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Martes, 6 febrero 2018

El encuentro (por Ángela Ortiz Andrade)

El divorcio había empujado a Sofía a cambiar de lugar de residencia. Quería irse muy lejos porque la vida en la ciudad de su exmarido no le gustaba, la asumió porque allí su chico estaba a gusto, pero ahora era ella la que escogía, así que cambió la “Sagrada Familia” por la “Puerta de Alcalá”. Lo malo era que el trabajo seguía estando en la ciudad Condal, así que cuatro días a la semana debería coger el avión, pero no le importaba; aprovechaba el viaje para poner a punto sus archivos en la tablet.

  

Sentada en la terminal esperando, miraba distraída a los operarios de la limpieza; alguna que otra persona llegaba con su tarjeta de embarque en una mano, mientras remolcaba la maleta con la otra. Aún era de noche y en la penumbra de un rincón, ella se sentía cómoda. Entonces apareció, después de tantos años sin saber nada de él, lo tenía allí delante. Un calor inexplicable le subió por la nuca hasta las sienes y se puso de pie para saludarlo; él la agarró por la cintura y la miró de arriba abajo eufórico, luego la abrazó como si estuviera abrazando aquello de lo que no quería volver a separarse nunca más, nunca otra vez. Cuando ella lo miró a los ojos tuvo la sensación de que por fin había regresado a casa. Miguel se sentó a su lado sin dejar de observarla y entonces sonriendo le susurró:

 

 -“¿Recuerdas?, aquí fue donde nos despedimos aquella tarde de hace ¿cuántos años? ¿Ocho ya? Me parecen veinticinco al menos. ¿Sabes? Cuando te fuiste sentí tanta rabia que estuve enfadado contigo meses y meses, pensé que no era bueno para tu padre y tampoco para ti y que por eso te alejabas. Te busqué, pero nadie me dio pistas donde encontrarte y cuando tu padre se esforzó para que me enterara de que te habías casado, mi alma se hizo añicos. Quiero que sepas que te he esperado toda mi vida, porque este tiempo para mí ha sido eso, toda una vida; estaba seguro de que nos volveríamos a encontrar y mira tú por dónde aquí estamos otra vez juntos.

   

Hablaron y hablaron como si nunca hubieran estado separados. Ella apoyó la cabeza en su hombro y por primera vez en mucho tiempo se sintió en paz. Anunciaron su vuelo por megafonía y Sofía le echó un último vistazo antes de embarcar, era increíble, pero parecía que el tiempo no hubiese pasado nunca junto a él. Permanecía de pie, mirándola con las manos en los bolsillos y los hombros encogidos.

  

Sentada ya en el avión cayó en la cuenta de que no se habían dado los teléfonos, no obstante, confiaba en volverlo a ver en el mismo lugar. Recostada en su asiento, recordaba los años en los que salían juntos a escondidas porque su padre se opuso a que tuviera una relación seria tan joven y con un don nadie como era ese chico. Recordaba que en su balcón colgaba un pañuelo cuando había podido salir con las amigas para encontrarse con él en el lugar de siempre, era su código secreto. Volvía a ver las tardes calurosas de verano en las que iban al cine cada cual con sus amigos y se reunían allí mismo, nunca las palomitas le parecieron más ricas, ni los besos de su chico más dulces. La acompañaba a su casa de la mano y cuando doblaban la última esquina, él se quedaba allí mismo esperando a verla entrar en su portal, ella antes de entrar volvía la cabeza para mirarlo y lo veía allí sonriendo, con las manos en los bolsillos y los hombros encogidos. También era capaz de revivir su aroma, el mismo que ahora la acompañaba en el avión, incluso cuando regresó a casa y al día siguiente y al otro… Aunque olfateaba qué era lo que le olía a él, no lo encontraba.

  

Lo peor fue que pasaron muchos días y no tuvo noticias suyas, no volvió a verlo y eso la inquietaba.

   

Una tarde se encontró con la hermana de Miguel por la calle. La paró y le preguntó preocupada por él, entonces se le nublaron los ojos, la tomó de las manos y con la voz entrecortada le dijo: -“Mi hermano tuvo un accidente de tráfico muy grave hace cinco años, no sobrevivió. Quiero que sepas que te amaba. Todos los días que estuvo luchando por su vida no se separó de un pañuelo que decía que lo mantenía cerca de ti. Lo enterramos con él entre sus manos. Creo que se fue feliz.”

 

Ángela Ortiz Andrade

 

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