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Lunes, 19 junio 2017

Recuerdos de verano (por Ángela Ortiz Andrade)

Verdaderamente, el recuerdo de los días de Verano dan para mucho. Cuando empiezas con el pavo de la edad del pavo, lo que más te importa, por encima de todo lo demás, es tu apariencia y lo que digan tus amigas, aunque he de reconocer que era muy cabezota y no me dejaba mucho llevar, siempre fui un poco desastre. Recuerdo que una vez una chica me paró por la calle y me preguntó que dónde me había comprado lo que llevaba puesto para no ir nunca a esa tienda. Con lo mona que me creía yo que iba, jajaja. Ahora que lo pienso, creo que la chica era una grosera, pero también que tenía toda la razón (lo que llevaba puesto era una cursilada, parecía un cupcake).

   

No teníamos mucho dinero, pero siempre había para unas pipas, algún que otro helado y un refresco. Íbamos a buscarnos unas a otras, de casa en casa. En cada una de éstas te tenías que parar un rato porque nunca estaba tu amiga lista, así que mientras se terminaba de arreglar, hablabas con su madre y te tomabas algo. Los móviles no existían ni en nuestra imaginación y alguna de nosotras ni siquiera teníamos teléfono fijo. Como yo era de  las que vivía más arriba, me tocaba ir pasando por las casas del resto y con tanta visita, se me iba la tarde sin darme cuenta. Eso de salir por las tardes,  con el pelo mojado, la piel bronceada y el olor a crema hidratante  para dar una vuelta por la Costilla, la calle Charco y alrededores era lo más. Otras veces quedábamos con los chicos, que se nos unían en un punto determinado y precisamente allí nos daban las horas bromeando. A menudo acabábamos sentadas en el muelle; sí, ese que hoy en día tiene su acceso cerrado por una valla metálica. Antes te lo podías recorrer de arriba a abajo. Nosotras, ahí sentadas, charlábamos, comíamos pipas, reíamos… todo ello con el mar como testigo. Comenzaba a hacerse de noche y el cielo se llenaba de brochazos naranjas y azulados, el olor intenso de las algas preludiaba la llegada del Levante.

  

A la playa normalmente íbamos con los chicos. Aprovechábamos algún toldo que no estuviera ocupado y allí soltábamos todos nuestros bártulos: por supuesto, para los niños era imprescindible un balón; para nosotras, obligatoriamente, unas palas de madera. Si jugabas demasiado, te quemabas sin darte cuenta y a veces (muchas) te despellejabas los hombros y se te pelaba la nariz. Lo de usar protección solar para nosotros era leyenda urbana. También teníamos como pasatiempo preferido lo de vaciar granos y sacar espinillas de la espalda de nuestros amigos, muy desagradable, pero entretenidísimo.

  

De esos días de  vacaciones también surgieron los primeros noviazgos. Algunos terminaron en boda con el paso del tiempo, de mucho tiempo. Otras relaciones eran las típicas pasajeras de verano, pero estoy segura de que si fueron las primeras, todos recordáis a la persona que os hizo sentir más que una simple amistad. Aún eres capaz de revivir su imagen (más que su cara, su aspecto en general y también su manera de andar o tal vez su voz) y apuesto a que también tienes en la mente alguna anécdota que compartisteis juntos. En este momento te estás viendo en el lugar de reunión charlando con tu grupo; pero con la mirada inquieta que viene y va, a un lado y a otro, expectante a ver si se presenta e incluso puedes evocar esa sensación extraña de vértigo, como si estuvieras haciendo algo prohibido.

  

Yo me veo en la Plaza de España, en los escalones del Banco, junto a mis amigas, unas estamos de pie, otras sentadas;  los chicos van  llegando poco a poco y yo no dejo de mirar hacia el arco. Él llega el último porque es de los que trabaja, viene recién duchado. Me siento feliz cuando aparece, creo que esta tarde vamos a charlar un poco más y a lo mejor hasta me acompaña a casa.

 

Ángela Ortiz Andrade

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1 Comentario
Fecha: Lunes, 19 junio 2017 a las 13:21
Justino"Tomasito"
Entretenido relato como algunos que recientemente has publicado.Muchas veces en la sencillez del relato,está su verdadero valor.Me gusta mucho más que otros que al escribir, tratan de complicar inútilmente sus opiniones o sus vivencias.

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