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Sábado, 13 enero 2018

Carlos Roque Sánchez

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AMOR, NO ME QUIERAS TANTO

 

 

 


Monstruo de ojos verdes. Con esta expresión aludía el bardo Shakespeare a los celos sentimentales, a los anormales claro, a esa locura envenenada que vive a la sombra del amor y que cuando aflora, nos hace perder el buen juicio y lo que es peor, acaba por robar lo mejor de nosotros. Una especie de fiera hambrienta que provoca estragos y termina por devorar a los amantes, así son estos celos. Un sentimiento que sobrepasa ese malestar humano y lógico que nos invade cuando nuestra pareja muestra especial interés por una persona o es una persona quien muestra ese interés por ella. Da igual, ya que en cualquiera de los casos la vemos como un posible rival y por eso se altera nuestro estado de ánimo. No en vano han tocado nuestro amor propio, un amor que no lo olviden nunca es celoso.


Pero no son de estos celos, digamos normales, de los que se ocupa esta "Opinión", no. Los de hoy son los enfermizos, aquellos que sobrepasan ese nivel de normalidad, el malestar se transforma en pasión endemoniada y la vida en pareja se convierte en un infierno insufrible. Una situación de la que lo más probable es que salgan escaldados ambos amantes. Y es que por celos se llega a matar, qué les voy a contar que ustedes no sepan ya. No en vano las crónicas de sociedad de todos los tiempos han estado, están y estarán repletas de crímenes pasionales. Dicen los psicólogos que asesinar al rival amoroso o al compañero infiel, es uno de los fantaseos impulsivos más comunes del celoso. Pero por suerte y para casi todo el mundo la cosa queda ahí, en la represión del impulso, la mortificación del dolor y el desbarajuste de los afectos. Eso sí, todo en la más estricta intimidad. Sin duda estos celos amorosos son la ictericia del alma.  


Celos delirantes, ¿pero qué ocurre si esa amenaza de nuestra vida en pareja es imaginaria? ¿Qué si  esos celos no están motivados por algo real y no son más que producto de la fantasía? Porque esto suele suceder y hay personas que viven en continua zozobra por miedo a que su pareja inicie una aventura amorosa. De modo que sus días trascurren en un sobresalto constante y buena parte de su energía la emplean en demostrar que sus sospechas no son infundadas como -según él- pretenden hacerle creer los demás. Por decirlo de alguna forma estas personas viven en medio de un delirio, una enajenación como la que refleja en toda su delirante intensidad Otelo, prototipo de hombre celoso cuando estrangula a su amada Desdémona y sólo porque sospecha que mantiene un amor ilícito. Un Otelo que al descubrir su absoluta fidelidad, se suicida.


Un ataque visceral de celos, rabia desatada, dolor incontrolado, humano abatimiento y muerte de amantes. Una extraña cruz de navajas que se inicia cuando los alterados sentidos corporales del  celoso llegan a poner en duda que la realidad sea tal como aparece, y no como él cree. En ese caso el fatal desenlace sobreviene si la desconfianza del celoso es mayor que su sospecha y no se fía ni de lo que ve, ni de lo que oye, ni de lo que le dicen. Su trastorno afectivo ha alcanzado un grado patológico tal, que termina por ahogarlo y es que en estos casos, sin duda, el celoso no lo es por lo que ve, no. Con lo que se imagina, basta.


Hay celos y celos. Entendidos como una respuesta a lo que percibimos como un peligro para una relación que valoramos, los celos son normales y resulta del todo comprensible el tormento por el que pasa una persona, al percibir una amenaza sobre su vida en pareja. De hecho el gran Descartes aseguraba que los celos son una forma del miedo relacionada con el deseo de preservar una posesión, algo que en su justa medida es natural.
Que al principio ciertas sospechas nos hagan estar en permanente vigilancia de los movimientos, gestos, actitudes, miradas, risas y llantos de la persona amada, se entiende. Que las malas hierbas de la desconfianza empiecen a estrangular la savia de nuestros afectos, se comprende. Ambos son comportamientos normales. Pero que la desconfianza subjetiva esté por encima de la objetividad de las pruebas, eso no se puede (debe) admitir de ninguna de las maneras. No, porque es un comportamiento patológico el que intenta encontrar, mediante la razón, una prueba que justifique sus celos irracionales. Visto así son la irritación de la falsa vanidad, estos celos aberrantes.


En la cosa ésta de los celos, quizás convenga recordar un pasaje de "La condición humana" de A. Malraux, aquel en el que el personaje femenino revela a su marido una aventura amorosa de la que ha sido protagonista y ante su ataque de celos, ella le replica: “Yo no te pertenezco ni soy algo que poseas. Soy libre. Estoy a tu lado porque te prefiero al otro, y a cuantos he conocido íntimamente. Te he escogido”. Unas palabras que suscribo. El amor sólo puede ser fruto de la libertad y los celos no son más que la cadena perpetua a la que lo condenamos. Así pienso al respecto. Sin embargo también les confieso que lo mío no es más que una forma de hablar pues, en el fondo, confío en no verme nunca en la situación de tener que asumirlo. No olviden que los celos son consecuencia del amor y, nos guste o no, existen. Qué quieren que les diga, también tengo mi ración de amor propio.

 

 

CONTACTO: [email protected]
FUENTE: Enroque de ciencia

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