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Lunes, 4 diciembre 2017

Un trabajo aburrido (por Ángela Ortiz Andrade)

No me lo acababa de creer, pero era verdad. La llamada de teléfono me confirmaba que el trabajo era mío. ¡Menos mal! Después de pasarme todo el verano poniendo copas hasta la madrugada, aguantando el “chunda chunda” y a los borrachos con su “guapa, ponme un din tonic y tómate tú otdo que te invito si me das tu tedéfffono”, ahora he encontrado algo tranquilo y relajado, adivino que también aburrido, pero lo prefiero.

 

Desde que me admitieron en la Universidad de Cádiz, me puse a buscar una manera de obtener dinero extra. Lo del verano era tolerable porque estábamos de vacaciones, pero ¿te imaginas esa movida durante la época de estudios? Para mí sería insoportable, así que cuando me enteré del anuncio, mandé mi currículum urgentemente. También he de decir que mi madre hizo varias llamadas a algunas conocidas que han aportado buenas referencias acerca de mi persona, todo suma.

 

Resulta que voy a trabajar de acompañante de una anciana. Sus sobrinas, dos señoras Notarias que viven en Madrid, pusieron un anuncio en el que se pedía una persona para acompañar a su tía que vivía en Cádiz y se negaba rotundamente a abandonar su casa. Todo ello porque la señora se vio atacada por unos terribles vértigos que la asaltaban inesperadamente y la obligaban a llevar acompañante si quería seguir teniendo normalidad en su vida.

  

Estaba nerviosa, lo reconozco. Me pasé toda la mañana en clase pensando en cómo sería mi primer día con la anciana. Qué tal nos llevaríamos, si sería simpática o por el contrario era una especie de ogro que se comía a los niños para merendar. Me esforzaba por pensar en diferentes temas de los que hablar durante la tarde ¿sabrá algo de política? ¿le gustará más ver telenovelas? ¿escuchar la radio? ¿preferirá las peleas de la telebasura? A lo mejor se pasa toda la tarde en la mesa-camilla haciendo ganchillo y oyendo coplas, ¡¡ yo qué sé !!

  

Después del almuerzo dejé en el fregadero todos los platos en remojo y cogí mi coche con un papelito en donde tenía anotada la dirección a la que me tendría que dirigir durante todas las tardes a partir de ahora. Iba a ser un invierno largo. O eso pensaba yo.

  

Por más vueltas que daba no encontraba ni un sitio donde aparcar. Opté por ponerlo en uno de los aparcamientos subterráneos y ponerme a buscar andando, más bien corriendo porque empezaba a hacerse tarde.

  

Encontré la calle, era vieja, estrecha y larga. Si miraba con detenimiento, podía divisar dos escalones que daban a una entrada que no alcanzaba a ver desde ese punto. Cuando me acerqué, contemplé una puerta ricamente forjada en hierro. Detrás de ella, lo que se podía ver era un gran patio muy luminoso y atestado de plantas muy bien cuidadas.

  

Llamé al timbre y la reja se abrió sin que nadie preguntara nada. Cuando entré, sólo se oía el chapoteo del agua que salía de una fuente en forma de concha que sobresalía de la pared izquierda del patio. Al fondo, a la derecha, había unas escaleras con una barandilla igual de bella que la entrada. Por un instante sentí un poquito de miedo, pero subí las escaleras deprisa y llegué a un portón de madera labrada que yo juraría que era de los que hacen los artesanos rondeños. La puerta estaba entreabierta, la empujé llamando con los nudillos y diciendo “¿hola?”.

  

Apareció una mujer arremangada que me sonrió y me dijo que Doña Concha estaba en el salón esperándome, se adelantó y me mostró el camino. Cuando llegué al salón había una señora que me daba la espalda, al escucharnos se dio la vuelta. Me saludó y le dio las gracias a su asistenta que entonces supe que se llamaba Dora.

  

Doña Concha me saludó y se sentó en uno de los dos sillones que tenía orientados hacia unas grandes cristaleras desde donde se veía el patio, aún hacía calor, así que las ventanas estaban abiertas y por ella se deslizaba un suave olor a albahaca y romero. Me indicó el otro sillón y me miró sonriendo.  La verdad es que me sorprendió nada más verla, era una señora de unos 70 años, con el pelo corto y bien moldeado. Muy bronceada, los ojos verdosos rasgados, uñas y dientes impecablemente cuidados. Figura distinguida y estilizada, que se acentuaba más aún porque los pantalones y blusón de lino negro que vestía, acompañado de un collar largo multicolor, le favorecían muchísimo. Se movía con soltura; me preguntó la edad, qué estaba estudiando y cosas por el estilo, me llamó la atención que ladeaba la cabeza mientras me escuchaba. Cuando se acercó la hora de apertura de los establecimientos, cogió su bolsito y nos dispusimos a salir, no sin antes despedirnos de Dora, anunciándole que regresaríamos más tarde. No me di cuenta cuando entré, pero junto a la puerta había un soporte donde tenía muchos bastones con empuñaduras de diferentes estilos y materiales, a cual más sofisticada; escogió la de jade.

