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Viernes, 24 marzo 2017

Taxi III

En ese momento, las náuseas la hicieron vomitar. Decidió llenar la bañera para darse un baño y tranquilizarse.

 


Mientras estaba en el baño, hizo memoria de su pasado:

 


A sus 18 años y con el Bachillerato terminado, era una chica muy guapa, buena y sencilla. Pelo castaño, muy esbelta, labios carnosos y ojos inmensos y negros como el abismo. Aprovechó su físico para dedicarse a ser azafata de congresos. Le iba bien y trabajaba bastante. En uno se esos congresos conoció a un joven médico con la carrera recién estrenada, ambos se enamoraron y vivieron muchos meses muy felices; congenió con su grupo de amigos, todos tan despreocupados que su principal problema era dónde viajarían el próximo puente. Ella seguía con su trabajo y se esforzaba para no desentonar. Se compró ropa de firma, un coche bonito y todo lo que una chica de esa edad podía necesitar para encajar en su nuevo círculo.

 

Un día su suegro, dueño de una cadena de hoteles, descubió que la madre de Eva era una de sus empleadas en las lavanderías. Después de hacerse pública la ocupación de su madre, su novio comenzó a cuestionarse la relación y sus “amigos” empezaron a mirarla por encima del hombro. Eva dejó de ser digna de un grupo tan exclusivo y le dieron la espalda; lo más grave era que ella llegó a pensar de verdad que no estaba a la altura, se sentía un fraude. Tardó mucho tiempo en darse cuenta que eran los otros los que no merecían la pena.

 

Entonces su mente cambió. Dejó de creer en el amor y se convirtió en una mujer fría y materialista. Comenzó a aprovechar su físico para triunfar por encima de los sentimientos y de lo “moralmente correcto”.

 

Se dedicó a compaginar estudios y trabajo, aprendió idiomas, se especializó en asuntos que la ayudarían a desenvolverse en la alta sociedad y se esforzó por estar aún más bella y elegante. Durante uno de los congresos donde trabajaba, un señor con mucho dinero y aún más ganas de alardear de ello, le propuso acompañarlo a la cena que se celebraría esa misma noche. Eva aceptó sin pestañear y a partir de ese momento, cambió el uniforme de azafata por los vestidos caros y una nueva forma de vivir (muy lujosa, por cierto). Esa niña mona e inocente había dado paso a una mujer sofisticada, segura de sí misma e implacable que se dedicaba a ser la compañera de señores que se podían permitir pagar su tarifa.

 

En una fiesta de fin de año a la que fue invitada en el Gstaad Palace, un hotel gran lujo en los Alpes, conoció a su inocente novio. Lo observó, averiguó todo lo que se podía saber sobre él (estado civil, ocupación, cuenta corriente, posesiones…), era el hombre perfecto para ella. Y fue a por él descaradamente, sin contemplaciones. Delante suyo acababa de presentarse el plan de jubilación a su medida.

 

Ángela Ortiz Andrade

 

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4 Comentarios
Fecha: Lunes, 27 marzo 2017 a las 20:03
Ángela Ortiz
¡Tengo 3 comentarios !.¡ BIEEEEEN ! Me encanta que comentéis y me pongo muy contenta. Me gusta responderlos, así que aprovecho para contestarlos: El comentario primero no me da mucho para responder, pero quiero que sepas que lo agradezco, aunque sea parco en palabras. Lo digo sin contemplaciones. A Manuel le agradezco como siempre que haga sus comentarios y agradezco también que le parezca interesante esta historia, ya queda muy poquito. Y a Ana, muchas gracias por tu comentario y porque te hayas interesado. A los tres decirles que no sabéis la alegría que me dais cuando veo que me habéis leído. GRACIAS MIL
Fecha: Domingo, 26 marzo 2017 a las 23:26
ANA
Bien traida esta historia que la verdad es que lei Taxi II sin haber leido Taxi I y tuve que buscarlo porque me picó la curiosidad!
Fecha: Domingo, 26 marzo 2017 a las 22:34
Manuel García Mata
Se está volviendo muy triste, pero no deja de ser enormemente interesante.
Fecha: Viernes, 24 marzo 2017 a las 13:57
Eso
Eso,sin contemplaciones.

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