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Lunes, 5 junio 2017

Aquí no hay caballos (por Ricardo García Merino)

Verdaderamente, cuando uno se encuentra ya entrado en años, una de las actividades más practicadas, sin lugar a dudas, es la reflexión.


La reflexión nos hace pensar sobre nuestro pasado, nuestro presente y, por supuesto, nuestro futuro, recordándonos unas veces lo que quisimos haber hecho, pero que no lo logramos por pereza o falta de iniciativa, machacándonos otras veces, casi obsesivamente, sobre lo que un día hicimos y nunca debimos haber hecho, y, otras, poniendo nuestras ilusiones en lo que esperamos de lo mejor de nuestras vidas que, dicho sea de paso, es lo que aún nos queda por vivir.


Basta tener un poco de sentido común para concluir que, por nuestra salud y por nuestro bien, esta actividad tenemos que compaginarla con otras físicas, tales como el caminar o, como es mi caso, practicar ciclismo.
Y claro, uno ya no está para grandes esfuerzos ni para batir récords. Hace ya tiempo que la vida me la tomo con más tranquilidad.


Hace unos días, en uno de mis múltiples paseos en bici, durante un buen rato, estuve reflexionando sobre la última conversación que había mantenido con mi amigo Manuel Pablo.


Entre pedalada y pedalada, me recordaba yo a los dos sentados en una terraza, en un atardecer relajado, con luz y temperatura suaves, acompañados de nuestras correspondientes cervezas, cuando mi amigo, muy dado a tocarle los cataplines a los demás, soltó una de aquellas frases que tanto le gustaba para provocar al acompañante.


“Aquí, . . . aquí no hay caballos”, dijo de repente.


Yo, muy amigo también de la provocación, con el cinismo que a veces me acompaña para promover una conversación interesante, una conversación con requiebro, una conversación con chispa, … vamos una conversación poco apropiada para muermos, puse cara de sorpresa. A los pocos segundos me incorporé en mi asiento y miré hacia mi derecha, hacia la fachada del ayuntamiento. Como no vi nada raro, miré luego hacia mi izquierda, hacia la verja del puerto. Para rematar, me volví, y miré hacia la calle Nueva. Finalmente, ya casi sonriendo, miré hacia enfrente, hacia el Palacio de Congresos. Al cabo, tras una breve pausa, respondí.


“Efectivamente Manuel Pablo. Tienes toda la razón del mundo. Aquí no hay caballos”.


En un principio mi amigo no contestó. Se limitó a permanecer pensativo sin mirarme siquiera a la cara.
Tras unos segundos, minutos casi, volvió a la provocación.


“¡Por el amor de Dios, no seas simple, hombre!”


Hice lo propio y permanecí en silencio, hasta que él, preso de su impaciencia, atacó ya con toda su intención.


“Lo que pretendo decirte es que nos encontramos en un lugar, en una ciudad, en la que la presencia de caballos es meramente testimonial. Aquí el caballo no abunda; es un animal que no se usa como montura de caballeros, jinetes o señores. Es más ni siquiera se usa como  fuerza de arrastre. Su única presencia se limita, y cada vez menos, a servir de animal de tiro para las calesas que se ofrecen a los guiris que se acercan por aquí en viaje de recreo”.


Pensé en lo que dijo, pero no entré al trapo. Andaba yo algo perezoso aquel día.
Lejos de darse por vencido, volvió a la carga.


“Tampoco es frecuente el sombrero cordobés”, continuó lacónicamente.


“¿Te refieres al sombrero de ala ancha, a lo que por mi pueblo llamamos ‘cañero’?”.


“Exacto”.


“Me mosqueas Manuel Pablo. Una vez más no capto a dónde leñe quieres llegar. Debo andar muy espeso de mente hoy”, tuve que contestarle.


Y nuevamente, tras permanecer impasible durante una larga pausa, siguió con sus argumentos.


“Vivimos en una ciudad en la que el caballo y el sombrero cordobés, están casi  totalmente ausentes”.
Detuvo su discurso, hizo una pausa y continuó largando.


“Vivimos en un lugar en el que efectivamente no hay caballos ni sombreros de ala ancha, . . . pero en el que además tampoco es frecuente el traje de faralaes, la chaquetilla corta, el zahón y el carruaje señorial”.


“¿Y?”


“Nos encontramos en el corazón de Andalucía, yo diría que en la ciudad más andaluza de todas, y, paradójicamente, lo cierto es que todos estos elementos tan significativos en la vida y en la cultura de este país no se presentan en nuestra ciudad. Aquí, hoy por hoy, por no haber no hay ni toros”.


Tomó un sorbo de su bebida y tras un breve silencio siguió:


“Pero también es cierto que todos estos elementos provienen del ambiente rural y aquí nosotros nos movemos en un ambiente urbano. Dentro de una ciudad pequeña, pero con ambiente urbano al fin y al cabo. Vivimos en una ciudad orientada al mar, que vive de él y para él. Aquí no hay olivos ni pinares; aquí no hay viñedos ni trigales; aquí no hay arroyos, ni ríos ni montes. En este ambiente la agricultura y la ganadería no tienen cabida. Literalmente hablando, además”.