  

Nada más salir me cogió del brazo con la mano libre y me dijo: “Niña, vamos a la Calle Columela que tengo que hacer unas compras”. Anduvimos paseando hasta llegar a la calle, en una de sus esquinas había una tienda antiquísima en donde entramos.

  

La señora preguntó por los abanicos que se exponían en el escaparate. Nunca pensé que un abanico pudiera costar tanto dinero, pero el encargado de la tienda que conocía bien a su clienta, se pavoneó explicando una serie de detalles sobre los susodichos para que a mí se me quitara de la cara la expresión de asombro. Los abanicos habían sido elaborados artesanalmente en un taller de Valencia, sus varillas de delicado calado eran de madera de haya y el país, que así se llama la tela que une el varillaje, era de algodón minuciosamente pintado a mano con motivos florales. Total, que cada abanico rondaba los 60 euros. Doña Concha se tomó su tiempo en decidirse, la verdad es que eran muy bonitos; al final sacó su tarjeta de crédito y en vez de comprar uno, compró dos sin parpadear siquiera. Cuando salimos de la tienda, a mi acompañante le apetecía tomar algo, así que optamos por pasear hasta llegar a la Plaza San Juan de Dios y sentarnos allí a tomarnos un café. Me pedí un descafeinado y ella me volvió a sorprender pidiéndose un café irlandés. Mientras venía el camarero, sacó una pitillera plateada y me ofreció un cigarro, yo no fumo, pero ella desde que ordenó su café, hasta que nos levantamos, se fumó tres. Allí sentadas, varias personas se pararon para saludarla y preguntarle por su ausencia durante tantos días. Todos le daban muestras de cariño y a su vez ella se interesaba por los detalles de la vida de cada uno. No nos dio tiempo para mucho más.

  

La acompañé hasta su casa callejeando y parándonos en los escaparates de las tiendas, la tarde era muy agradable y pasear por las calles gaditanas es un regalo que ambas apreciamos. Yo apenas hablé, creo que estaba asimilando todo lo que había pasado aquella tarde, verdaderamente me encontraba en estado de shock. Esperaba encontrarme a una anciana que se lamentaba porque Dios no se la hubiera llevado aún y me encontré con una señora decidida, de buen humor y con más vitalidad que yo. De hecho, me miraba a mí misma y la miraba a ella y me sentía acomplejada porque la señora que me agarraba el brazo, lo iluminaba todo a su paso.

  

Llegamos a su casa, subimos y me despedí con un hasta mañana lleno de buenas perspectivas. Quería saber más de ella y de su vida que prometía ser muy interesante.

  

Cuando entré en mi casa mi madre me llamó para preguntarme qué tal había ido la tarde. Le conté todos los detalles y creo que se alegró de que la experiencia hubiera sido tan buena para mí. Me hice un sándwich de jamón y queso y me puse a estudiar hasta que mis compañeras de piso llegaron. Las dos venían con la intención de hacerle a la despensa un ataque sin tregua; ninguna de ellas mostró mucho interés por lo que yo pudiera contarles, se limitaron a hacer la típica pregunta de rigor: “¿Tú bien, no?” Yo me quité las gafas para contestar, pero me di cuenta de que aquella era una pregunta retórica y que mi respuesta no les interesaba en absoluto, así que asentí, me volví a colocar las gafas y continué en mi ordenador.

 

Ángela Ortiz Andrade

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4 Comentarios
Fecha: Lunes, 11 diciembre 2017 a las 11:45
Ángela Ortiz
Estimado Manuel, siempre, siempre muy agradecida.
Fecha: Domingo, 10 diciembre 2017 a las 00:11
Manolo A
Ángela:
Se te echaba en falta. Como siempre una prosa deliciosa. Gracias por hacerme pasar un rato tan agradable.
Fecha: Sábado, 9 diciembre 2017 a las 20:23
Ángela Ortiz
Muy agradecida por sus palabras "Justino"
Fecha: Lunes, 4 diciembre 2017 a las 11:44
Justino"Tomasito"
Un relato muy ameno y mejor estructurado de principio a fín.Enhorabuena señora o señorita.

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