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Sábado, 30 diciembre 2017

Un trabajo aburrido (quinta y última parte) (por Ángela Ortiz Andrade)

La Doña terminó su narración en el coche hacia El Puerto: “-Cuando compré el cortijo, fui personalmente a visitarlo. Ahora sus trabajadores iban a ser los nuevos dueños; pero había algo que me rondaba los entresijos de mis pensamientos: ¿dónde estaba Aida, la cocinera? La encontré en la alacena, muy vieja y mucho más delgada de lo que la recordaba. Me fui directamente a la cocina y allí conocí a la muchacha que ahora se ocupaba de los fogones, la pobre iba vestida con andrajos y tenía un ojo morado. Se llamaba Dora y ese fue el último momento que estuvo al alcance de la vieja, porque en el coche de vuelta a mi casa, me la llevé conmigo. Antes de irme hablé con Aida: -ya estás vieja, pero sigues teniendo demasiado sueltas dos cosas, la mano y la lengua. Voy a dejar que sigas aquí, pero si me entero que vuelves a maltratar de cualquier manera a otra persona, yo misma me encargaré de venir a buscarte para que acabes tus días confinada y sola.” Aparqué el Mercedes y acompañé a mi jefa hasta la cafetería del hotel donde la aguardaban sus amigas.

 

Me puse muy contenta cuando Doña Concha me dijo que iba a pasar todo el mes de Diciembre en casa de sus sobrinas en Madrid. Llevaba ya tiempo temiendo que este año iba a estar lejos de mi madre y de mis amigos, pero ahora empezaba a planear cada momento de mis vacaciones. Saldría todos los días a desayunar a la plaza de mi pueblo junto a mi madre o mis amigos y pasearía por sus calles adoquinadas hasta la hora del aperitivo, que por supuesto lo tomaría en mi bar favorito ubicado en la planta baja del edificio donde vivo desde pequeñita. Aquel bar de barrio estaba abierto todo el día desde muy temprano y hacía las veces de sala de estar de mucha gente que iba y venía durante cada jornada, todos nos conocemos allí y nos vamos acoplando en las mesas de nuestros amigos conforme vamos llegando. A veces el aperitivo se convierte en almuerzo e incluso merienda. Si alguien falta, lo echamos de menos.

 

Justo antes de Navidad Dora llamó a casa diciendo que la Doña estaba muy mal, se encontraba ingresada en una clínica de Madrid y le gustaría vernos a mi madre y a mí. Por ello me habían reservado dos billetes de tren para el día siguiente, no tendríamos problemas por el alojamiento, porque sus familiares nos ofrecían su propia casa. Que mi jefa quisiera verme me resultaba un tanto extraño, ya que no se encontraba en condiciones de pasear y además ya estaba en buena compañía, pero que también quisiera ver a mi madre era algo ya desconcertante, así que emprendimos la marcha llenas de curiosidad y expectación. Un chófer nos aguardaba en la estación de Atocha para llevarnos a la clínica; entramos en lo que más bien parecía la suite de un hotel: disponía de un salón en donde sentada en un sofá nos esperaba una de las sobrinas de Doña Concha, la cual nos saludó muy emocionada y nos indicó que entráramos en la habitación donde se encontraban su hermana y su tía. Me impresionó hallar a la Doña en el estado en que la vi: acostada con el cuerpo semi-incorporado, monitorizada, con varios goteros y una mascarilla que le cubría la boca y le proporcionaba oxígeno; tenía los ojos cerrados. Su acompañante la avisó y le dijo que estábamos allí, en ese momento los abrió y pude ver cómo se les llenaba de lágrimas; volvió a cerrarlos y giró la cara hacia el lado opuesto sollozando. Salimos de la habitación y ambas sobrinas nos dijeron que nos sentáramos, no entendíamos nada. Entonces una de ellas comenzó a explicarnos:

  

“El día que nos enviaste tu currículum para pedirnos trabajo, indagamos un poco acerca de ti. Como comprenderás, no íbamos a dejar a nuestra querida tía en manos de cualquiera, así que te buscamos en Facebook y en todas las redes sociales que conocemos. Entonces una foto tuya nos puso a todos en guardia, en ella aparecías junto a tu madre y cuando la vimos comenzamos nuestra investigación para corroborar las sospechas que afortunadamente se confirmaron: tenemos el placer de comunicaros que vosotras sois la hija y la nieta de Doña Concha.

  

Cuando nuestra tía era jovencita, fue forzada por el hijo de su jefe y el amigo de éste. Escapó y se refugió en la casa de una buena señora que cuidó de ella. Concha estaba embarazada y Paquita la asistió durante toda la gestación hasta que dio a luz y se recuperó. Fueron meses muy duros en donde la depresión, el terror y el desequilibrio emocional se apoderaron de ella. A los pocos días de que naciera su niña, Paquita vio con horror cómo Concha, fruto del gran trastorno que padecía, intentó hacerle daño a su bebé, así que lo cogió y lo llevó a un lugar donde pudieran darle un hogar y ponerlo a salvo. Mucho tiempo después, una vez que todo el dolor había desaparecido y nuestra tía era ya una mujer capaz, madura e independiente, hizo lo posible por localizar a su niña, lo intentó todo, pero fue inútil. Ese sentimiento de culpa por no haber sido capaz de atender a su hija la ha perseguido toda la vida, impidiendo que fuera plenamente feliz.

   

En el instante en que vimos la foto con tu madre, un escalofrío nos sacudió a ambas, no nos lo podíamos creer, ella era la viva imagen de nuestra abuela, tu bisabuela, vamos. El pelo muy parecido, ojos calcados, hasta tienen lunares idénticos en el mismo lugar de la mejilla. Aquello fue el punto de partida para acometer las pesquisas que corroboraron nuestras sospechas.

  

Se lo contamos todo a nuestra tía y de la emoción, sufrió un infarto del que se está recuperando con éxito”.

  

Mi madre palideció y yo quedé en shock, permanecimos en silencio y sin mover un músculo durante un buen rato, hasta que nos dimos la mano y volvimos a entrar a ver a Concha. Nos abrazamos emocionadas, ya no era solamente ella la que lloraba.

  

Nunca pensé que el Destino fuera tan sabio y a la vez tan caprichoso. Desde ese día, jamás volví a cuestionarme su poder.

 

Ángela Ortiz Andrade

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