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Jueves, 17 noviembre 2016

Trump

El inesperado triunfo de Donald Trump en las elecciones a la Presidencia de los Estado Unidos de América ha roto los esquemas preconcebidos haciendo saltar por los aires las esperanzas de quienes estaban convencidos que de manos de Hillary Clinton que el mundo seguiría girando como mandan los cánones oficiales.

 

Pero, a veces, la realidad no tiene por qué cumplir con la rutina ni quedar bien con la programación del “establishment”. La desilusión y el pánico se han instalado en el mundo y permiten exhibir los miedos con mayor o menor discreción.

 

Si partimos de cuánto conocemos del personaje, sobre todo lo aireado por él mismo en estos interminables meses de campaña, no es para tranquilizarse. Haciendo inventario de sus posturas expuestas ante los temas más sensibles, comprobamos que el choque ideológico con planteamientos progresistas es frontal. En resumen, nos han elegido como nuevo emperador a alguien que se puede calificar de intransigente, racista, machista, xenófobo, belicista, negacionista insensible con el deterioro ecológico y muy concretamente con el cambio climático y un inacabable rosario de lindezas. El hecho, irremediable, es que eso es lo que hay y que con esto tendremos que lidiar.

 

Para no dejarnos hundir en el pesimismo hagámosnos ilusiones de que las circunstancias atenúen sus ímpetus y los temores que nos asaltan se diluyan en el tiempo. Mas como el futuro está por escribir dediquémosno a tratar de digerir el trago a todas luces poco apetecible.

 

Hace menos de dos días del suceso y sólo con los juicios emitidos por los sesudos tertulianos podríamos llenar tratados grandes como enciclopedias. Personalmente de cuanta información me ha asaltado, que ha sido cuantiosa y variopinta, me quedo con dos que me han parecido de una lucidez especial. Me refiero al artículo de Thomas Frank en The Guardian y otro, mucho más humilde, escrito por un brillante roteño, afincado en París por mor del afán de conocer nuevas experiencias, que diría la sra. Báñez, a la sazón e inexplicablemente todavía ministra de Empleo de este país nuestro o mejor dicho emigrante por motivos laborales, mi muy apreciado amigo Alberto Niño Fernández, Amelito para quienes presumimos de su amistad.

 

Cuenta The Guardian en su artículo que limitarse a identificar a los cincuenta y nueve millones y medio de votos de Trump como víctimas de su estupidez o machistas, racistas y otros “méritos”, no deja de ser simplista y de muy escaso rigor. Existe un núcleo importantísimo de miembros de la clase trabajadora norteamericana que, aún influidos por las lacras ideológicas de Trump, ante unos postulados tan escandalosos hubiera sido imposible lo sucedido de no mediar algo más. Y ahí está el meollo de la cuestión: la política neoliberal, y con ella los Tratados de Libre Comercio, ha desertizado enormes zonas industriales facilitando la deslocalización de empresas que se instalaron en otros países, arrojando al paro a millones de trabajadores. Trump lo entendió perfectamente y, olvidando el catecismo neoliberal, lo utilizó de forma muy eficaz, amenazando con elevarles a estas empresas los aranceles si no vuelven a los Estados Unidos. Es esa esperanza la que ha justificado en muchos casos la razón del apoyo al ahora vencedor. La globalización solo favorece a unos pocos y esto, que es lo que defiende la Europa oficial como un mantra, es el castillo de naipes que se rompe en esta partida decisiva.

 

El otro artículo, el de mi amigo Amelito, se atreve a algo mucho más arriesgado. En “¿Y si Trump lo hace bien?”, supone el autor que si pasados tres años el paro se ha reducido notablemente, si mejoran las condiciones de vida de la gente de los USA, si las clases desfavorecidas han visto reducidos sus impuestos, si vuelven las empresas, sin Tratados Libres de Comercio que faciliten la huída, ¿qué dirán de Trump?. Todo el andamiaje neoliberal se vería sin sustento al riesgo del menor soplo de viento. Podría ser que el contagio trajera a Marine Le Pen en Francia, y a la jefatura de otros países a personajes similares que crecerán como hongos con estos argumentos. ¿Y entonces qué?

 

El artículo ahonda mucho más y también ofrece una salida, conocida de todos y que se distancia años luz tanto con el neofascismo temido como del neoliberalismo decadente, pero como argumentario ya es suficiente. Solo añadiría que cómo el país, paradigma de democracia, mantiene una ley electoral tan poco democrática que produce resultados así. Pues si la calidad de la democracia se mide por sus leyes electorales, en USA y en España, no sé de qué presumimos.

 

Manuel García Mata

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1 Comentario
Fecha: Jueves, 17 noviembre 2016 a las 14:07
Justino"Tomasito"
¿Quíen le pondrá más temprano que tarde el cascabel al "gato"?,that is the question.

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