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Lunes, 17 abril 2017

Tren

Queridos todos, os invito a que me acompañéis en este nuevo viaje. Comenzamos con esta historia que espero que os guste.

 

1974. Después de la merienda, con la ayuda del traqueteo y de los rayos del sol que se colaban por los cristales del tren, los gemelos se quedaron dormidos de una vez por todas.

 

Marta apoyó el codo en el borde de la ventanilla mientras se acariciaba un mechón de  pelo anaranjado. Frente a ella viajaba su madre que andaba enfrascada en el remiendo del chaleco de uno de sus gemelos. Miraba el paisaje y se impacientaba  por llegar al pueblo de sus abuelos donde pasarían los meses de Verano, después de todo el Invierno sin ver a sus amigas, estaba deseando que el tren llegara a su destino. Lo tenía todo planeado: en cuanto ayudara a mamá a instalarse en casa de los abuelos, se iría corriendo al bar que estaba junto a la Iglesia que era del padre de su mejor amiga Mari Luz; seguro que la encontraría allí, entre fogones. ¿Qué aspecto tendrá este año?, desde el Verano pasado no se habían visto, el único contacto con ella había sido a través de las cartas que se habían comprometido a enviarse cada mes y también de dos llamadas telefónicas (una por Navidad y otra para felicitarla por su cumpleaños) que consiguió hacer desde la casa de una de sus vecinas que había instalado un teléfono para poder saber de su hijo, el cual marchó a hacer la mili.

 

El abuelo estaba esperándolas en la estación ¡qué alegría daba de verlo como siempre!. Ahí estaba, con su pantalón gris y una camiseta interior de tirantas sobre la que no llevaba puesto nada más, porque hacía mucho calor.  Mientras el tren paraba, Marta pudo ver a su abuelo haciéndose sombra con la mano sobre los ojos para poder ver por dónde bajarían su hija y sus nietos. Aún les quedaba el trayecto que unía la estación con el pueblo de los abuelos, a una media hora de camino. Durante la marcha, iban charlando y poniéndose al día de las vicisitudes de los conocidos de la villa. Los gemelos,  inquietos como es natural en los niños de cinco años, no paraban de hacer al unísono la misma pregunta recurrente de siempre “¿cuánto falta?”.

 

En el pueblo de los abuelos no había playa, pero a las afueras, muy cerca de su casa, corría un río de agua fresca, vegetación y jarabugos que Marta y sus amigas iban a pescar con mosca. Bueno, a decir verdad lo de la pesca de los jarabugos era una excusa para poder estar tranquilas todas juntas, bañarse desnudas y compartir secretos y carcajadas.

 

Cuando el coche se iba acercando al sendero que conducía a la casa, Marta vio a la abuela Luisa arremangada corriendo hacia ellos junto a su perra, tan vieja que la pobrecilla no podía mantener el ritmo de su ama y se detenía cada dos pasos jadeante.

 

Por fin pudieron abrazar a la yaya, que no paraba de darles a todos sonoros besos, a modo de arma de repetición que a los gemelos desesperaba y a Marta le producía mucha ternura. La casa olía a puchero y a croquetas; la mesa estaba ya preparada para que todos dieran buena cuenta de una cena tan rica y reconstituyente. Una vez que cenaron, llevaron las maletas a sus dormitorios y Marta cogió la moto de su abuelo para ir a ver a sus amigas antes de que se hiciera más tarde.

 

Cuando llegó al bar, Mari Luz estaba sentada en la barra tomándose una cerveza y fumando un cigarrillo, casi se atraganta al verla aparecer. Corrió hacia ella sonriendo y ambas se abrazaron dando saltitos; el padre de Mari Luz le sirvió a Marta otra cerveza y ambas se sentaron cogidas de la mano. Terminaron su bebida y se fueron juntas a buscar a sus otras dos amigas, que según Mari Luz estaban terminando de prepararse para salir a dar una vuelta. Llegaron a casa de Pili, cuya puerta estaba abierta, como de costumbre; en cuanto Marta la llamó, su amiga descorrió la cortina que tapaba la puerta del dormitorio y empezó a dar palmas abrazándola con fuerza. Pili se calzó los zapatos y las tres se dirigieron hasta la placita del ayuntamiento a buscar a Irene; bajo el balcón de su casa, corearon su nombre. En tres segundos Irene estaba junto a ellas besando con cariño a su amiga recién llegada. Ahora el grupo estaba completo y se habían jurado que este Verano sería inolvidable.

 

Ángela Ortiz Andrade

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4 Comentarios
Fecha: Domingo, 23 abril 2017 a las 06:59
Ángela Ortiz
Muchas gracias Pilar por tu comentario. Espero seguir gustándote. BSS
Fecha: Miércoles, 19 abril 2017 a las 12:42
PIlar
Angela me gusta. Me quedé con ganas de mas
Fecha: Lunes, 17 abril 2017 a las 22:43
Ángela Ortiz
Querido "Justino", muchas gracias por comentar. No sé si son mejores los tiempos pasados, pero lo que sí es verdad es que los recordamos con mucho cariño y bastante nostalgia. Era una época en la que vivíamos tranquilos y disfrutábamos de las cosas sencillas de la vida, sin más pretensiones que la de estar junto a la gente que queríamos. Me acuerdo que no había para mí nada más rico que comerme unas brevas recién cogidas del árbol sentada bajo su sombra en una tarde de verano.
Fecha: Lunes, 17 abril 2017 a las 11:41
Justino"Tomasito"
Creo que no les falta mucha razón a aquellos que suelen decir que "tiempos pasados siempre fueron mejores...".Me gusta.

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