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Lunes, 11 diciembre 2017

Un trabajo aburrido (segunda parte), (por Ángela Ortiz Andrade)

Nunca había visto una navaja y no me gustaba nada, sobre todo porque la tenía a pocos centímetros del pecho amenazándome. La Doña y yo veníamos del Teatro Falla de ver un espectáculo y al entrar en una callecita, un hombre nos asaltó para robarnos.

  

Cuando mi acompañante levantó la cabeza hacia el atacante para darle el dinero que llevaba, lo reconoció: “- ¡Tú eres el nieto de Paquita!, ¿No te das cuenta del disgusto que le vas a dar a tu abuela con lo mayor que está la pobre si te pilla la policía?, anda toma cien euros y no te quiero ver así más. Mañana me encargaré de solucionar todo este asunto y como yo me entere que sigues dedicándote a asaltar a la gente a punta de navaja, vengo yo a buscarte en persona y te llevo de la oreja hasta comisaría, ¡¡SINVERGÜENZA!!”.

  

Recompuso su bolso, me agarró del brazo y volvimos a emprender la marcha. A mí me temblaban tanto las piernas que tropecé varias veces con los adoquines, mi jefa me dijo que nos merecíamos algo fuerte que nos subiera el ánimo, así que nos sentamos en una terraza de la Plaza de Mina y pedimos de beber. Cuando tuvo sobre la mesa su whisky lo cogió, marcó un número de teléfono en el móvil, se levantó y comenzó a deambular por la plaza. Hablaba gesticulando tanto que a veces parecía que su bebida se le iba a derramar; la vi marcar varias veces y estuvo tan entretenida con sus conversaciones que me dio tiempo de sobra a terminar mi bebida. La Doña se sentó y me dijo que ya estaba todo solucionado con nuestro atacante: lo había arreglado para que el muchacho fuera a un centro de desintoxicación en Valencia, lejos de las malas compañías, ella correría con todos los gastos. También había hablado con alguien que le iba a dar empleo una vez hubiera acabado la rehabilitación con éxito. Al día siguiente lo buscaría en casa de su abuela para comunicárselo. Le pregunté que por qué tanta preocupación por alguien que no conocía bien y que tal vez no aprovecharía la oportunidad que ella le estaba brindando. Doña Concha se terminó su copa, entonces me miró con dureza y me dijo que no era por él, que era por su abuela a la que le estaría agradecida durante toda la vida.

  

 -“De joven estuve trabajando en una casa en San Fernando como interna. Me dedicaba a la limpieza, la cocina y todo lo relacionado con las labores de la casa. En ella vivía un militar de alto rango con su mujer y sus dos hijos. Yo estaba enamorada de Álvaro, su hijo mayor y él lo sabía, así que se aprovechaba de ello y obtenía todo lo que me pedía. Desde un zumo recién exprimido a primera hora de la mañana, una camisa planchada a última hora antes de salir con sus amigos, hasta un beso con derecho a roce, a mucho roce.

  

Era tan estúpida que no veía la realidad, me contentaba con estar cerca suyo y servirle de la mejor manera que sabía, pensaba que poco a poco lo conquistaría. Pero él lo único que buscaba era una “chica para todo” y no me veía como otra cosa que una sirvienta. Una madrugada llegó a casa con un amigo, ambos venían borrachos y llamó a mi puerta susurrando mi nombre. Corrí y la abrí todo lo deprisa que pude para que entrara, pero cuando lo vi a él y a su acompañante en el estado que venían intenté cerrarla. No pude. Me rodearon y comenzaron a tocarme, intenté que me dejaran en paz, pero no conseguí nada; ellos no oían mis súplicas, tampoco mis llantos. Entonces quise gritar, pero me dieron un golpe en la cara que me rompió la nariz y me dejó inconsciente. Cuando volví en mí aún seguían allí, su amigo estaba abrochándose el pantalón. Esperé que se fueran y salí corriendo de aquella casa sin mirar atrás. Anduve toda la noche campo a través. Paquita me encontró acurrucada, temblando de frío y empapada en sangre en la entrada de su casa. Soltó su capazo y me levantó del suelo; me introdujo en la vivienda sin hacer preguntas. Durante mucho tiempo me dio cobijo, comida caliente, y toda la dignidad que me fue arrebatada.

  

No tuvo necesidad de hacer preguntas porque ella sabía de sobra hasta dónde podía llegar la brutalidad humana.

 

Ángela Ortiz Andrade

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