A lo que yo añadí:


“Aquí no se ve el campo. Razonamiento pues basado en la evidencia y por tanto razonamiento indiscutible, querido Manuel Pablo”.


Permanecimos en silencio, entre sorbo y sorbo de cerveza, observando al paisanaje pasear por delante de nuestros ojos, de un punto a otro de aquella preciosa plaza.
Al rato fui yo el que le espetó una pregunta directa:


“A ver colega, ¿a ti se te ha pasado por el friso las diferencias sustanciales que existen entre la forma de divertirse de los gaditanos y la del resto de andaluces?


Esta vez fue él quien puso cara de extrañeza.


“Pues no, . . . mira tú por donde no había caído en la cuenta de eso antes”.


Y luego proseguí:

“La fiesta más frecuente y más conocida en la mayor parte de los pueblos y ciudades andaluces es la feria, que se celebra habitualmente en el mes de abril o de mayo, en entornos cálidos y polvorientos, con la manzanilla y el baile por sevillanas como temas relevantes. Y sin embargo, nuestra mejor fiesta se celebra en febrero, en muchas ocasiones con tiempo frío y lluvioso, en la que el humor, la risa, la socarronería y la sátira musical ocupan lugares muy importantes. Parece que nuestras costumbres no siguen las pautas de las de los demás”.


Y seguí:
“Y me parece que ahí no acaban las diferencias. A mi modesto entender, y sin ánimo de ofender a nadie, la feria es una fiesta exclusivista, que en gran medida se desarrolla en recintos cerrados, y en la que es casi imprescindible tener contactos para poder pasártelo medianamente bien. De hecho, puede darse el caso de una pareja, a las dos de la mañana, en la feria más popular y morirse de aburrimiento, por no tener contactos, por no tener a nadie que les acoja. La asociación, el club, la peña o incluso la misma familia juagan aquí un papel muy importante”.


Dejo de hablar, tomo algo de aire y prosigo:
“Aparentar es algo que también nos diferencia. Mirar y ser mirado forma parte del rito en las mañanas de feria. El famoseo – y que cada cual entienda lo que mejor le parezca – se pasea en calesa o a caballo para ser admirado y para despertar la curiosidad de la ciudadanía menos pudiente”.


En aquel momento me vi obligado a callarme por el estruendo producido por la sirena de un gran buque atracado en el cercano puerto.


Cuando el ruido bajó a su nivel habitual, retomé mi discurso.
“En cierto sentido, el carnaval puede considerarse una fiesta menos encasillada, más  sociable. Todo el mundo se divierte de la misma manera. La risa, la bebida y el contacto con los demás es lo que más se practica. No existen lugares exclusivos. Aquí el personal va a divertirse de una manera sana y a procurar, eso sí, que no aparezca un mindundi por una esquina, te tome el pelo  y te haga quedar por jilipollas ante la concurrencia”.


Hice una pausa, tomé aire y continué:
“En definitiva, Manuel Pablo, vivimos en una ciudad pequeña, pero creo que con mucha personalidad. Es la más andaluza de todas las ciudades andaluzas, y sin embargo es profundamente distinta de todas las demás”.


“No hemos hecho un gran descubrimiento, pero la cosa no deja de tener su curiosidad. Somos practicantes de un profundo sentimiento andaluz, vivimos en una ciudad que se siente muy orgullosa de serlo y sin embargo somos sensiblemente diferentes del resto de nuestros paisanos”.


“Va a ser que sí, va a ser que somos sensiblemente distintos. Esto igual nos viene de los atlantes o de los tartésicos”, dijo Manuel Pablo.


“O de los fenicios”, repuse yo.


“O de los fenicios. Vete tú a saber”, añadió finalmente.


“Pues eso. Vete tú saber”.


Y seguimos observando detenidamente y casi a oscuras el paso de los transeúntes por aquella preciosa plaza.

 


                                                                                                       A D. Manuel J. Casal Egea, mi Maestro

 

 

Ricardo García Merino

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1 Comentario
Fecha: Martes, 6 junio 2017 a las 12:53
la Feria ya no es lo que era
Señor Garcia creo que hace tiempo que no va usted a la Feria de Rota, en su texto dice que: "La fiesta más frecuente y más conocida en la mayor parte de los pueblos y ciudades andaluces es la feria, que se celebra habitualmente en el mes de abril o de mayo, en entornos cálidos y polvorientos, con la manzanilla y el baile por sevillanas como temas relevantes". Nada más lejos de la realidad, en la Feria de Rota se escucha de todo menos sevillanas, la música "pachanguera" suena a todas horas y eso que el Ayuntamiento (artículo 77 de las normas de Feria) lo prohibe explicitamente. La feria de Rota ha pasado a ser algo parecido a la fiesta de la urta pero en mayo, no hay diferencia alguna.

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