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Sábado, 10 febrero 2018

Balsa Cirrito

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FILOSOFÍA DE TOCADOR

 

 


    

Es muy posible que conozcan una aplicación para móviles llamada Google Fit. Entre otras posibilidades, permite, por ejemplo, saber el número de pasos que andamos en un día (o cuántos kilómetros hacemos con la bicicleta o corriendo, etc.), teniendo la facultad de poder marcarnos un objetivo. Yo, por ejemplo, me he marcado el de caminar un mínimo de 10.000 pasos diarios, que no es ninguna tontería. El domingo pasado me levanté tarde, entre otras cosas porque no me había acostado precisamente temprano, tal vez por excederme con los dry Martini (es coña, fueron cervezas), y me llevé buena parte del día holgazaneando: leía un rato, me acostaba, veía la televisión, me volvía a acostar, comía algo y de nuevo me tumbaba... La cuestión es que a eso de las seis y media de la tarde no tenía ni cuatrocientos pasos en mi marcador. Comoquiera que soy muy disciplinado cuando de carajotadas se trata, decidí salir a la calle para completar el número de pasos que me restaban.


Vivo relativamente cerca de las Manos. Comencé mi recorrido. De entrada, pasito a pasito, me llegué hasta el inicio de la calle Calvario y fui bajando luego por esa misma calle hasta el paseo marítimo del Rompidillo. Miré mi marcador de Google Fit y reflejaba un número miserable, así que fui ascendiendo por el paseo hasta el Puntal de Levante. Creo recordar que cuando alcancé el final no llegaba ni a cinco mil pasos. Exclamé en voz baja: ¡Maldita sea! (o tal vez otra expresión peor sonante). En fin, mi objetivo era diez mil y diez mil pasos habían de ser, así que desanduve mi camino y bajé por el mismo paseo. El sol se iba ocultando y se reflejaba sobre el agua de la playa del Chorrillo con un brillo de muchos colores. La marea estaba alta, y el viento azotaba un poco, lo cual me molestaba tanto así al caminar. Bajé todo el paseo y seguí hasta la entrada del muelle. Una vez allí - y dado que llevaba en torno a los siete mil pasos - opté por enfilar hacia el paseo de La Costilla. Ya estaba bastante oscuro, pero el cielo, a lo lejos, mirando en dirección al ocaso, se había vuelto un poco majareta. Era como el recuerdo de una batalla de Star Wars. Una explosión de tonos dorados, rojizos, púrpura, el brillo de la plata, algún reflejo caprichoso del rayo verde de la novela de Julio Verne o de la película de Eric Rohmer; y todo con un passe-partout de nubes retorcidas en dibujos extravagantes, con esa clase de extravagancia que solo está al alcance de las nubes. Vaya espectáculo, me dije. Si saben a qué zona me refiero recordarán que aproximadamente a la altura de la puerta trasera del hotel Duque de Nájera tenemos un pequeño espigón. Iba oscureciendo, pero me pareció interesante recorrerlo. Si recuerdan, el piso es muy irregular, sobre todo para caminarlo con la luz tan escasa que ya me llegaba. La marea, lo dije, estaba alta, y el viento movía las olas con cierta fuerza contra las rocas que guarnecen el espigón. Llegué hasta el final del mismo. Allí, el chocar de las olas con el fondo del cielo tornasolado del que hablé antes ofrecía un espectáculo fantástico, incluso en Pay Per View. ¡Oh! ¡Cielos! Che bellezza!
    

Entendámonos, soy una persona con no demasiada sensibilidad ante la naturaleza. Los hermosos lagos, las puestas de sol (no hablo de amaneceres porque les tengo cierta aversión) o los montes llenos de árboles me dejan bastante insensible, y prefiero ver una catedral de un pueblo perdido o un palacio desconchado antes que unas cataratas. Sin embargo, incluso para un marmolillo ante la naturaleza como un servidor, resultó emocionante. Me quedé unos minutos observando y me vinieron a la cabeza algunas de esas reflexiones un poco gilipollescas que nos asaltan cuando miramos el mar en movimiento. Caramba, me dije, tengo este espectáculo aquí todos los días y nunca vengo a verlo, y eso que es gratis. Los guiris del hotel de ahí al lado, que llegan de la quinta puñeta y que tienen el espigoncillo a dos pasos de su dormitorio, seguro que flipan como lisérgicos, y que cuando vuelven a su país exclaman ante sus amigos "Eh, freunde (amigos en alemán), no os lo vais a creer, pero la mejor vista del mundo está en un pueblo del sur de Andalucía justo al lado del hotel. ¡Qué cielo más vacker (hermoso en sueco)!". Como además se han gastado una pasta y están a dos mil kilómetros, los amigos de los guiris creen en sus palabras sin necesidad de fotos (aunque, de todas maneras, los guiris las enseñan).
    

¿Que por qué cuento todo esto? Pues, la verdad, tampoco lo tengo muy claro. O tal vez quiera decir algo muy sencillo. Quizás recuerden una famosa película de los años 40, El filo de la navaja, con Tyrone Power. En ella, el protagonista recorre medio mundo buscando no se sabe muy bien qué, tal vez el sentido de la vida, para darse cuenta al final de que no le hacía falta recorrer el planeta para encontrarlo. Pues lo mismo. Aquí en Rota.

    

PD. Por supuesto, terminé superando los diez mil pasos.

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1 Comentario
Fecha: Sábado, 10 febrero 2018 a las 14:53
Justino"Tomasito"
Tal vez es usted muy exigente consigo mismo,ya que será por la edad o por la recomendación del Instituto Mundial de la Salud,son mínimo 8.000 pasos al día y con ése propósito configuré la app Fit y ya en relación al peso 2 kg menos que los actuales me parecen suficientes...de todas forma tuvo suerte ése día,ya que si hubiera coincidido en el paseo marítimo con las"motos turísticas" ,seguro que no habría podido alcanzar esos 10.000 pasos programados.Aquí en Rota es tradición ya(sobre todo en los políticos gobernantes),que viven sólo de buenos propósitos y a veces,aunque pueda parecer extraño, no les va tan mal...somos el resto el que no llegamos de ninguna manera a alcanzar sobre todo metas económicas por muy pequeñas que estas puedan parecer.¡Como la Bolsa esta semana,estamos a la baja...!

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