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Sábado, 9 septiembre 2017

Carlos Roque Sánchez

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POPEYE Y LAS ESPINACAS. LEYENDA

 

 

 


Para muchos una pareja bien avenida, un buen maridaje entre fantasía y realidad.


La fantasía nos viene de la mano de una divertida y desinteresada asociación, entre la ingesta de esta verdura y la adquisición de una fuerza sobrehumana. Un tema recurrente y clásico en la ficción. La realidad sin embargo lo hace de la de la alimenticia afirmación, rigurosa y cierta en principio, de su alto contenido en hierro. Una cuestión lógica y razonable en ciencia.


Así es más o menos cómo, ficción y ciencia, van juntos desde hace ya más de ochenta años, que quien dice es lo que dura una vida humana. Un tiempo por tanto más que suficiente como para que nos preguntemos si unas y otras, fueron sinceras en el comienzo de su relación. Vamos, que si es oro todo lo que reluce en la intrahistoria de esta historia.


Y como se habrán imaginado ya, va a ser que no. No es oro todo lo que reluce. O de serlo, como dice una conocida expresión algo escatológica, “es oro del que cagó el moro” que se utiliza para negar o poner en duda la autenticidad de algo presentado como auténtico, de gran calidad. Ni más ni menos el caso que nos trae.
Es poco lo que hay que indagar para damos cuenta de que, en lo tocante a la historieta, hay algo de incierto en ella, de verdad a medias. Resulta que el cascarrabias marinero tuerto, cuando empezó como personaje de viñetas periodísticas, ya comía espinacas y lo hacía sólo porque le gustaban. Así que al principio de la historia, Popeye era fuerte ‘per natura’, sin necesidad de una “dosis espinaquera”.


No fue hasta años más tarde, y ya convertido en héroe televisivo, cuando apareció esta asociación entre la comida verdulera en lata y la superfuerza de sus terribles puños, la misma que le permitía vencer al perverso Bruto ante los ojos admiradores de la bella Olivia ¿Por qué se pasó de  superfortaleza natural a artificial?
Pues en el fondo, como casi todo en esta vida, el motivo del cambio fue político, o eso dicen. Al parecer se debió a ciertas consignas emitidas por el gobierno de los EEUU en los años 30 del pasado siglo XX, con un doble e intencionado objetivo. Uno general de naturaleza económica y otro particular de naturaleza bélica.


De un lado estaba interesado en aumentar el consumo de vegetales entre la población civil, y del otro, quería utilizar las espinacas como principal producto nutritivo durante la II Guerra Mundial. Y se aprovechó de la enorme popularidad del pendenciero personaje, para mostrar los efectos benéficos de la verdura en cuestión.


Un vínculo que funcionó con magnífico resultado en ambos frentes. Juzguen ustedes. No sólo su consumo se incrementó en un 33%, sino que los panfletos de inflama patriótica llegaron a pregonar que ¡se podría ganar el conflicto bélico!, gracias a la energía de las espinacas ¿Qué me dicen? ¿Bien, no?
Digo bien porque aunque algo mentirosillo, no es menos cierto que sea por comprensibles motivos económicos o por justificables razones patrióticas, la falacia argumentaria de su ingesta no deja de ser un simple pecado menor, quiero decir venial. Un error intencionado y perdonable, máxime si es la propia ciencia la que nos dice que las espinacas son el alimento más rico en hierro que conocemos y, además, con diferencia.


Una información que a modo de divulgación científica, los medios de comunicación no han dejado de ofrecernos desde entonces y seguro que usted mismo habrá leído en más de una ocasión. Con la ciencia hemos topado, amigo lector.


Y es aquí donde paradójicamente aparece el pecado mayor, no digo mortal pero sí que sobrepasa al venial, de este aserto científico acerca de la riqueza compositiva de las espinacas. En realidad no es cierto. Como lo leen.

 

CONTACTO: [email protected]
FUENTE: Enroque de ciencia

 

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