que te enfades pero mi ex, pues eso, que estaba mejor servido que tú en lo que ya sabes. Pero que vamos, que mucho mejor”. No me diga que lo dicho no es como para enfermar. Cualquier hombre que escuche semejante afirmación, no tiene por menos que experimentar los efectos de la newtoniana gravedad en salva sea la parte y de manera inmediata. Ipso facto, dicho esto en sentido literal, o mejor, en el más literal de los sentidos. Estará conmigo que después de un palo psicológico de esta envergadura (perdón), no hay quién se levante (perdón, de nuevo) ya que es lo más parecido al preámbulo de la impotencia. No sé si tiene nombre la cosa, pero por si no lo tiene ya de la que va propongo uno: el ‘Síndrome del Rebeco’. Una maldición para cualquiera.

 

CONTACTO: [email protected]
FUENTE: Enroque de ciencia

 

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