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Sábado, 2 diciembre 2017

Carlos Roque Sánchez

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¿ES LO MISMO OÍR QUE ESCUCHAR? (y 2)

 

 

 


(Continuación) Pero no siempre es así. Por el contrario hay veces que, cuentes lo que cuentes, ocurre que la persona a la que se lo estás contando, le ha pasado lo mismo. Bueno lo mismo no. Según ella si lo comparamos, lo suyo es peor, mucho peor. Dónde va a parar, es como multiplicado por diez o por cien veces lo nuestro. O sea que no, que lo suyo es más doloroso.


Una superioridad cuantitativa en el dolor que por supuesto, le faculta para arrebatarte, ipso facto, la palabra y empezar ella a contar el suyo no dejándote acabar a ti, claro. Y es que no hay un dolor mayor que el que uno siente, aunque lo proporcione el pellejillo levantado de una uña de la mano derecha. El resultado, como pueden imaginar, es poco o nada favorable para uno. En este caso, además de angustiado y solo, ahora te quedas con una desagradable sensación de insignificancia. El colmo de los colmos, vamos.


Y es que oír con atención, o sea escuchar, es más difícil de lo que la mayoría de la gente supone. Difícil y añado infrecuente. Si lo piensa bien, en el calor de una discusión es rara la vez que respondemos habiendo reflexionado sobre lo que la otra persona nos ha dicho ¿A qué no? Es decir que ni la hemos escuchado siquiera, ergo, escuchar no es algo natural e innato en el ser humano, no. Se trata de una destreza que, como muchas otras, se puede y debe practicar y mejorar.


Porque comprender y entender cómo funciona la acción de escuchar, nos permitirá enriquecer y hacer más profundas, emocionalmente, nuestras relaciones. De ahí que cada vez que demostramos buena voluntad para oír sin emitir críticas, sin impaciencia y sin ponernos a la defensiva, estamos ofreciendo comprensión y ganándonos el derecho a ser correspondido. Lo que hace del acto de escuchar algo, no sólo difícil e infrecuente, sino importante.


¿Cuál es la causa de que nos escuchemos tan poco? Soy de la opinión, algo “buenista” quizás,  que no suelen ser la insensibilidad o la mezquindad, las facultades que incapacitan a las personas a prestarnos atención. Quizás la ansiedad, la preocupación o la propia estupidez por qué no, influyan más que las anteriores, en el menoscabo de este interés auditivo y de la destreza para llevarlo a cabo. Sin contar que el acto de escuchar, a veces resulta ser una pesada carga.


Pesada porque el escuchante. no sólo ha de posponer sus propias necesidades sino que, además, se echa a la espalda la urgencia que su compañero tiene de ser escuchado. No, no es fácil. Hay que aprender a hacerlo y educarse para ello. Y como todo lo que atañe a nuestra educación, su siembra se debe realizar en nuestra infancia, en el seno de nuestra familia y en la relación, sobre todo, con nuestros padres. Se trata de educación primaria.


Está demostrado que aquellos padres que prestan atención y se toman en serio lo que les dicen sus hijos, por insignificante que esto sea, favorecen que ellos se sientan dignos y apreciados y por tanto que se abran con naturalidad a las demás personas. Por el contrario, los niños que no reciben una cálida atención de sus progenitores, se infravaloran y tienden a encerrarse en sí mismos. A inventarse su propio mundo, con amigos invisibles a quienes confiarle sus secretos. Lo que no es bueno.


Por último dejar negro sobre blanco que, de esta acción de escuchar, no sólo sale beneficiado el escuchado. También el escuchante lo hará, porque podrá aprender de las vivencias de aquél y se enriquecerá con ellas. Sabido es que cada persona es un mundo y en esta vida es imprescindible visitar otros mundos. De modo que debemos plantearnos escuchar, no solo como un regalo que ofrecemos, sino como una necesidad que tenemos.
Escuchar, un bien que escasea ¿Oído o escuchado?

 

CONTACTO: [email protected]
FUENTE: Enroque de ciencia

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