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Martes, 4 julio 2017

Lo consiguieron (por Ángela Ortiz Andrade)

1956.  Blas comenzaba a desesperarse. Casi una hora llevaba el tren parado en medio de ninguna parte. Esto solía ocurrir de vez en cuando, así que se preocupaba por salir siempre un día antes de cualquier cita que formalizara  en Madrid con el ministro del ramo correspondiente. Junto al tren se reunían algunos viajeros que se habían bajado para tomar el aire. Estaban charlando y muchos de ellos fumaban, entonces lo vio y un escalofrío se paseó desde la pelvis hasta la parte trasera de la nuca: apoyado en una de las salidas había un hombre joven, alto y de muy buena planta con un uniforme que no lograba identificar. Se apresuró en sacar dos cigarrillos del bolsillo de la chaqueta y salió por donde se encontraba el desconocido; se puso a su lado y le ofreció uno, sosteniendo entre los dedos el otro. Cuando iba a encender una cerilla, el del uniforme se sacó del bolsillo una cajita pequeña, rectangular y plana de color plateado que se abría con una bisagra por uno de sus extremos, el fuego salió de ella en un instante y la llama no se apagó hasta que la cajita se cerró con un chasquido característico. Blas se presentó expeliendo su primera bocanada de humo, el desconocido le dio la mano y dijo que se llamaba “Dániel” (con el golpe de voz en la “a”), entonces sus ojos se encontraron por primera vez y sintieron la necesidad recíproca de saberlo todo del otro. Aunque hablaba castellano bastante bien, no era español. Dijo que era piloto de las fuerzas aéreas de Estados Unidos y se dirigía a su base que estaba en Torrejón, llevaba varios meses viviendo allí. Se sentaron juntos cuando el tren reemprendió la marcha y no dejaron de charlar en todo lo que quedó de trayecto, habían congeniado; Blas se sentía tan cómodo que parecía que su compañero hubiera estado junto a él toda la vida. Cuando llegaron a su destino, “Dániel” se ofreció a llevarle alguna de las maletas a su amigo  hasta el hotel; una vez en la habitación, su compañero soltó la maleta que portaba, se fue hacia él y sujetándole la cara con ambas manos, le dio un beso en la boca que a Blas le pareció que le faltaba el aire y que necesitaba más;  hicieron el amor como si no hubiera un mañana. Desde ese día, los viajes a Madrid de Blas fueron muchísimo más frecuentes. Su relación era muy discreta, porque de lo contrario, ambos corrían peligro. Peligro de ser apartados de sus trabajos,  rechazados socialmente,  humillados, por el simple hecho de amar profundamente ¿qué más da el sexo de aquél a quien amaban?

  

Blas fue alcalde  durante muchas legislaturas. Accedió al cargo porque era una persona comprometida en mejorar la vida del municipio y sus habitantes, estaba lleno de iniciativa, ideas y ganas, así que viajaba a menudo a Madrid a solicitar ayuda económica para sufragar todos sus proyectos. Su primera vez y a causa de la inexperiencia, llegó sin concertar cita y sin ninguna documentación que lo sustentase; tan sólo se presentó en el edificio diciendo que quería hablar con el señor ministro. El secretario que lo atendió se retorcía de risa, pero una vez que se calmó y se secó las lágrimas con un pañuelo, le hizo una pormenorizada explicación de todo lo que necesitaba para que pudiera ser atendido. Fruto de ello, Blas llegaba siempre  cargado de maletines con informes, planos y gráficos. El subordinado del señor ministro se reafirmaba cada vez más en que este hombre conseguía sus subvenciones de lo pesado que era.

  

Blas era uno de los hijos del panadero. Aunque no tenía títulos universitarios, era un autodidacta en toda regla; muy culto, le gustaba la música, el arte, la historia, la literatura… cosas con las que procuraba estar siempre en contacto. Joven sofisticado y de modales refinados (demasiado para algunos de sus vecinos que lo miraban con recelo), estaba al tanto de las tendencias en moda y no dudaba en pasearse por el pueblo luciendo lo más novedoso y atrevido que se compraba en la capital. Era curioso que cuando iba por la calle, producía el mismo efecto tanto en ellos como en ellas.

  

Le gustaban, más bien le fascinaban las mujeres pero no les atraían sexualmente. Ser homosexual en España en los años 50 era algo muy complicado, así que guardó las apariencias todo lo que pudo. Se casó con una chica que conoció en un pueblo cercano y los dos mantuvieron una buena relación; ella estaba encantada porque su marido no se parecía a ninguno de los de sus amigas que venían siempre quejándose de que eran unos brutos, que las ignoraban, que eran unos insensibles… A ella la colmaba de atenciones, la asesoraba en lo que le quedaba sobre moda, compartían gustos y afinidades, charlaban largo y tendido sobre mil y un temas diferentes y cocinaban juntos… Al comienzo, cuando su relación empezó a ser sólida, Blas le expuso su verdad y ella le aseguró que era muy feliz a su lado y que lo prefería mil veces a él que a cualquier otro hombre que posiblemente para lo único que la iba a querer era como concubina y chacha. –“Lo del sexo ya lo arreglaremos como vayamos viendo, seguro que se nos ocurre algo” le dijo. Y la boda se celebró en cuanto lo tuvieron todo preparado; en las siguientes elecciones Blas, un hombre en toda regla, casado por la Santa Madre Iglesia ante los ojos de Dios, fue nombrado alcalde por unanimidad.

  

Con el tiempo sintieron la necesidad de ser padres y aprovechaban alguna que otra oportunidad que se les presentaba (recibida con satisfacción por ella y con sorpresa por él). No tardaron mucho en quedarse embarazados al unísono: los dos pendientes de la buena marcha de la gestación, carreras nocturnas al váter para vomitar ella y sujetarle el pelo él, visitas al mejor ginecólogo en la capital acompañados de una lista de preguntas y dudas que ambos elaboraban durante las meriendas, elección minuciosa de la canastilla del bebé en la que él hizo gala de su buen gusto y su esposa aplaudió satisfecha…

  

Con insufribles días de retraso y falsas alarmas que los llevaban a toda prisa a urgencias y los devolvían cabizbajos a casa, tuvieron un bebé precioso, gordito y dormilón. Era una niña y la bautizaron con el mismo nombre que su abuela paterna.

  

Los años posteriores fueron años complicados para los tres protagonistas. Para ella fue muy doloroso saber que su compañero había encontrado el amor en alguien que no era ella, necesitó tiempo, pero supo respetar aquello que nunca se le ocultó  aunque ella no quería verlo. Dániel y  Blas se esforzaron por mantener una relación de amistad cara a la sociedad y de amor incondicional dentro de casa.

   

Lo consiguieron.

 

Ángela Ortiz Andrade

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2 Comentarios
Fecha: Domingo, 9 julio 2017 a las 16:33
Ángela Ortiz
Muchísimas gracias por tus palabras !!
Fecha: Miércoles, 5 julio 2017 a las 23:08
Manolo A
Angela, bonito, emotivo, profundo, humano y muy bien escrito. Gracias por tu valentía.

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