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Lunes, 18 diciembre 2017

Un trabajo aburrido (tercera parte) (por Ángela Ortiz Andrade)

Estábamos a punto de salir, pero Doña Concha que preparaba su bolso, se alarmó porque no llevaba abanico, nunca salía sin él. Yo me ofrecí a traerle uno, me dijo que los tenía en su habitación, que le trajera el que más me gustara. Cuando entré, vi con sorpresa que allí había un mueble con infinitos mini cajones con el frente de cristal que ocupaba toda una pared desde el techo hasta el suelo y de lado a lado, una escalera típica de biblioteca ayudaba a su fácil acceso: eran muchísimos abanicos y todos preciosos; sin entretenerme abrí un cajoncito y le llevé uno.

  

La Doña caminaba erguida agarrada de mi brazo, mirándome de reojo. Desde que salí de su habitación no dije ni una palabra; simplemente me iba preguntando la causa de esa rara obsesión. Creo que ella sabía perfectamente lo que me rondaba la cabeza.

 

-“Hoy tengo ganas de pasear, niña, vamos al Parque Genovés.

 

¿Sabes? Yo nací en un cortijo. En él había una gran casa, lujosa y con todas las comodidades. Cientos de metros más allá había una puerta por donde se accedía a una casa de vecinos: un gran patio a cielo abierto que repartía diferentes habitáculos en donde vivían los trabajadores con sus familias. En uno de esos cuartos me parió mi madre con la ayuda de las mujeres más mayores. Había un pozo y una cocina común en donde ellas cocinaban y compartían sus recetas, en realidad, todo se compartía, incluso la letrina era comunitaria. Los hombres se dedicaban a las labores del campo, bregando con los animales y con los cultivos. Trabajaban de sol a sol.

  

Recuerdo a mi padre que llegaba subido sobre su burro de manera similar a las amazonas. Mi madre se arreglaba el pelo y recomponía su vestido antes de salir a verlo llegar bajo el crepúsculo de cada atardecer; aunque venía muy cansado, la sonrisa le iluminaba la cara cuando la veía. Se echaba abajo de un salto y la besaba abrazándola, a veces tan fuerte que ella protestaba diciéndole que era un bruto, ambos entraban en casa de la mano. Mientras él se lavaba en una palangana, mi madre le daba una camisa limpia y escuchaba sus vicisitudes del día, unas divertidas, otras no tanto. Luego comíamos juntos; cuando hacía bueno, se reunían todos en el patio compartiendo las viandas, los niños jugábamos hasta que nos mandaban a la cama. Fueron años felices.

  

Mi hermano nació años después y mi querida madre murió a causa de las complicaciones del parto. Todas las vecinas se ocuparon de sacarnos adelante mientras nuestro padre hacía sus faenas diarias. Desde que mi madre faltó, era yo la que salía a esperarlo, pero hubo un día en el que su burro llegó solo. Los hombres salieron a buscarlo y lo encontraron sin vida con la cabeza abierta sobre una piedra.

  

Los dueños dijeron que el pequeño podría quedarse junto a las demás familias, pero que yo tendría que trabajar en la casa grande en lo que hiciera falta.

  

En ella vivía una familia compuesta por el terrateniente, su esposa y sus ocho hijos. En una zona de la casa se encontraban las dependencias del servicio (cocinera, jardinero, chófer, mayoral…) y yo, que no superaba los nueve años. Me pusieron como ayudante de Aida, la cocinera, señora que aunque no era muy mayor, estaba llena de achaques debido a su exagerado sobrepeso. Allí, en la cocina se desarrollaba mi vida; con un ojo en el puchero y otro en la mano de mi jefa, que tenía tendencia a soltarse cada vez que me equivocaba. Creo que el bofetón más grande que recibí fue el día que me mandó vigilar unos tomates que se estaban friendo; yo, en mi ignorancia, les añadí bastante agua porque veía que la salsa del tomate se estaba quedando muy concentrada. Estuve dos o tres días con el labio roto. Pero aprendí muy bien todo lo relacionado con el tema de la cocina y también desarrollé una gran capacidad para esquivar tortazos.

 

De todos los hijos de los señores, la más pequeña tenía mi misma edad. A veces aparecía por la cocina a ver lo que se estaba haciendo para el almuerzo o la cena y aprovechaba para coger un panecillo, fruta o chuchería que pudiera pillar por allí. Se solía sentar a mi lado y charlaba conmigo, preguntándome muchas cosas relacionadas con mi ocupación. Aunque tenía la misma edad que yo, era más corpulenta y muchas veces me daba algún que otro vestido que ya no le servía a ella. Pero si Aida lo veía, me rompía todo lo que me daba porque decía que cómo iba a ser posible que una criada llevase las mismas ropas o zapatos que una señorita. Mi amiga optó por dejar sus donaciones en la casa de vecinos y allí yo las recogía cuando iba a ver a mi hermano.  Los días muy calurosos mi jefa procuraba estar lejos de los fogones, así que ponía en el suelo un cajón boca abajo y me mandaba a subirme para remover y vigilar lo que se estuviera cocinando. A mí sin embargo me gustaba aquello porque detrás de los fogones había una ventana muy grande por donde se veía vegetación abundante que le daba sombra a dos mecedoras. Allí mi amiga se solía sentar a tomarse una limonada mientras se daba fresco con un abanico, yo me limitaba a mirar mientras sudaba removiendo los pucheros e imaginaba la sensación tan agradable que tendría que ser notar el aire que procedía de su aleteo. Cerraba los ojos y soñaba que en la otra mecedora estaba yo, con mi bebida y mi abanico; a veces Aida llegaba por detrás y me zarandeaba diciendo: espabila idiota, como se te queme la comida van a tener que llevarte al hospital de la paliza que te voy a dar. Me ponía muy derecha y agarraba el cucharón con las dos manos y cuando se iba, volvía a recrearme en la señorita y lo bonito que sería vivir así, sin obligaciones, sin preocupaciones, rodeada de todas las cosas buenas que la vida te puede ofrecer. Me decía a mí misma “algún día”

  

Cuando fui adulta y pude tener un salario digno, el primer capricho que me di fue, por descontado, un abanico. Para mí este objeto tan simple va más allá de lo que es en sí mismo, refleja mi vida, lo que fui superando poco a poco y a lo que me fui enfrentando con éxito…”

  

La caminata había sido muy larga, cuando nos dimos cuenta estábamos mucho más allá del Campo del Sur.

 

-“Niña, vamos a tomarnos algo para descansar, necesito beber algo”.

 

Ángela Ortiz Andrade

 

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2 Comentarios
Fecha: Jueves, 21 diciembre 2017 a las 12:12
Ángela Ortiz
Oh, "Justino" ¿de verdad mi texto es todo lo que usted dice? Muchísimas gracias por ser tan benevolente
Fecha: Lunes, 18 diciembre 2017 a las 14:41
Justino"Tomasito"
Entretenido,ameno, lleno de tradicion y salpicado de cierto misterio.Un estupendo relato para agradecér a la más que articulista, Ángela Ortíz Andrade.

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